La chica de Los Hombres G

 

“Si un tren sale de A hacia B, a la velocidad de … y otro tren hace lo propio de B hacia A …”.
He de reconocerlo: las matemáticas nunca fueron lo mío. Siempre me faltó la perspectiva necesaria para visualizar los problemas. Mordisqueando el bolígrafo y mirando a las musarañas, soy capaz de imaginar, con grandes dosis de detalle, al tren partiendo de la estación B, con su andén repleto de seres queridos, agitando el pañuelo, despidiéndose. Sentir el olor del gasoil esparcido en la grava que fija al suelo las traviesas de los raíles, e incluso ver, como en las noches de invierno, el viento mece de un lado a otro el cartel “Estación A” sobre el despacho del factor. Escuchar el crepitar eléctrico de la catenaria las tardes de verano, acompañando al canto de las cigarras que se esconden de la canícula en la vegetación de ambos lados de la vía. Oír como chirrían los goznes del acceso al vestíbulo, cuando los pasajeros abren sus puertas batientes, con la vieja madera cuarteada por el tiempo y cien veces repintada de verde.
En cambio, si despojo al problema de su melodía de ferrocarril, si trato de plasmar en números el devenir de ambos trenes hasta su inevitable encuentro, cuando su recorrido se simplifique en forma de vector y su viaje de comienzo con una equis y un igual invitando al reto de ser resuelto, entonces no tengo esa necesaria capacidad para razonar y hallar el contexto que me lleve a la solución correcta; a ese punto exacto donde ambas locomotoras deberían cruzarse en el papel cuadriculado, sin riesgo a que su encuentro acabe en una catastrófica colisión numérica.
Estos pensamientos me desaniman, y agotado desciendo por la enorme escalera de caracol del viejo edificio donde está la academia. Sus anchos peldaños crujen a cada paso, desgastada sus escuadras por la niebla de días pasados y lóbregos, y como otra evocación, puedo ver a sus antiguos moradores subiendo por ellos, fantasmagóricos, atrapados en el tiempo, con el alma arrodillada, cargando con el peso de su antigua existencia entre ensordecedoras explosiones de otra época ya lejana.
La noche es gélida. Faltan pocos días para Navidad y los transeúntes pasean con prisa en busca de las últimas compras, cobijados en el interior de sus abrigos. Cuerpos sin rostro, capuchas de vacías cavidades. El frío viento nocturno corta mi cara, sofocada por tantas horas de pupitre y ecuaciones: del turno partido del instituto a las dos horas de academia. Son ya las ocho y aún quedan deberes pendientes. La calle Mayor está atascada por vehículos que tratan en vano de seguir avanzando hacia su destino o en busca de un preciado aparcamiento. Una contaminada nube de gases en combustión hace irrespirable el aire y una corriente atraviesa silbando el Arco del Triunfo. El viento sopla como un coro de voces muertas y la plaza es, a esta hora, un luminoso laberinto de coloridos puestos del mercadillo navideño en los que resuenan villancicos reclamando clientela.
La parada del diecisiete está en una travesía sin salida de esta parte del barrio de los Austrias. Alguien me contó que en esta calle estuvo la cárcel de la Corte que albergó preso a Lope de Vega y Espronceda; que incluso Diego Velázquez tuvo aquí su casa. Ahora hay una tiniebla que va espesándose, sombras que bailan alargándose y acortándose y una cola de personas cansadas esperando en silencio la llegada del autobús; releyendo los titulares del manoseado periódico a la moribunda luz de las farolas, mirando impacientes el reloj de inertes manecillas, manoseando el ajado cartón del bonobús, alternando el peso de un pie al otro en la estrecha acera frente a Almacén de Pontejos: Corsetería y Lencería. Venta al por Mayor.
Bajando el bus por la calle Toledo, a la altura del barrio de la Latina ha subido un grupo de chicas. Tratan de llegar al fondo del vehículo para hacerse un hueco y encontrar un espacio que no existe y les libre de las apreturas del resto de pasajeros. Mantienen entre ellas alguna banal conversación propia de nuestra edad. Ríen. También ellas vienen de clase y cargan en la espalda una mochila repleta de esperanza, mientras sujetan los libros con la mano libre de asidero. Una de ellas, de pelo largo y rizos dorados, está de perfil a mí. Gira la cabeza y me mira un par de veces; con ojos color miel, ansiosos de vida. Disimula y yo disimulo. En sus rasgos difusos se adivina un rostro limpio de maquillaje, pómulos perfectos y voluminosos labios: parece una musa del Renacimiento. Sostiene su carpeta pegada al pecho del abrigo, como un bien preciado. Está plastificada y en su interior se mueve un fotograma tamaño folio de “El Profesor Chiflado” en el que Jerry Lewis mira embobado a Stella Stevens: tiempos antiguos solapados en tiempos de modernidad. En la esquina inferior luce un anagrama que refuerza el misterio, y en el interior del óvalo se puede leer: Hombres G. ¿Qué será un Hombre G? Otra noche debería reunir el valor necesario y preguntárselo.
El autobús traquetea a ciegas por el Paseo de Pontones, atravesando jirones de niebla, con las ventanillas totalmente empañadas, dándole al comprimido espacio interior una atmósfera opresiva y espectral. Ellas se bajarán en la solitaria parada del Paseo de los Melancólicos, tal y como hicieron ayer, y desaparecerán otra vez en la densa fluctuación del aire, esfumándose como un sueño recurrente cuando el mecanismo hidráulico de la puerta se cierre con un fuerte golpe. 
En el exterior, en la impenetrable oscuridad de esta noche que no acaba, habrá empezado a llover.

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