Los expresidentes hacen surf

 

Desde hace tiempo tengo la corazonada de que llego tarde a los acontecimientos que ocurren en mi vida.
Es una recurrente sensación. Como si, desde una perspectiva externa, pudiese observarme a mí misma asistiendo a una representación ya empezada, en cuya función, por mi impuntualidad, los papeles ya se hubiesen repartido. 
Desde entonces discrepo en secreto con el mío. 
En apariencia me ha tocado el papel perfecto, probablemente aquel que todas querrían; una bonita interpretación en la que solo yo sé que algo no encaja. 
Tal vez sean los escasos diálogos de esta obra, de enflaquecido registro, quizá mi posición en el escenario. Como si de ser otra mi ubicación, al izarse el telón, mi actuación hubiese podido recitarla de corrido.
Quizá me libre de esta alterada experiencia sensorial cambiándome de sitio; alejándome del calor del foco y del cariño complaciente, escondiéndome entre las siluetas de un reparto más íntimo.
Otras lo han hecho y dicen que les funciona. 
Así es como se ocultan, actuando entre bastidores, disimulando entre bambalinas, rechazando esta sensación de desdoblamiento con tal de seguir convencidas de esta necesaria razón por la que existir equivocadamente.
Pese a ello lucho por juntar las grietas de mi papel y me resisto a no ser yo misma, a pensar que no soy quien quiero ser, aunque quizá, las cosas hace tiempo que dejaron de ser como yo querría.
Me es difícil vislumbrar el punto de partida donde todo se torció: ese fatídico momento fallido donde las líneas divergieron hasta separarse, proyectadas hacia puntos desiguales.
Me gustaría creer que fue por mi propia decisión. Que a mi corazón un día se le olvidó el texto y se perdió antes del segundo acto. Que no fue el capricho de un narrador omnisciente quien decidió, por su cuenta y mi riesgo, utilizar sin mi permiso mi voz en esta historia. Con eso sí que no podría vivir. Al menos reclamo que los errores sean míos. Que no sea otro accidente.
Desde hace tiempo también sueño, y mis sueños no son fáciles de interpretar.
En ellos surfeo mansas ondas de un mar en calma, mientras el sol broncea mi espalda, esperando que suba la marea, mecida frente a una orilla extraña.
Mi figura vigila ese otro mundo sin sombra, regia, presidiéndola como una estatua de sal levantada sobre una infinita tabla.
En ella me mantengo a flote, y por momentos, braceando de un lado a otro, espero esa ráfaga de fuerte viento que me empuje muy alto, impulsándome por turbulentas corrientes hacía esta fantasía embrujada, para así surfear la ondulación infinita que me conduzca a ti, arrastrada por la fuerza del sedal.
Me elevo hacía el ardiente sol con alas de cera y es entonces cuando se desconectan las clavijas del subconsciente y salgo del agua, expulsada por una fuerte sacudida eléctrica, como el naufrago que soy, la ex presidenta de mí misma.

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