Tripulación de cabina
"Para aquellos que estén viendo el partido en blanco y negro, los Spurs van de amarillo". John Motson – comentarista de fútbol.
Así era el mundo a final de los setenta: confuso e incoherente. En blanco y negro; sepia, si tus padres disponían de una cámara en color.
El hombre se enfrentaba a la eterna transición del cambio como lo único inalterable. Por motivos distintos, Elvis y Lennon se bajaron del carro antes de tiempo. Gracias a ello se vendieron millones de posters de sus rostros. Fue la época dorada del papel.
Papel pintado como el que cubría las paredes de nuestras casas, con aquellas indeseadas burbujas de aire o engrudo, que con el tiempo se hinchaban como globos. Los abuelos compartían aquel pequeño espacio de aire viciado con el resto de familia, esperando, con aquella vida y muerte bordada en la boca que cantaba Serrat, pues también eran los años dorados de los cantautores.
Se comía en la cocina, de cuchara, y como en los bares de menú había segundo plato y postre. Lo que hubiese sobre la mesa te lo comías por imperativo. La vida pintaba en bastos y no había elecciones a la carta. Las cervezas de la nevera estaban reservadas por si venía visita, y los cumpleaños se reducían a un sándwich y un vaso de Fanta.
Aquel fútbol que comentaba John Motson en la BBC se practicaba con cojones. Veías en la tele rematar a Santillana y parecía que fuese a reventar una sandía con la frente. Goyo Benito iba al corte y ya salían los camilleros corriendo por la banda. Migueli y Goikoetxea se zapateaban las cervicales con el rey de espectador. Con tales ejemplos era normal que las pachangas del barrio pareciesen la final de la Champions, y que si alguno se llevaba un coscorrón emulará al botellazo de Juanito en Belgrado.
Todos teníamos algo de Currito el Palmo. Tan faltos estábamos de ocasiones que cuando nos veíamos ante la oportunidad de nuestra vida nos pasaba como con lo del gol de Cardeñosa. A Salinas esto le duró hasta bien mayor. Un amigo me contó que incluso habían hecho un estudio científico y llegado a la conclusión que los goles que metió en su carrera fueron por despistar a los porteros: quería darle para un sitio y la pelota iba a otro distinto. Pura casuística.
En las ciudades no había parques infantiles, sino parcelas de campo agreste entre barrios. Mucho barro con clavos ocultos con los que atravesarte el pie. Muchos charcos y muchas piedras que tirarnos, las cuales caían como las estrellas del Apocalipsis de San Juan; de a quintal de peso. En mi barrio de Carabanchel había enormes dunas de escombros de la obra del hospital Gómez Ulla, y gitanitos imaginarios apostados tras cada esquina con la intención de descalabrarte.
Los momentos álgidos del día se hacían a ritmo de la cortinilla de Benny Hill. Y es que en aquel entonces la televisión aun era influyente. Tenía gruesas interferencias y en sus programas se fumaba (dudo que algún intelectual que participase en el debate de La Clave, en aquel plató de atmósfera irrespirable, sobreviviese al cáncer de pulmón). Echando la vista atrás, lo último interesante que recuerdo haber visto en la tele fue en Canal + entornando los ojos.
En todo pueblo había un tonto, de esos que cuando cogían la vereda se encariñaban con ella. Mi padre siempre decía que no era posible hacer nada a prueba de tontos, pues los tontos son muy ingeniosos y hacen relojes, aunque esto último nunca lo entendí. Tampoco entendí como Christina Aguilera pudo preguntar donde se celebraría ese año el festival de Cannes. Por cosas como esta, Groucho Marx sentenciaría aquello de puede parecer idiota, actuar como un idiota, pero no se deje engañar; es realmente idiota.
Los viajes se hacían en coches cuya conducción hoy sería castigada por temeraria. Si delante pillaban camión, tus padres eran capaces de parar en la primera gasolinera para quitárselo de encima, tomando un café para así darle ventaja y perderle de vista. Un viaje a Valencia era como volverte de Odisea con Ulises, y el progreso aun no había traído la democratización de la clase turista. Ahora todos montamos en avión, pero la primera persona que supe se subió en uno fue mi abuela la vez que se fue a Tenerife allá por el 76.
Estuve toda la tarde en
la terraza mirando al cielo, por si veía pasar su avión, para así poder despedirme de ella. Me puse una camiseta amarilla, para que en aquel mundo
cenital de John Motson, pudiese ser visto por la tripulación de cabina.
Como ha cambiado el mundo….Genial! Me ha encantado!
ResponderEliminarMil gracias. Este fue el primer relato que escribí para el blog. Una mirada retrospectiva de como era la vida cotidiana vista desde los ojos de un niño. Al final del relato, conectando generaciones, el pasado se marcha volando y el futuro espera. Ley de vida.
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