ChanqueteLeaks
La mañana era típica de principios de Agosto. El pegajoso
calor del terral convertía la humedad en sudor y los rayos del sol refractaban
sobre la superficie del mar, cegando la vista, ocultando con su resplandor la
fina línea del horizonte.
Hacía más de treinta años que no visitaba Nerja, desde que, siendo corresponsal del diario Sur cubría las noticias locales de este lado de la Axarquía, para narrar con mi vieja portátil Olivetti el parsimonioso día a día. Habían pasado muchos años, y como en el tango, las nieves del tiempo ya platearon mi sien. Aquel pequeño pueblo de pescadores y veraneantes de provincia se había convertido, con la burbuja inmobiliaria, en otro refugio turístico más, repleto de ingleses y alemanes al reclamo de sol y playa: la misma luz pero sin su vieja personalidad marinera.
Había quedado con mi cita en el mirador del balcón de Europa. El sitio fue elegido por ella, quizá por ser uno de los pocos lugares de la localidad aun inalterables, tal vez por estar siempre abarrotado de fotógrafos aficionados. Con los años toda desconfianza es poca. Me fijé en una mujer que se apoyaba en la barandilla junto a la estatua de Alfonso XII, y que absorta en sus pensamientos, observaba cómo los bañistas eran mecidos por el azul del mar hacía las enormes rocas de la Calahonda. Debía ser ella.
- ¿Julia?
- Si. Soy yo.
Por entonces todos nos conocíamos. Mis recuerdos de ella eran instantáneas descoloridas de como solía pasar las horas pintando los rincones más llamativos del pueblo, entre esquinas, aprovechando la sombra en verano y los rayos de sol de invierno, absorta en el caballete donde trazaba pinceladas de óleo que acabarían en la pared de algún salón de rematado mal gusto. Así habitaba ella en mi memoria, con aquel descuidado orden del pelo, la blusa a medio planchar y una renuente experiencia vital. Ahora, en cambio, era una mujer que empezaba a reconocer su vejez en esa edad sin nombre que son los sesenta, peinada con el molde de una peluquería de barrio, vestida con un amplio vestido color nazareno de cuyo antebrazo colgaba un bolso de imitación que, a buen seguro, habría comprado a uno de los muchos manteros que por allí se ganaban la vida. El rubio natural había dado paso a las mechas de tinte, y enmarcada por las arrugas, como uno de sus cuadros, aun colgaba volátil aquella mirada bondadosa marcada por la tragedia de quien ha perdido un pilar de su vida, por aquel miedo tan suyo a los días lluviosos.
- ¿Le apetece que tomemos algo?
- Mejor paseemos.
A la sombra de un palmeral, bordeamos, parcos en palabras, la parroquia del Salvador, encalada con su imponente aspecto colonial, como un vestigio traído de ultramar. Girando a la izquierda, tomando por la calle del Barrio, se paró como quien ve un fantasma, junto a una vieja casa blanca con dos insignificantes balcones y una pequeña puerta hecha a la altura de cómo eran las personas de entonces, cuyos bajos habían sido pintados de marrón para preservarlos de las pisadas.
- ¿Recuerdas este sitio? – me preguntó. Aquí había una lechería que hacía las veces de colmado. El único super del pueblo. – rió con la mente puesta en el pasado. En ella trabajaba un muchacho del que probablemente te acuerdes. Se encargaba de llevar los pedidos que hacían los clientes. Pancho se llamaba.
- ¿Aquel chico que iba corriendo en bicicleta a todos los lados?
Le recordaba, pese a que con el tiempo todo se desvanece. Como esta estrecha y familiar calle que ahora era una amalgama de comercios diseminados destinados al turismo, que ofrecían regalos con envoltura de olor a plástico de flotador y bronceador de coco.
- En aquel loco verano todos íbamos en bicicleta. Era el mejor modo de moverse por el pueblo. Entonces había pocos coches y aquí ya sabes que se vivía despacio. Pedalear a toda velocidad adelantando al resto de la gente era como comerte el verano de un bocado. Recuerdo que silbábamos una canción cuya melodía no recuerdo. Hicimos grandes amigos en aquellos días: Javi, Bea, Desita … buenos chicos.
