El día de los enamorados
Reconozco que soy un pésimo invitado en los días especiales. Esos que vienen marcados en rojo en el calendario por festivos, patronales, o acontecimientos propios o familiares.
Me llevo mal con la navidad. Más allá del equipamiento de serie nunca me he disfrazado en carnaval. Pese a que vivo en una ciudad con gran tradición por la idolatría jamás he ejercido en Semana Santa. Trato de pasar inadvertido en mi cumpleaños y huyó como de la peste de las fiestas populares.
Pero si hay algún día que me irrita, de entre todos ellos, este es el día de los enamorados.
Su historia es la siguiente:
Había un clérigo en la Roma imperial llamado Valentín, el cual se dedicaba a fastidiar al emperador casando clandestinamente a los soldados bajo el rito cristiano el día previo al de la fertilidad romana, el 15 de febrero. Al emperador aquella costumbre le irritaba, pues tenía la opinión que los soldados casados, por tener la cabeza en otras cosas, rendían en combate menos que los solteros. Eso por no hablar que en aquella época por allí estaba de moda el politeísmo y al personal de Jesús lo utilizaban básicamente como alimento de leones.
Como el religioso no desistía en su empeño evangelizador, la paciencia del emperador fue acabándose y mandó detener al clérigo.
Entonces Valentín tuvo dos ocurrencias a cada cual más loca.
La primera fue que al ser llamado a audiencia trató de cristianizar allí mismo al Emperador. Este se quedó atónito, con ganas de ejercitar su brazo puliendo a latigazos al abate, pero Claudio II era un hombre mesurado, así que decidió darle una segunda oportunidad. Valentín se ofreció entonces a reparar su desliz demostrando lo auténtico de su fe, y para ello se propuso devolverle la vista a una de las hijas del emperador, la cual era ciega. Obviamente aquella idea tampoco salió bien, y a falta de milagro sanador, para salvar el pellejo no se le ocurrió otra cosa que declararse a sus captores enamorado de la muchacha; un amor recíproco, justificando aquello de que el amor es ciego.
El lío naturalmente llegó a oídos del Emperador, el cual se presentó en los aposentos de su hija. Allí pilló infraganti al clérigo predicando con los faldones subidos y los zaragüelles bajados, aprovechándose de la pureza de ánimo de la invidente muchacha, por lo que ordenó que inmediatamente le cortasen la cabeza, fechando la ejecución para el 14 de febrero: de ahí que exista la frase de perder la cabeza por amor.
Y la efeméride no da para más.
Pero he aquí que muchos siglos después, Conchita Velasco tenía un gran disgusto pues su novio era un fanático del fútbol y debido a ello se sentía desatendida en sus afectos. Para que a la pareja volviese el cariño, el día de los enamorados bajó a la tierra la versión hispana del ángel de ¡Qué bello es vivir!, conceptualizándose con ello el amor mercantilista en España.
Desde entonces, en esta señalada fecha las parejas se regalan rosas, eróticas cajas de bombones, compran tartas con forma de corazón, él estrena calzoncillos rojos de marca, ella tangas con la cara de Cupido, endomingan sus galas - aunque caiga en martes -, y se van a disfrutar de una cena romántica o reservan una habitación de hotel donde pasar la noche alternando física y química.
Y si no cumples estos mandamientos el día de San Valentín, si no suspiras con ansiedad en la creencia de que en ellos está el verdadero paraíso, si no ardes de amor en esta fecha o no haces de este romanticismo tu filosofía, es que ya no vives en una pasional nube ni estás enamorado de quién en la víspera tanto amabas.
Por todo ello, sobre las cumbres borrascosas del santo,
Tonino Carotone plantó todo un bosque de coníferas cantando: “El amor, è un
mondo difficile, e vita intensa”
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