El baile cebolletero

 

A mí que no me digan, pero los chavales de entonces estábamos más faltos de glucosa que los jóvenes de ahora. Fue como si hubiésemos sufrido un trastorno más agudo en esa intrincada red de biológicas emociones que es la adolescencia, lo cual nos volvió más influenciables en la necesidad de encajar en el mundo.
Recuerdo que a mitad de los ochenta, en pleno apogeo de aquella sociedad posfranquista que había alumbrado La Movida, las modas vigentes inscribían a la juventud en las filas de las llamadas tribus urbanas. Estas eran un ingrediente principal de la santificada cultura underground, y por este potaje campaban a sus anchas, como casas nobiliarias de Juego de Tronos, los jevis, los chungos navajeros a lo Torete y Vaquilla bendecidos por el cine quinqui, algún tecno con escaso fondo de armario, rockers en eterno conflicto con los mods (como Capuletos y Montescos), algún que otro siniestro y gótico, pero sobre todo pocos pijos, pues el extrarradio no daba para polos con cocodrilos ni impecables pantalones de pinzas.
Allí lo más puntero eran las chaquetas vaqueras plagadas con chapas rock del discoplay; lo cual venía a ser como vestir la puerta de una nevera repleta de magnets, y es que en la pechera del sujeto en cuestión se juntaba todo lo que estuviese de moda y tuviese un imperdible. Así la lengua de los Rolling Stones cohabitaba con el piloto de Barón Rojo, el Eddie de Iron Maiden compartía bolsillo con Obus, algo de los Kiss nunca podía faltar, de los Acedecé, Asfalto, Police, Bob Marley, Motorhead … lo que cupiese era bienvenido, aunque a nadie se le habría ocurrido destinarle un sitio en tal heterogéneo álbum a un smiley; en la actualidad conocido como emoticono.
Al otro lado del charco de esta novedad alternativa se llevaba el breakdance. Una moda surgida en los barrios afroamericanos del Bronx y Brooklyn que consistía en un baile callejero a ritmo de beats. Al igual que el rap tenía algo de confrontación, es decir, que te montabas tu teatrillo y salías a bailar con mucho flow, en plan chulito, desafiando a otro tipo que andaba en tu misma línea de pensamiento; le hacías el robot, andabas para atrás como si te estuviesen apuntando con un cuchillo en el gaznate: ¡Es un moonwalk! - advertías a quien te miraba con incomprensión - y así reboteabas feliz como una lombriz contra el suelo con ambas manos, a riesgo de desgraciarte la boca para toda la vida, o te estremecías fingiendo calambres como si hubieses meado en un enchufe después de beber mucho líquido.
Y es que toda acrobacia valía para salir triunfador de aquella poética disputa entre resueltos gimnastas en un cuadrado de sintasol recogido en un contenedor de basura (cartón en los meses de verano), y todo esfuerzo físico era poco con tal de imitar a aquel concursante de Tocata, o ligarte a la chica de turno moviendo las piernas como si convulsionases después de recibir una patada en los testículos, y con la descoordinada exhibición, acabar de paso, como quien no quiere la cosa, con toda la villanía del mundo como si fueras Orlando Ozone y su hermano Tony Turbo.
“Ain’t Nobody. Loves me better”.
Luego naturalmente no te comías una rosca, pues el ridículo tiene un precio, y acababas siendo el risión en el barrio durante meses.
La parte positiva era que con la pelea tampoco te saltaban los dientes, ya que el antagonista que bailaba confrontando piruetas era tan lila como tú, aunque en su universo friki se sintiese una persona completa haciéndose el automático, dando volteretas con la cerviz, o andando como un cojo que, disimulando los retortijones, se estuviese cagando y no viese el momento de llegar al retrete.
Personalmente opino que la moda duró más de lo que merecía, aunque he de reconocer que eso de ir en chándal para que no se te retorcieran los huevos con tanta vuelta debía ser la mar de cómodo.
Ahora el único que va por la vida en chándal es Maduro, y algún que otro forofo del fútbol que saca al perro a hacer sus necesidades en esta condición después de una victoria de su equipo; aunque reconozco que le cogí aprensión a la prenda cuando, necesitado de mear con urgencia, descubrí que sus pantalones carecían de bragueta.
Y todo esto viene a colación porque a mis años, siendo ya un pureta, cuando salgo de celebración con las copas me posee algo de aquel espíritu, y en los locales destinados a mi edad me lanzo a practicar el llamado el baile cebolletero; el cual no es más que una compilación de todos los desparejados pasos de baile mal aprendidos en mi triste vida; un déficit lamentable por disponer de dos pies izquierdos y no haberme comido nunca una rosca bajo las luces del flas, el humo carbónico y las pompitas de jabón.
Ahora la gente joven, que como digo es más practica y lista, va directamente a la almendra y escucha reguetón; lo cual como ver Sálvame y hacerse dos pajas al mismo tiempo. Una compleja trama digna de un culebrón entre Yonis y Sarais en una isla de las tentaciones con aspecto de conflicto poligonero.
Tan efectivo es esto de cambiar la soca latina por aquel breakin cartonero que hasta los más espabilados ya se apuntan a clases de bachata. 
Anda que si por entonces, en mi barrio, a alguno se le llega a ocurrir aficionarse a esto de los boleritos ….

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