- ¿Hicimos? Siempre le creí una mujer solitaria.
- A Pancho ya le conocía. Los inviernos me deprimen. Precisamente por eso me vine a vivir aquí, donde el tiempo es siempre maravilloso, como un permanente verano azul. Claro que inevitablemente hay días nublados, y estos siempre me produjeron una gran angustia. Si amenaza tormenta no salgo de casa y me encierro en mi misma con la única compañía de mis miedos, y veo correr el agua por la cristalera de la ventana, como lágrimas imperecederas de dudoso destino. Cuando el mal tiempo persistía, llamaba al colmado, y bajo el aguacero aquel chico con su bicicleta me traía la compra con la que pasar el día. En esos días de ruina él era mi único contacto con el exterior, y con el transcurrir de aquel invierno lluvioso, sin darme cuenta, Pancho fue convirtiéndose en la visita que esperaba ansiosa cada tarde. Sin yo poder evitarlo nos encariñamos el uno del otro. Él era tan joven, tan inocente y tímido. Todo lo experimentaba por primera vez con ingenua curiosidad. Estaba en esa parte vulnerable de la vida donde todo se atesora, cuando aún no hay costumbre. Esa corta etapa donde los buenos momentos se hacen tan especiales que acaban volviéndose inolvidables.
- ¿Me está diciendo que tuvo una relación amorosa con aquel chico?.
- No es tan simple. Lo planteas como algo sucio e inmoral, pero no fue así. Las cosas pasaron sin darnos elección. Casi nada de lo que pasa en la vida entra pidiéndote permiso. En un momento te cierra todas las puertas y al otro te ofrece una ilusión que hará que te levantes de la cama con la sensación de que ese será tu mejor día. Me convencí de que si la vida no me iba a pedir permiso para lo trágico yo tampoco le iba a pedir su aprobación para ser feliz.
- ¿Pero la diferencia de edad?.
- Un problema. Y más en aquella época. A mí me importaba bien poco. Por mí podían decir lo que quisieran, pero a aquel chico las habladurías podían destrozarle la vida. Pancho no tenía padres, se había criado con sus tíos, los cuales tenían esta tienda donde compraba todo el pueblo. De haberse sabido habría sido un desastre para él y su familia, pero aun así me negué a renunciar a aquel amor. Ya no podía huir de aquella pasión ni quería resistirme a seguir deslizándome por aquella pendiente, y él, naturalmente, en plena efervescencia sexual se dejó llevar. Te aseguro que mis sentimientos fueron puros, y que las circunstancias de aquella relación no me iban a hacer cambiar de opinión. Sin él me sentía incompleta. Ya no me contentaba con la sonrisa del arco iris, quería que el sol brillase todos los días.
- ¿Qué pasó entonces?.
Julia me miró desplazándose astralmente a cientos de kilómetros de distancia. Había visto mil veces aquella mirada en los innumerables testimonios recopilados a lo largo de mi carrera, y sabía que a partir de este punto la historia manaría por sí sola; yo solo estaba allí para oír una declaración largamente meditada, como un confesor tras una celosía de madera, a oscuras y en secreto.
Seguimos caminando hacia el oeste, callejeando paralelos al litoral de la playa, a veces con precipitados pasos y otras como penitentes que arrastran los pies por el ardiente asfalto. En más de una ocasión la noté fatigada, y descubrí en su rostro los surcos de arrugas que había tratado de camuflar por la acción del maquillaje: como aquellas gotas de lluvia que se escurrían por el cristal del pasado. Un par de veces tuvo dificultades para disimular lo que era una evidente mueca de dolor.
Con ese irregular ritmo llegamos a una impersonal zona del pueblo que conducía a un parque de nueva construcción. En un extremo del mismo había un barco de pesca, ornamental, como un monumento de rotonda. Era idéntico a otro que recordaba, el cual descansaba por aquel entonces varado en un acantilado sobre la playa de Burriana; frente al interminable mar, rodeado de huertos y acequias. Siempre me pregunté por el tamaño de la tormenta que le había llevado a encallar en aquel cerro.
