El Calayonga
Aquella tarde de principios de verano, disfrutábamos en
plenitud de las recién estrenadas vacaciones escolares, con su agenda aun por
construir, repleta de puertas abiertas y páginas en blanco. Apurábamos las
horas hasta bien entrada la noche. Eran días en los que el tiempo se aceleraba
con rapidez, desligándose de la ordenada rutina del último invierno,
convirtiendo al presente en un momento fugaz.
Con la llegada del atardecer, aunque ya hubiese dejado de picar el sol, aún quemaba el recalentado asfalto. Los transeúntes deambulaban por las calles movidos como fichas de parchís, renunciando, por fin, a la protección de los edificios cuyas fachadas les habían servido de barrera contra los rayos solares, escapando así de la persecución de su propia sombra.
Aún faltaban un par de horas para que el sol enrojeciese dorando con su fulgor la cúpula celeste, antes de esconderse al poniente de las calles. El cielo, aborregado de quietas nubes planeando en vuelo raso, era el croma azul por el que incontables golondrinas volaban con un estridente gorjeo, persiguiéndose las unas a las otras en un bullicioso caos, y bajo aquella bóveda caminábamos los dos, con las espaldas quemadas por las muchas horas de exposición al sol en la piscina, los hombros pelados de piel muerta, deshidratada y tirante por la acción del cloro, y el alma virgen, sin que aún guardásemos dentro de ella nada que pudiera pudrirse con alguna de esas cuentas pendientes que, con el transcurrir de los años, la vida siempre te despacha.
Aquella era una tarde de transparente atmósfera, con un aire estival impregnado de fresco olor a césped húmedo y recién cortado.
Con la llegada del atardecer, aunque ya hubiese dejado de picar el sol, aún quemaba el recalentado asfalto. Los transeúntes deambulaban por las calles movidos como fichas de parchís, renunciando, por fin, a la protección de los edificios cuyas fachadas les habían servido de barrera contra los rayos solares, escapando así de la persecución de su propia sombra.
Aún faltaban un par de horas para que el sol enrojeciese dorando con su fulgor la cúpula celeste, antes de esconderse al poniente de las calles. El cielo, aborregado de quietas nubes planeando en vuelo raso, era el croma azul por el que incontables golondrinas volaban con un estridente gorjeo, persiguiéndose las unas a las otras en un bullicioso caos, y bajo aquella bóveda caminábamos los dos, con las espaldas quemadas por las muchas horas de exposición al sol en la piscina, los hombros pelados de piel muerta, deshidratada y tirante por la acción del cloro, y el alma virgen, sin que aún guardásemos dentro de ella nada que pudiera pudrirse con alguna de esas cuentas pendientes que, con el transcurrir de los años, la vida siempre te despacha.
Aquella era una tarde de transparente atmósfera, con un aire estival impregnado de fresco olor a césped húmedo y recién cortado.
- ¿Cuánta pasta has traído?
- Cinco libras y algunas monedas.
- Joder. ¿Has tenido que romper la hucha para salir? Eres un miserias, ¿lo sabías? ¿Te crees que El Cala es la bodega de borrachingas donde compramos las litronas? Chaval, te dije esta mañana que ibas a entrar en otra categoría: el pub de moda, allí donde va todo el mundo. Con quinientas pelas se te va a hacer larga la tarde. Con suerte te dará para un par de cervezas.
- Y qué quieres que haga. Soy estudiante en activo y vivo de las propinas. Eso ahorrando.
- Pues haz como yo y búscate un curro este verano, porque si piensas que voy a invitarte otra vez lo llevas claro – me advirtió - Ya no me sableas más. Es una ruina salir contigo.
- ¿Y estás seguro que va por allí?
- Eso me han dicho. Aunque de lo que te va a servir. Ella se mueve ahora a otro nivel, con gente que trabaja, buenos sueldos y coche propio. Alguno habrá que hasta se haya independizado de sus padres. Pijitos de esos aspirantes a yuppie que llevan el pelo cardado como el puto cantante de Duran Duran. Aunque la conozcamos desde hace años, vete haciendo a la idea que ya solo pertenece a tu imaginación. ¡Cinco libras y algunas monedas! – repitió con desprecio - ¡Menudo pringado!
