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Mostrando entradas de abril, 2025

Piedras, pobres y moscas.

¿Habrá algo más molesto que una mosca? Sobre todo en otoño, cuando se vuelven más insoportables que un solo de piano de Richard Clayderman. En el mercado, esperando a ser atendidas por el pescadero, las señoras dicen que es porque se van a morir - las moscas- y que por eso se vuelven tan pesadas. Parece que hasta ellas tienen fecha de caducidad – nuevamente las moscas. Investigando he descubierto que en verano llegan a vivir varias generaciones de moscas, y que con la llegada del frio hibernan, como los osos o las canciones de Enrique Iglesias.   Un día escuché a un filósofo decir que Dios ama a las piedras, a los pobres y a las moscas, y que por eso hizo tantas de estas cosas. En los afectos del Señor una creación acaba irremediablemente apegada a la otra, de ahí esas fotos de pobreza extrema con niños hambrientos sentados en una piedra, con los ojos abiertos, como platos vacíos por donde siempre ronda una mosca - sin sopa. A pobre flaco todo se vuelven moscas gordas, y por mucho ...

Still Loving You

El erótico logotipo de la discoteca bailaba serigrafiado en la superficie de la mesa. En aquella sugerente postura se había quedado petrificada, eternamente joven y fotogénica, apenas visible en la penumbra por las continuas vaharadas de humo de decenas de cigarrillos, en esta atmósfera escasa de oxígeno y cargada de empalagosos efluvios de perfumería que se pegaban al paladar. Por encima de aquel espectáculo de danza estática, sobre aquella mesa tan baja que parecía estar hundiéndose devorada por las fauces de la desgastada moqueta, descollaban dos escuálidas rodillas, huesudas y delgadas, comprimidas por medias de licra. Sus rótulas estaban unidas en un abrazo protector, en una desconfiada e insegura postura defensiva, cerradas las piernas con la fuerte unión de sus manos cuyos dedos se entrelazaban como grilletes, dejando señalados sus nudillos con la presión de unas uñas a medio comer, pintadas con pericia infantil. Como la mesa, el resto de su cuerpo también se hundía a cada minut...

Corto, por favor.

  - Buenos días. - Buenos días. Pase, pase … no se quede ahí. Allí tiene un asiento que acaba de quedarse libre. Eché un vistazo a la sala. Nada había cambiado desde que siendo un niño me trajeron por primera vez mis padres - ¿Seguro que no duele? No, no te dolerá nada - Las mismas sillas desparejadas, el mismo perchero, el suelo ajedrezado, las revistas y periódicos dispersos por aquella pequeña mesa que nació coja, la radio de fondo y a la entrada, la vieja espiral tricolor que ascendía o descendía (nunca tuve la certeza) en un movimiento sin fin, eterno, como aquella espera en la que jugaba a calcular cuando llegaría mi turno, solo por entretenerme. Recuerdo que siempre me quedaba corto, llevando la cuenta tirando por lo bajo, fruto de mi ansiedad por que pasara ese tiempo tan aburrido que se me antojaba interminable, y cuando ya creía que por fin me iba a tocar, aparecía en el último instante ese señor al que otro cliente le había reservado la vez, confiándosela como un valioso...