- ¿No es este el barco de aquel viejo marinero?. ¿Cómo se llamaba?.
- Chanquete. Se llamaba Chanquete.
Chanquete: Un nombre largo tiempo olvidado.
A veces pienso que nuestro cerebro guarda las cosas con un proceso parecido al de las muñecas matrioshkas: un recuerdo en el interior de otro, y que es así como va encadenándolos. Hasta este instante el nombre de aquel marinero hacía muchos años que había perdido toda asociación con algo que no fuera una ración de pescaito frito en buena compañía, pero ahora, descabezada su muñeca fúnebre, la imagen del viejo gordinflón sentando en la arena de la playa cosiendo su atarraya o tocando el acordeón en la taberna de Frasco, salía de su talla de madera como lo haría un genio de su lámpara; en camiseta interior, repleta de manchas de sudor y quejándose del reducido espacio al que el tiempo le había confinado.
- Chanquete era un viejo idealista, y como tal un jodido hipócrita. Intransigente con cualquier cosa que se hallase fuera del razonamiento de sus podridas ideas, detestaba que le tratasen como el anciano que era, pero hacía tiempo que había renunciado los placeres de la vida para convertirse en un moralista marchito: un censor que por puro egoísmo se negaba a entender que existiese otra existencia que no fuera sentarse en la cubierta de su barco a coleccionar atardeceres o beber vino barato en aquella sucia taberna repleta de mugre. ¡Viejo cabrón!: Como ya no se le ponía dura todo el mundo debía guardar castidad.
- Deduzco por ello que ustedes no eran muy amigos.
- Lo fuimos. A mi llegada al pueblo tuvimos una relación cercana. Solía bajar a la playa a pintar marinas y retratar las barcas de los pescadores, y allí siempre le encontraba enroscado en su sombrero de paja, fumando pipa, como un viejo lobo de mar que recordase aventuras de su vida pasada: una versión landista del capitán Ahab. Con el paso de los días él se acostumbró a frecuentar mi compañía y yo la suya. Se mostraba amable y presumido, un anciano del pueblo que se pavoneaba acompañado de una guapa y misteriosa pintora, pero como todos los viejos su cortesía se agotó a medida que iba perdiendo influencia sobre mí. Fue así como empezaron nuestras diferencias.
- Cuando usted cambió su compañía por la de Pancho.
- Empecé a darle largas y sospechó que mi proceder estaba relacionado por la cercanía del muchacho. El muy estúpido llegó incluso a inmiscuirse en nuestra amistad con aquellos otros chicos que pasaban aquí las vacaciones de verano, y de este modo no tardó en descubrir que entre Pancho y yo había algo más íntimo: supongo que se me debía notar tan enamorada que incluso saltaba a la vista a un miope como él. Una tarde de aquel verano, Chanquete se presentó en mi casa y amenazó con contar cuanto sabía si no dejábamos de vernos. El muy farsante alegaba una amistad con el tío del chico, y que su buen nombre en el pueblo le obligaría a correr la voz antes de que la cosa fuese a mayores. Un chantaje en toda regla.
- ¿Qué hizo usted?
- Aquello iba a ser un escándalo. Qué pensarían de mí los padres de los otros jóvenes. Qué era una corruptora de menores. La casualidad quiso que pocos días después me encontrase con Frasco en el mismo lugar donde hoy nos hemos reunido, y me contase que Chanquete había enfermado. Él era su mejor amigo y estaba realmente preocupado por su salud. Como no podía dejar la taberna me ofrecí a visitarlo en su lugar, aquí, en la Dorada- señaló la encalada estructura del barco-. ¿Sabías que entre la gama de blancos utilizados para la pintura al óleo hay uno llamado blanco de plomo?
- Reconozco que siempre he tenido serias dificultades para entender el arte.
