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Mostrando entradas de mayo, 2025

El reino del alcornoque

Sabía que no era buena idea ¡Mira que lo sabía! Desde el día anterior me había negado en rotundo a aceptar su invitación, pero él llevaba toda la mañana insistiendo. - Veniros ¿Qué tenéis que hacer? Así veis el nuevo salón que hemos construido y lo bien que ha quedado. Saben que estáis aquí de visita y están deseando conoceros ¿Qué os cuesta? - Ya sabes que no somos religiosos y particularmente me considero ateo. Allí no pintamos nada. - ¿Pero qué tendrá que ver? Es una reunión de familia. Nada más que eso. Y la fiesta de nuestra patrona: La Virgen de La Peana ¡El día grande! - Razón de más. - ¡Venga hombre! Haremos una cosa. Para que os sintáis más cómodos nos saltaremos la misa con alguna excusa y solo iremos a la comida, que será laica. - ¿Cómo aquella perra que mandaron al espacio? - No tendrá nada que ver con la religión. Va a haber muchos invitados y vendrá gente importante de Sudamérica, con lo que tampoco seréis el centro de atención ¿Os parece bien? - No me convence. Id vosotr...

La Tigresa de Siberia.

En los primeros años de la década de los ochenta, si querías ver una película tenías que ir al cine. También existía la posibilidad más casera de ver la que echaban por la tele, gracias a su magia en trescientas sesenta y cinco líneas, mayoritariamente en blanco y negro: los viejos ciclos de Western del envejecido Randolph Scott, alguna entrañable españolada de López Vázquez o Martínez Soria, o la típica de romanos de Victor Mature en fechas cercanas a la Semana Santa. En el cine, en cambio, volaba la imaginación como el Superman de Christopher Reeve a la velocidad hiperespacial del Halcón Milenario, y ya de vuelta estirabas el dedo índice como E.T. diciendo “Mi caaaaasa”, preparado para hacer la patada de la grulla al menor indicio de problemas. Llegadas las vacaciones de verano el cine tenía su propio género. Al aire libre, entre nubes de mosquitos y croares de rana, Bud Spencer era el rey de la pantalla con aquellos pavorosos guantazos a mano abierta que vestían al otro de torero. V...

Contigo y sin ti.

Contigo. Contigo el amor cuando no muere mata, aunque amores que matan nunca mueren. Eso cantaba Sabina, negándose a tener amores civilizados con catorces de febrero en los que tuviera que cortarse la coleta, columpiarse en el jardín y tener escenas de sofá los domingos por la tarde. Y es que lo que Joaquín quería era que muriesen por él. Como todos. De eso tratan las canciones de amor: de un canibalismo naranjístico rico en dopamina. Una tragedia shakesperiana sin lunas plateadas ni rastros de sol. Qué habría sido de Julieta si no hubiese podido cantarle a Romeo aquello de te estoy amando locamente, con el siempre inconveniente del pero no sé cuando te lo voy a decir. Mujer fatal, siempre con problemas, exclamaría el señor Montesco, y adiós a las noches de bohemia y de ilusión. Es la puñetera dependencia de estar tan faltos de aire y tan llenos de nada. Cuando eras single respirabas que daba gusto verte, pero desde que haces burbujas de amor te asfixias. Y de conciliar el sueño ni hab...