El Calayonga era efectivamente el pub de moda. Estaba ubicado en el centro, en aquella parte de la ciudad que con los continuos años de crecimiento urbanístico siempre acaba llamándose el casco antiguo. Una construcción básica de dos plantas, como una casa grande de pueblo, que en su interior ofrecía una acogedora atmósfera de luz ambiente producida por unos tubos fluorescentes rojos y verdes de baja intensidad. Intimidad de reservado, música de Barry White, posavasos en las mesas y paredes revestidas de madera, le otorgaban una decoración de piano bar y añejo club social. Una pretenciosa, aunque subdesarrollada opulencia cursi, con servicio de camareros resabiados con pajarita y bigotito hijoputa. Aquel todo nuevo, todo limpio y vaporizado aroma de pachuli, elevaba el caché del suntuoso Calayonga con respecto a la vulgar competencia. Por contraste su terraza era tan solo una explanada de albero, adyacente, en mitad de un enorme solar destinado a algún proyecto del ayuntamiento por ahora carente de fondos. Mientras durara la crisis económica del consistorio y las fechas vacacionales, el Calayonga tendría licencia para poner al raso cuantas mesas y sillas quisiera, animando las calurosas noches de verano con bafles ocultos tras enormes macetas y altavoces colgados de redes, desde donde en ese momento brotaba la sintetizada voz de Chaz Jankel.
Elegimos una mesa cualquiera confiando que nos atendiesen.
- ¿Qué va a ser, caballeros? – preguntó el camarero fijándose en nuestra indisimulable adolescencia y atuendo.
- Una galimba y un Bulumba.
- ¿Bulumba o Lumumba?
- ¿Qué diferencia hay?
- ¿Con el Mulumba o con la galimba?
- Con el Bulumba.
- Confío que ninguna, más allá de saber pronunciar bien el nombre del combinado que uno se pide. Se nota que el señor entiende de cocteles – dijo con sorna- Ha empezado por el del nombre más sencillo ¿Desea que se lo acompañe con una pajita?
- No, gracias. Vengo servido de casa.
El camarero se encaminó a la barra del bar apuntando el pedido con una media sonrisa. Complacido de lo divertido que le resultaba hacer el capullo en su trabajo.
- Mala suerte, amigo. Nos ha tocado un camarero vacilón. – me dijo.
Sirviendo las bebidas, ya traía preparada otra chanza.
- Aquí tiene su “Bulumba”. Agitado, no mezclado: como le gusta al señor. Por galimba le he entendido una cerveza, así que les traigo una caña. Confío en haber acertado y que todo esté de su gusto. Si quieren unas gominolas, no duden en llamarme.
Aguardamos un buen rato entretenidos en nuestra acostumbrada charla sin fundamento, mientras por allí desfilaban caras bonitas y algún otro rostro conocido que pasó disimulando, actuando como si no nos conocieran. Mucha laca, maquillaje, camisas techno y antebrazos y cuellos repletos de quincalla a imitación de Madonna: el típico postureo moderno de gente que tiene por costumbre ser beligerante con la sencillez cuando va a un bar de copas. Con la caída de la tarde, el aire se iba haciendo cada vez más espeso y eléctrico. El aroma dulzón de las decenas de perfumes que allí se mezclaban, iba sustituyendo al volátil petricor.
- Allí está. ¿La ves? En el centro de ese grupito.
Apenas había cambiado. Seguía teniendo esa carismática personalidad incontrolable que la hacía brillar allí donde fuera. Aquel algo a la vista, pero imposible de averiguar, como un oculto misterio que apenas se revelaba.
- La veo ¿Quién es ese rubio que no se separa con ella? El de la coletita a lo Iván y los pantalones remangados para lucir las John Smith.
- Vete a saber. Otro guaperas follapavas. ¿A ti qué más te da? Ya te dije que te olvidaras. Déjate de pajas mentales y reengánchate pidiendo otra ronda. No me mires así, yo invito. Eso sí, ve a la barra para que el cabrón este no vuelva con más pitorreo – dijo señalando al camarero. Una de las características más exacerbadas de su personalidad era que siempre mancomunaba los reveses que le daban – Y date prisa, no sea que me arrepienta.
Me tendió un billete de mil pesetas, me levanté, y de camino, con aspavientos, llamé la atención de ella, indicándola la mesa donde nos encontrábamos. Las chicas de Bananarama habían dado un descanso a Jankel y cantaban: “Soy tu Venus, soy tu fuego, y tu deseo …”
- Hola, chicos ¡Vaya sorpresa! ¿Qué hacéis vosotros por aquí? Por fin os habéis atrevido a salir del barrio. ¡Qué modernos os habéis vuelto!
Nos dio dos besos en la mejilla a cada uno. Besos cariñosos, atronadores, de esos que ella siempre te estampaba como un sello. Su carita redonda, sus ojos achinados y la frente ancha, nariz graciosa, respingada, apuntando carácter, y media melena peinada de forma indiferente hacia un lado u otro. Un vestido azul, corto, de escote fruncido y elástico, cubría su pequeño pecho.