- Es un color ideal para la pintura de fondos. Seca rápido y es sumamente opaco. En aquellos años el problema era encontrarlo, por lo que tenía que prepararlo en casa con carbonato básico de plomo, una sustancia que hay que tratar con sumo cuidado ya que es altamente tóxica. Su disolución en un medio acuoso lo torna de un color amarillento, semejante a esos calditos que te dan de comer cuando estás enfermo. Es muy peligroso. Tanto, que en estados delicados de salud solo inhalarlo puede provocar la muerte.
Julia no apartaba la vista del barco. Tenía la misma mirada evocadora con la que minutos antes contemplase la vieja lechería: atravesando con ella las paredes de su quilla, buscando en su interior las imágenes del pasado.
- ¿Me está usted insinuando que envenenó a Chanquete?
- Por amor se cometen las mayores locuras: Descender a los infiernos, declarar guerras, profanar tumbas… ¡Qué más da un sacrificio más o menos! Estaba decidida a que no se saliese con la suya; a proteger a aquel amor al precio que fuese. Al día siguiente todo el mundo supo que Chanquete había muerto. Aun recuerdo a Pancho corriendo por la playa, sollozando y dándome la noticia. Frasco le había contado que el viejo estuvo a mi cuidado aquella noche, y algo debió percibir en mi mirada que le hizo sospechar la verdad. Nunca más quiso volver a verme. Ni siquiera dejó que me inventase una coartada. Nuestro amor terminó aquella misma mañana. Como ves, el viejo cabrón se fue a la tumba cumpliendo su propósito. A veces pienso que si la ternura no sustituye a la pasión, todo amor acaba convirtiéndose bien en tragedia o bien en comedia. El nuestro no iba a ser una excepción.
- Julia, atiéndame: ¿Es usted consciente que un delito de asesinato no prescribe por muchos años que hayan pasado? ¿Entiende qué contándome esto, me obliga a ponerlo en conocimiento de las autoridades?
Hacía más de treinta años que no visitaba Nerja, desde que, siendo corresponsal del diario Sur cubría las noticias locales de este lado de la Axarquía, para narrar con mi vieja portátil Olivetti el parsimonioso día a día. Habían pasado muchos años, y como en el tango, las nieves del tiempo ya platearon mi sien. Aquel pequeño pueblo de pescadores y veraneantes de provincia se había convertido, con la burbuja inmobiliaria, en otro refugio turístico más, repleto de ingleses y alemanes al reclamo de sol y playa: la misma luz pero sin su vieja personalidad marinera.
Había quedado con mi cita en el mirador del balcón de Europa. El sitio fue elegido por ella, quizá por ser uno de los pocos lugares de la localidad aun inalterables, tal vez por estar siempre abarrotado de fotógrafos aficionados. Con los años toda desconfianza es poca. Me fijé en una mujer que se apoyaba en la barandilla junto a la estatua de Alfonso XII, y que absorta en sus pensamientos, observaba cómo los bañistas eran mecidos por el azul del mar hacía las enormes rocas de la Calahonda. Debía ser ella.
- ¿Julia?
- Si. Soy yo.
Por entonces todos nos conocíamos. Mis recuerdos de ella eran instantáneas descoloridas de como solía pasar las horas pintando los rincones más llamativos del pueblo, entre esquinas, aprovechando la sombra en verano y los rayos de sol de invierno, absorta en el caballete donde trazaba pinceladas de óleo que acabarían en la pared de algún salón de rematado mal gusto. Así habitaba ella en mi memoria, con aquel descuidado orden del pelo, la blusa a medio planchar y una renuente experiencia vital. Ahora, en cambio, era una mujer que empezaba a reconocer su vejez en esa edad sin nombre que son los sesenta, peinada con el molde de una peluquería de barrio, vestida con un amplio vestido color nazareno de cuyo antebrazo colgaba un bolso de imitación que, a buen seguro, habría comprado a uno de los muchos manteros que por allí se ganaban la vida. El rubio natural había dado paso a las mechas de tinte, y enmarcada por las arrugas, como uno de sus cuadros, aun colgaba volátil aquella mirada bondadosa marcada por la tragedia de quien ha perdido un pilar de su vida, por aquel miedo tan suyo a los días lluviosos.
