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El hombre del tiempo.

En los años setenta, en la televisión aparecía un señor con aspecto de profesor de colegio de curas, quién con un puntero de madera, daba la espalda a la audiencia para señalar las líneas curvas dibujadas por el Instituto Nacional de Meteorología, en un mapa de la península ibérica. Su misión era anunciar, a los pocos españoles que tenían tele, el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Mariano Medina se llamaba, y era el heraldo de algo tan caprichoso como el clima. Aquel meteorólogo, apoyándose en los limitados medios de la época, hablaba de borrascas y anticiclones, isobaras y presiones, y como al buen hombre debido a estos tecnicismos no se le entendía la mitad, sufría el peso de la infundada fama de atinar únicamente por las razones, también volubles, por las que el horóscopo acertaba en la sección de astrología que la prensa de la época dedicaba al zodiaco. Esas habladurías daban a su espacio una dudosa credibilidad, y a sus predicciones un suspense psicológico acerca de lo que ...

De este lado de la pared.

El zumbido del motor de la depuradora resuena desde la cercana piscina, y un sedante olor a cloro viaja a través del aire, acompañado del intermitente sonido de los aspersores que, a ráfagas, riegan el césped con un hipnótico ruido de fondo, ametrallando el silencio con un repetido runrún, como la constante vital de otra mañana cualquiera de principios de verano.  El cielo, salpicado de quietos y esponjosos cúmulos, es el decorado por donde el sol comienza su diaria y lenta ascensión hacía el cénit. En su recorrido el tiempo parece haberse detenido, invisibilizando las sombras, iluminando con su resplandor este pequeño momento por el que las golondrinas gorjean sus chillonas notas en vuelos rasantes a toda velocidad.  En un piso cercano, en la segunda planta de una de las torres, una chica ordena su habitación. Lleva puesta una minúscula camiseta de tirantes con un cohete estampado del viaje a la luna. La hemos visto pasar un par de veces frente a la ventana, bailando, coquete...

Back to Black.

De un tiempo a esta parte, la gente se muere. Y ya no mueren como antes.  Antes morían los que caían con el dedo pegado al gatillo, los milicianos fotografiados por Robert Capa, los rostros jóvenes en fotos viejas, los calvos y desdentados, los abuelos que padecían descomunales hernias inguinales. Morían los que bailaban pasodobles en las bodas, agarrados sin sentido del ridículo, ahorcados con anchas corbatas pasadas de moda y un Farias en la boca. Los del amor sin sexo, los de pijama desgastado, los que que posaban en mitad de un descampado con cara de paleto y mono de mecánico, las señoras gordas con bata a las que su marido ya no besaba, los niños hambrientos mantenidos con caldo de sobre Sopicrem, los pájaros de jaula. Los despeinados con olor a orina, los que lucían domésticas lámparas de aceite de girasol en camisas viejas con cercos parduzcos en las axilas, los de mal aliento, dermatitis y flácidas papadas mal afeitadas, los aislados en su propia miseria. Se morían los que ...

El buzón.

Ya no se reciben cartas. Tampoco aquellas postales de colores sobresaturados que mandaba la familia cada vez que se iba de vacaciones, las cuales (en los tiempos de inopia previos a internet) servían a quien las recibía, como referencia de aquel destino lejano y desconocido, con la fotografía del monumento de turno, maravilla del mundo, y el matasello torcido de la ciudad de procedencia. La playa en verano, estampada en la cartulina con sus casetas para el baño y sombrillas multicolores, y su paseo marítimo de losas ajedrezadas por las que, para la eternidad, desfilarán impresas y en bikini las turistas extranjeras y algún señor con sobrepeso y gafas de sol luciendo Meyba. Aquellas postales de flamencas con la falda bordada, cuyos encajes de tela abultaban tanto dentro del sobre, que por lo hinchado de su cubierta, parecía que la gitana sufriera aerofagia. Tampoco se reciben ya cartas de enamorados, como las de Neruda o Simone de Beauvoir, con perfumados besos de carmín y prematuras pr...

Navidad.

Vísperas de Navidad: la manifestación suprema del amor universal y fiesta más importante del año, ya sea para creyentes como para sufridores del síndrome Grinch. Querida y odiada a partes iguales, imagen comercial de la Coca-Cola y agosto particular del Corte Inglés, Amazon y AliExpress: gasta mucho y demuestra cuánto amas a tus seres queridos.  El tiempo de volver a casa y que en televisión repongan “Qué bello es vivir”. La noche que descubres que, como los niños, tú también tienes un amigo invisible. La fecha de partida en devota romería, de las muñecas de Famosa que se dirigen al Portal, deambulando como los zombis de George A.Romero por los valles y colinas de Judea. Como evento la Navidad es un acontecimiento sin competencia. Se come como si estuvieses en una concurso de a ver a quién le encoge más la ropa, se bebe como si celebrases haber ganado el certamen y en algunos casos, compartes esta ceremonia con familiares y amigos dados por desaparecidos los otros 364 días del cale...

Un perro, los gimnasios, y otras cosas que me han contado,

De naturaleza tranquila y gusto por el sedentarismo, preceptivamente, como si se tratase de un mandamiento divino, cada dos domingos me sacan temprano de casa, tal que cogido de la oreja, con la sana idea de practicar senderismo, una actividad llevadera, deportivamente hablando, saludable y al aire libre, la cual pese a sus muchos beneficios, como digo, habitualmente la desempeño con razonables carencias de voluntad. Así me paso esas mañanas de excursión caminando por empinadas sendas repletas de piedras que me llevan montaña arriba, montaña abajo, montaña arriba … para que mis pulmones, a pleno pulmón, disfruten de esos repechos tan pastoriles que tiene la naturaleza, rodeado de pinos piñoneros y carrascos, algunas jaras, algún madroño, quizá un lentisco del sotobosque, con las pulsaciones de mi perezoso corazón al ritmo de los tambores de la selva de Tarzán, penando durante tres o cuatro horas, en las cuales deambulo por las pendientes de ese silvestre espacio tan ajeno a mi condició...

La vie en rose.

A mi derecha, en la terraza de la cervecería, tres chicas disfrutan del débil sol de otoño. Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras. Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea. Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial...