Horror en el Decathlon

Hay en mi barrio una tienda de deportes especializada en primeras marcas, muy mona, propiedad de una joven emprendedora.
La chica lleva todos estos años ajustando los precios al momento actual, sorteando con ellos las sucesivas crisis, aunque sea a costa de disminuir sus pequeños beneficios.
Siempre que paso por allí la veo limpiando el polvo al eco, detrás del mostrador, mirando con esperanza la puerta, entretenida en no hacer nada, y recuerdo aquella frase de Camilo José Cela que dice: “El que resiste, gana”.
La semana pasada se cansó de resistir y cerró su negocio. Al pasar la vi apilando la mercancía sin vender, la cual acabará en manos de especuladores de saldos, como su esfuerzo por salir adelante.
Y es que nadie en esta parte de la ciudad parece hacer deporte. Es como si todos coincidiesen con mi forma de pensar acerca de que el deporte es un entretenimiento solo apto para verlo en la tele, sentado en el sofá comiendo palomitas. Su práctica es, al menos para mí, una terrible confusión entre la gimnasia y la magnesia.
Pero he aquí que un día me obligaron a ir al Decathlon.
Era sábado por la mañana, mediados de mes y con pronóstico soleado. El día perfecto para dedicarlo a beber cervezas en una terraza y almorzar a base de tapas y raciones. Sin embargo, por alguna extraña razón tan incomprensible como una obra de arte moderna, todo el mundo se había congregado allí, en el Decathlon.
No cabía un alma. Era como el Toys”R”Us la víspera de Reyes, el primer día de Rebajas o calle Larios la madrugada del Miércoles Santo. Cada pasillo parecía un vomitorio del Santiago Bernabéu, y si en la zona donde vivo los deportistas brillaban por su ausencia, en aquel apartado polígono industrial, al que hay que llegar en coche y dar varias vueltas para encontrar aparcamiento, los atletas se podían contar por cientos. Parecía la villa olímpica.
Ojeando los estantes había corredores, nadadores, gimnastas, senderistas, esquiadores, alpinistas, futbolistas, baloncestistas, yoguis, levantadores de pesas y apasionados al CrossFit. Todos con circunspecta cara de expertos, pese a que, sospechosamente, entre ellos había mucho gordo. También mucho tipo con las cejas depiladas, de esos que llevan los vaqueros por el ecuador del culo para que se vean los calzoncillos de marca. Completaba la fauna señoras con el pelo rubio platino, incondicionales de los rayos UVA, las cuales caminaban por los pasillos con las gafas de sol puestas, jubilados tirando de tarjeta con la gran familia a cuestas, y me sobraban varios niños que iban de un pasillo a otro dando por culo y punterazos a balones de goma espuma.
Toda aquella masa humana penaba como presos asidos a un grillete en forma de cesta azul, las cuales rodaban repletas de chándales, packs de calcetines, mallas, camisetas y demás artículos variados, y entre ellos me hallaba yo, como un pequeño punto ingrávido de ese universo, caminando como si me hubiesen robado el cuerpo y acabase de salir de una vaina.
En vista de aquel éxito comercial llegó a parecerme que quizá todo aquello lo regalaran. O que las zapatillas, mochilas - ¿por qué todo el que va a Decathlon se compra una mochila? - y los pantalones de deporte se hubiesen convertido, de un día para otro, en artículos de primera necesidad con los que sobrevivir a una guerra inminente.
Las colas en el vestuario eran desmoralizantes. La chica que contaba las prendas estaba enterrada en una montaña textil de esto “no me gusta” o “no me queda bien”, y el estoicismo de quien esperaba su turno para probarse era digna de un santo.
¿Pero cuál era el misterio de todo aquello? ¿De verdad hay tanto amante del deporte? ¿Sería que, como los cantos de sirena, nos había seducido el marketing de sus bellas modelos corriendo y sonriendo al mismo tiempo, lo cual admito no creía fuera posible? ¿Tal vez fuese la calidad de aquellas prendas, de nombres tan rimbombantes como Domyos, Kipsta y Tribord?
Esperé pues a que el enigma se resolviese por una cuestión de precio, y así nos dirigimos a las cajas por el pasillo dedicado al golf, con la confianza de que estaría desierto; erróneamente, pues incluso allí había gente mirando palos, drivers y putters; que ya se me iban escapando los tacos de puro mosqueo.
Para pagar nos esperaba una cola similar a la del vestuario, pero con el aliciente de que, esperando turno, todo el mundo, pronadores y supinadores, podían darse el gusto asiático de darle cuerda gratis a la dinamo de la linterna a 4’99 euros la unidad, apretar las massage ball hasta que las púas de goma perdiesen su geometría, o renovar el viejo bidón de agua por una Trail Running Hiking Water azul flexible.
Idiotizado por estas dos horas de mi vida que allí había perdido, miré la cuenta para descubrir que, artículo por artículo, los precios eran similares a los que recordaba expuestos en la tienda del barrio. Eso les comenté a las dos parejas de vecinos que casualmente me encontré a la salida, de cuyos brazos colgaban racimos de bolsas llenas de kalenjis y quechuas.
De vuelta a casa, reflexionando, me consolé sabiendo que al menos ahora tengo el armario repleto de ropa deportiva con las que estar en casita como un rey y bajar bien arregladito a tirar la basura. De otro modo jamás me las habría comprado por nula necesidad. 
Y es que, faltaría más, ¡Yo no soy tonto! Ah no, que eso me ocurrió en Mediamarkt.

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