- ¿Le apetece que tomemos algo?
- Mejor paseemos.
A la sombra de un palmeral, bordeamos, parcos en palabras, la parroquia del Salvador, encalada con su imponente aspecto colonial, como un vestigio traído de ultramar. Girando a la izquierda, tomando por la calle del Barrio, se paró como quien ve un fantasma, junto a una vieja casa blanca con dos insignificantes balcones y una pequeña puerta hecha a la altura de cómo eran las personas de entonces, cuyos bajos habían sido pintados de marrón para preservarlos de las pisadas.
- ¿Recuerdas este sitio? – me preguntó. Aquí había una lechería que hacía las veces de colmado. El único super del pueblo. – rió con la mente puesta en el pasado. En ella trabajaba un muchacho del que probablemente te acuerdes. Se encargaba de llevar los pedidos que hacían los clientes. Pancho se llamaba.
- ¿Aquel chico que iba corriendo en bicicleta a todos los lados?
Le recordaba, pese a que con el tiempo todo se desvanece. Como esta estrecha y familiar calle que ahora era una amalgama de comercios diseminados destinados al turismo, que ofrecían regalos con envoltura de olor a plástico de flotador y bronceador de coco.
- En aquel loco verano todos íbamos en bicicleta. Era el mejor modo de moverse por el pueblo. Entonces había pocos coches y aquí ya sabes que se vivía despacio. Pedalear a toda velocidad adelantando al resto de la gente era como comerte el verano de un bocado. Recuerdo que silbábamos una canción cuya melodía no recuerdo. Hicimos grandes amigos en aquellos días: Javi, Bea, Desita … buenos chicos.
- ¿Hicimos? Siempre le creí una mujer solitaria.
- A Pancho ya le conocía. Los inviernos me deprimen. Precisamente por eso me vine a vivir aquí, donde el tiempo es siempre maravilloso, como un permanente verano azul. Claro que inevitablemente hay días nublados, y estos siempre me produjeron una gran angustia. Si amenaza tormenta no salgo de casa y me encierro en mi misma con la única compañía de mis miedos, y veo correr el agua por la cristalera de la ventana, como lágrimas imperecederas de dudoso destino. Cuando el mal tiempo persistía, llamaba al colmado, y bajo el aguacero aquel chico con su bicicleta me traía la compra con la que pasar el día. En esos días de ruina él era mi único contacto con el exterior, y con el transcurrir de aquel invierno lluvioso, sin darme cuenta, Pancho fue convirtiéndose en la visita que esperaba ansiosa cada tarde. Sin yo poder evitarlo nos encariñamos el uno del otro. Él era tan joven, tan inocente y tímido. Todo lo experimentaba por primera vez con ingenua curiosidad. Estaba en esa parte vulnerable de la vida donde todo se atesora, cuando aún no hay costumbre. Esa corta etapa donde los buenos momentos se hacen tan especiales que acaban volviéndose inolvidables.
- ¿Me está diciendo que tuvo una relación amorosa con aquel chico?.
- No es tan simple. Lo planteas como algo sucio e inmoral, pero no fue así. Las cosas pasaron sin darnos elección. Casi nada de lo que pasa en la vida entra pidiéndote permiso. En un momento te cierra todas las puertas y al otro te ofrece una ilusión que hará que te levantes de la cama con la sensación de que ese será tu mejor día. Me convencí de que si la vida no me iba a pedir permiso para lo trágico yo tampoco le iba a pedir su aprobación para ser feliz.
- ¿Pero la diferencia de edad?.
- Un problema. Y más en aquella época. A mí me importaba bien poco. Por mí podían decir lo que quisieran, pero a aquel chico las habladurías podían destrozarle la vida. Pancho no tenía padres, se había criado con sus tíos, los cuales tenían esta tienda donde compraba todo el pueblo. De haberse sabido habría sido un desastre para él y su familia, pero aun así me negué a renunciar a aquel amor. Ya no podía huir de aquella pasión ni quería resistirme a seguir deslizándome por aquella pendiente, y él, naturalmente, en plena efervescencia sexual se dejó llevar. Te aseguro que mis sentimientos fueron puros, y que las circunstancias de aquella relación no me iban a hacer cambiar de opinión. Sin él me sentía incompleta. Ya no me contentaba con la sonrisa del arco iris, quería que el sol brillase todos los días.
