La vie en rose.
A mi derecha, en la terraza de la cervecería, tres chicas disfrutan del débil sol de otoño. Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras. Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea. Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial...