Entrevista a Oscar Thinsoul
Durante la espera, bajo una enorme carpa árabe, la responsable de relaciones públicas organizaba a los periodistas allí reunidos. Una exótica mujer negra, con cuerpo de modelo y elevada estatura, soberbia y majestuosa, cuya altura aumentaba unos centímetros más calzando unos Manolo Blahnik de tacones de aguja. Su aspecto era el vivo recuerdo de Grace Jones en los ochenta. Mantenía la cabeza erguida, y con pasos medidos se movía entre los cronistas como una pantera, al sedoso ritmo libertango de “I've Seen That Face Before”.
Hacía un asfixiante y húmedo calor. La canícula de agosto apretaba sobre los costosos amarres de Puerto Banús y las alegres chicas del Event Services de Marbella despachaban con sonrisa cristalina copas de Moet, mientras el equipo de relaciones con la prensa se interesaba por saber hasta dónde conocíamos del nuevo disco y nuestra opinión acerca del vídeo promocional.
- ¡Ice cold wáter, one euro! - voceaba un latero malaguita al otro lado del dique.
La Vie En Rose.
- Recuerde, su tiempo de entrevista será veinte minutos. Ajústese escrupulosamente al mismo y tenga en lugar visible su nombre y el medio de comunicación al que pertenece. Ya puede usted subir.
Quince largos escalones de madera de Teca separaban el muelle de la primera altura del yate. Allí esperaba ceremonialmente un mayordomo bajito y gordo, de calva reluciente, cara redonda y ancho bigote. Esnob y decadente, con apariencia de político poco fiable y trincón. Su presencia victoriana contrastaba con el glamur de aquel escenario, y hacía pensar que la razón de su existencia solo podía responder a algún tipo de extraño capricho. El reglamentario uniforme de chaqué había sustituido el acostumbrado color negro por un blanco ibicenco. Debido a ello, bajo el pantalón, se trasparentaba en su culo un minúsculo tanga.
- Si es tan amable de acompañarme.
Quince escaleras más arriba, en la cubierta superior del barco, tumbado en una cama solar en el centro de aquel salón flotante, estaba Oscar Thinsoul. Un bañador rojo, unas gafas de sol, chanclas de Tommy y un bronceador hawaiano eran su única carta de presentación a los medios de comunicación que cubrían la noticia de su regreso a Málaga.
- Póngase cómodo ¿Le apetece beber algo?
- Una cerveza estaría bien.
El mayordomo ya se encaminaba diligente a servir lo demandado.
- Gaspar fue ocurrencia de un amigo mío. Un desvarío bizarro. Pudo haberme pedido cualquier cosa, pero se empeñó en que contratase como asistente a alguien con estas especificas características. Desde entonces no se separa de mí. Ya no es fácil encontrar gente así, con esta servil fidelidad. Aquí es donde solemos dar muchas de nuestras fiestas. Para infortunio suyo, el pobre siempre acaba mal parado.
Estrella del pop y camarilla de amigos excéntricos. Una asociación inevitable.
El mayordomo Gaspar no era el único elemento que desafinaba en aquel escenario. Junto al jacuzzi vi el piano de cola blanco, demasiado inglés, en el cual hizo su sesión de fotos John Legend para la revista Rolling Stone el año pasado en Belice. Asomaba tras la mampara de cristal por la que se accedía al interior del barco. Sobre su tapa descansaba una lira griega y una foto firmada por el padre de Julio Iglesias.
Bolígrafo en mano, puse en marcha la grabadora, dispuesto a empezar mi entrevista.
- El Bajonazo. Extraño nombre para un yate de lujo.
- Su bautismo responde a razones particulares. Este no es un mero barco. Es más bien un emplazamiento flotante que actúa sobre mí como un viagra cósmico.
- En útero marítimo. Pura psicodelia lo suyo.
- Todo forma parte del proceso de un sueño. Fantaseas lo inimaginable y según vas cubriendo las etapas de esa visión, te esfuerzas en mejorarlo, lo cual solo es posible pervirtiéndolo. En mis comienzos planeé minuciosamente como sería esta vida de excesos. Elegí este nombre como el contraste de lo que aquí nunca ocurriría. Comprenderá que ya hecho lo hecho, nunca me atreviese a cambiarlo.
- Remitiéndonos a esos comienzos: todo empezó hace tres años con Empiria y aquel mítico concierto en La Caja Blanca. Puede decirse que aquella carta de presentación cambió su vida ¿Cómo lo recuerda?
- Naturalmente, con muchas lagunas. Desde entonces no hemos parado. Este extenuante tipo de vida está repleto de espacios en blanco que no dejan mucha tierra firme a la melancolía. Aun así, recuerdo que por entonces no éramos conscientes de la trascendencia de aquel momento. Supongo que en lo cotidiano nunca lo eres, de modo que no hicimos una reflexión profunda sobre si lo insignificante nos iba a transportar a un sitio más elevado. Lo que puedo asegurarle es que todo el trabajo duro que hicimos durante aquellos dos años, el maratón de conciertos de la gira Salvaje y la extenuante gira internacional por más de cincuenta países, elimina mucha de la purpurina que se ve desde fuera.
- Tampoco serían conscientes los Beatles cuando tocaban en Cavern Club que estaban cambiando la historia de la música. Ustedes nunca tuvieron un Epstein que les abriese las puertas del negocio. Ahora que la revolución digital ha convertido el comercio físico de la música en un zombi moribundo, supieron adaptarse y aprovecharse del marketing de las redes sociales y la promoción viral del boca a boca en la comunidad de fans para que sus canciones fuesen adueñándose de las plataformas de streaming, y liderar así las descargas del mercado latino de iTunes. ¿Cómo influyó en ello aquel videoclip de Alma Perdida?
- Esencialmente el video fue nuestra carta de presentación al mundo. Cada visita sirvió de apoyo e influencia para otras nuevas. Fue así como aumentó nuestra popularidad. La democratización por internet al acceso de nuestra música hizo que cada vez que alguien pinchaba el clip, esa misma persona se convirtiera sin saberlo en nuestro Epstein particular. Con ese marketing ya no necesitamos más mecenas que nuestros propios seguidores.
- El éxito viene de la mano con la fama, el acoso de los medios de comunicación, el dinero … ¿Ha cambiado mucho su vida?
- Algunos músicos presentan su trabajo como si fuese un amor al arte: por una necesidad de crearse a sí mismos, por pasión, placer o la idea de transmitir a los demás una inspiración artística, sin ánimo de lucro y ajeno al factor económico. Yo no soy uno de ellos. En mis discos invierto mucho dinero y con el éxito recojo los beneficios. Es por eso por lo que le llaman negocio. No soy hipócrita. El éxito es quien paga las facturas de todo cuanto ve a mi alrededor, y las leyes fiscales lo convierten en legal llevándose una cuantiosa parte. En cuanto a la fama, es aquello que te permite cantar con Stevie Wonder en una gala en el Madison Square Garden, salir de fiesta con Rhianna o cambiar impresiones con Maxwell en un estudio de grabación de Los Angeles. Eso no tiene precio. Respecto al acoso de los medios de comunicación ¿por qué cree usted que vivo en un barco?
- Después de estos años sabáticos presenta su último trabajo y además del instantáneo éxito que ya ha supuesto “Sangre pura”, y del lanzamiento de canciones como “Déjame querer” y “Maldito Tic Tac”, me ha llamado particularmente la atención el tema “¿Vicky dónde estás?” ¿Qué puede contarme de la misma?
- Es una canción coproducida una tarde bien entrados en copas. Me la cedió un amigo a cambio de aparecer en los créditos de Empiria. Seguro que “Vicky” acaba sonando mucho este verano: durante días me ha llamado Marc Anthony ofreciéndose a hacer los coros. Y es que combina con todo, desde el tinto de verano al tequila.
- No lo dudo. ¿Le queda algún deseo por cumplir?
- Naturalmente. Conocer a Gianna Michaels, tatuarme con Janine Lindemulder, una café con Tory Lane, batear con los Yankees en City Field. ¡Qué sé yo! Cada día me despierto con un nuevo proyecto inspirador. Soy joven, aún tengo tiempo.
- Lamentablemente yo no. Mis veinte minutos se han acabado.
- Lástima. Aún tenía que contarle la última juerga que tuve con Prince en un hotel de Minneapolis antes de que se convirtiese en testigo de Jehová. ¿Quiere escucharlo mientras se bebe otra?
- Sería un placer.
- ¡Gaspar!
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