- ¿Qué pasó entonces?.
Julia me miró desplazándose astralmente a cientos de kilómetros de distancia. Había visto mil veces aquella mirada en los innumerables testimonios recopilados a lo largo de mi carrera, y sabía que a partir de este punto la historia manaría por sí sola; yo solo estaba allí para oír una declaración largamente meditada, como un confesor tras una celosía de madera, a oscuras y en secreto.
Seguimos caminando hacia el oeste, callejeando paralelos al litoral de la playa, a veces con precipitados pasos y otras como penitentes que arrastran los pies por el ardiente asfalto. En más de una ocasión la noté fatigada, y descubrí en su rostro los surcos de arrugas que había tratado de camuflar por la acción del maquillaje: como aquellas gotas de lluvia que se escurrían por el cristal del pasado. Un par de veces tuvo dificultades para disimular lo que era una evidente mueca de dolor.
Con ese irregular ritmo llegamos a una impersonal zona del pueblo que conducía a un parque de nueva construcción. En un extremo del mismo había un barco de pesca, ornamental, como un monumento de rotonda. Era idéntico a otro que recordaba, el cual descansaba por aquel entonces varado en un acantilado sobre la playa de Burriana; frente al interminable mar, rodeado de huertos y acequias. Siempre me pregunté por el tamaño de la tormenta que le había llevado a encallar en aquel cerro.
- ¿No es este el barco de aquel viejo marinero?. ¿Cómo se llamaba?.
- Chanquete. Se llamaba Chanquete.
Chanquete: Un nombre largo tiempo olvidado.
A veces pienso que nuestro cerebro guarda las cosas con un proceso parecido al de las muñecas matrioshkas: un recuerdo en el interior de otro, y que es así como va encadenándolos. Hasta este instante el nombre de aquel marinero hacía muchos años que había perdido toda asociación con algo que no fuera una ración de pescaito frito en buena compañía, pero ahora, descabezada su muñeca fúnebre, la imagen del viejo gordinflón sentando en la arena de la playa cosiendo su atarraya o tocando el acordeón en la taberna de Frasco, salía de su talla de madera como lo haría un genio de su lámpara; en camiseta interior, repleta de manchas de sudor y quejándose del reducido espacio al que el tiempo le había confinado.
- Chanquete era un viejo idealista, y como tal un jodido hipócrita. Intransigente con cualquier cosa que se hallase fuera del razonamiento de sus podridas ideas, detestaba que le tratasen como el anciano que era, pero hacía tiempo que había renunciado los placeres de la vida para convertirse en un moralista marchito: un censor que por puro egoísmo se negaba a entender que existiese otra existencia que no fuera sentarse en la cubierta de su barco a coleccionar atardeceres o beber vino barato en aquella sucia taberna repleta de mugre. ¡Viejo cabrón!: Como ya no se le ponía dura todo el mundo debía guardar castidad.
- Deduzco por ello que ustedes no eran muy amigos.
- Lo fuimos. A mi llegada al pueblo tuvimos una relación cercana. Solía bajar a la playa a pintar marinas y retratar las barcas de los pescadores, y allí siempre le encontraba enroscado en su sombrero de paja, fumando pipa, como un viejo lobo de mar que recordase aventuras de su vida pasada: una versión landista del capitán Ahab. Con el paso de los días él se acostumbró a frecuentar mi compañía y yo la suya. Se mostraba amable y presumido, un anciano del pueblo que se pavoneaba acompañado de una guapa y misteriosa pintora, pero como todos los viejos su cortesía se agotó a medida que iba perdiendo influencia sobre mí. Fue así como empezaron nuestras diferencias.
- Cuando usted cambió su compañía por la de Pancho.
- Empecé a darle largas y sospechó que mi proceder estaba relacionado por la cercanía del muchacho. El muy estúpido llegó incluso a inmiscuirse en nuestra amistad con aquellos otros chicos que pasaban aquí las vacaciones de verano, y de este modo no tardó en descubrir que entre Pancho y yo había algo más íntimo: supongo que se me debía notar tan enamorada que incluso saltaba a la vista a un miope como él. Una tarde de aquel verano, Chanquete se presentó en mi casa y amenazó con contar cuanto sabía si no dejábamos de vernos. El muy farsante alegaba una amistad con el tío del chico, y que su buen nombre en el pueblo le obligaría a correr la voz antes de que la cosa fuese a mayores. Un chantaje en toda regla.
- ¿Qué hizo usted?
- Aquello iba a ser un escándalo. Qué pensarían de mí los padres de los otros jóvenes. Qué era una corruptora de menores. La casualidad quiso que pocos días después me encontrase con Frasco en el mismo lugar donde hoy nos hemos reunido, y me contase que Chanquete había enfermado. Él era su mejor amigo y estaba realmente preocupado por su salud. Como no podía dejar la taberna me ofrecí a visitarlo en su lugar, aquí, en la Dorada- señaló la encalada estructura del barco-. ¿Sabías que entre la gama de blancos utilizados para la pintura al óleo hay uno llamado blanco de plomo?
- Reconozco que siempre he tenido serias dificultades para entender el arte.
- Es un color ideal para la pintura de fondos. Seca rápido y es sumamente opaco. En aquellos años el problema era encontrarlo, por lo que tenía que prepararlo en casa con carbonato básico de plomo, una sustancia que hay que tratar con sumo cuidado ya que es altamente tóxica. Su disolución en un medio acuoso lo torna de un color amarillento, semejante a esos calditos que te dan de comer cuando estás enfermo. Es muy peligroso. Tanto, que en estados delicados de salud solo inhalarlo puede provocar la muerte.
Julia no apartaba la vista del barco. Tenía la misma mirada evocadora con la que minutos antes contemplase la vieja lechería: atravesando con ella las paredes de su quilla, buscando en su interior las imágenes del pasado.
- ¿Me está usted insinuando que envenenó a Chanquete?
- Por amor se cometen las mayores locuras: Descender a los infiernos, declarar guerras, profanar tumbas… ¡Qué más da un sacrificio más o menos! Estaba decidida a que no se saliese con la suya; a proteger a aquel amor al precio que fuese. Al día siguiente todo el mundo supo que Chanquete había muerto. Aun recuerdo a Pancho corriendo por la playa, sollozando y dándome la noticia. Frasco le había contado que el viejo estuvo a mi cuidado aquella noche, y algo debió percibir en mi mirada que le hizo sospechar la verdad. Nunca más quiso volver a verme. Ni siquiera dejó que me inventase una coartada. Nuestro amor terminó aquella misma mañana. Como ves, el viejo cabrón se fue a la tumba cumpliendo su propósito. A veces pienso que si la ternura no sustituye a la pasión, todo amor acaba convirtiéndose bien en tragedia o bien en comedia. El nuestro no iba a ser una excepción.
- Julia, atiéndame: ¿Es usted consciente que un delito de asesinato no prescribe por muchos años que hayan pasado? ¿Entiende qué contándome esto, me obliga a ponerlo en conocimiento de las autoridades?
- Si. Por eso le he llamado. Para mí ya es tarde, salvo
quizá para hallar el alivio de la redención. Los médicos tienen contados los pocos días que me quedan. Acabada esta
mala serie de episodios que es la vida, me dirijo hacía el fin con el mismo
impulso que puse en mi amor con Pancho. Muy lejos quedan ya los últimos días de
aquel verano.
Que guay!!!. Me ha encantado Alfonso. Muchisima pericia literaria y un humor muy tuyo. Magnificoooo
ResponderEliminarMil gracias. Me alegro que te haya gustado.
EliminarEs simplemente genial!
ResponderEliminar