- Pues ya ves. Aprovechando la tarde habíamos quedado aquí con unas chavalitas– dijo él.
- ¿Las conozco?
- No creo. Típicas modelazas, medio locas, de grandes tetas, estrógenos alterados y conversación absurda.
- ¿Y qué ha pasado? ¿Os han dado plantón?
- Si. Parece que no estaban tan locas como creímos.
- Verás – le dije – Hemos urdido un meticuloso plan para rescatarte de esos pesados. Tu hazte la disimulada ahora que no miran y siéntate con nosotros – le hice un hueco, apartándole una silla – Aunque no lo creas, en un instante un Delorean, envuelto en una gran nube de humo, aparcará justo ahí enfrente y nos sacará de aquí a toda velocidad.
- Veo que habéis ido últimamente al cine. Siento que os hayáis tomado tantas molestias por mí, pero he venido con ellos y no puedo irme. Quedaría fatal. Son gente interesante.
- No puedes negarte. Además, ¿qué hay más interesante que el hecho de que esté a punto de caer un rayo que nos envíe de vuelta al futuro? Hemos de regresar, con que diles adiós a esos fantasmas. Aquí te esperamos, esquivando al malvado camarero. Y date prisa, él no le cae bien y yo corro riesgo de quiebra.
Nos miró con la misma paciente condescendencia con la que llevaba soportándonos desde la infancia.
- Está bien. Dadme un momento. A ver como lo soluciono.
Aquel momento se convirtió en otra larga hora, después de la cual las últimas ascuas del día condujeron a la luz cárdena del crepúsculo. Con la caída de la tarde se activó por fin “el condensador de fluzo” y entre risas cruzamos las calles que daban al viejo mesón. Allí nos alcanzó la noche, bebiendo un vino raticida en el antiguo patio de carruajes, sentados alrededor de una mesa destartalada, comiendo raciones baratas, jugando al futbolín y burlándonos de nuestras compartidas anécdotas cuya versión nunca coincidía. Por deseo del mesonero, el casete de Los Calis iba ya por su tercer bis. La paloma blanca se escapaba una y otra vez, sola y sin consuelo.
- Lo he pasado genial – me dijo a la entrada de su portal ya de regreso en el barrio – Gracias por el rescate. Ha sido divertido.
- No se las des a él. Yo soy el pagafantas del grupo. Que sepáis que me debéis un talego cada uno – recalcó señalándonos con el índice.
- Apuntado queda ¿Nos vemos mañana? – la pregunté.
- ¿Qué tal a la once en la piscina? Tal y como hacíamos.
- A las once en la piscina.
Los tres nos quedamos unos segundos en silencio. Congelados, como estatuas. Como si estuviésemos reconociéndonos en unas viejas fotografías amarilleadas y cuarteadas por el paso de los años. Aquel hechizo nos mantenía cautivos, en la quietud de ese preciso instante. El tiempo, que solo unas pocas horas antes se aceleraba, parecía haberse detenido.
- Hasta mañana entonces- se despidió ella sacándonos del trance, y guiñando un ojo se marchó, atravesando el umbral para perderse en las entrañas del edificio.
Solo unos metros calle abajo, abría la puerta de entrada mi bloque, cuya cerradura siempre se resistía. Al pasar frente al viejo y enorme espejo de la entrada me vi una vez más reflejado. Una imagen envejecida de mí mismo me observaba y sonreía. Recordando el momento, mi corazón hizo un intento de recuperar su antiguo latir vigoroso, y trabajosamente subí las escaleras que llevaban a mi piso, obligando a mis doloridas articulaciones a acometer aquel último esfuerzo en forma de escalones, apoyando mi artrítica mano en las rugosas paredes, tanteándolas en la creciente oscuridad.
Sí, me recordé a mí mismo introduciendo la llave con un dolor sordo en las articulaciones: aquel fue un buen verano. De ayeres intactos cuyos mañanas no siempre acudieron a la cita.
- Joder. ¿Has tenido que romper la hucha para salir? Eres un miserias, ¿lo sabías? ¿Te crees que El Cala es la bodega de borrachingas donde compramos las litronas? Chaval, te dije esta mañana que ibas a entrar en otra categoría: el pub de moda, allí donde va todo el mundo. Con quinientas pelas se te va a hacer larga la tarde. Con suerte te dará para un par de cervezas.
- Y qué quieres que haga. Soy estudiante en activo y vivo de las propinas. Eso ahorrando.
- Pues haz como yo y búscate un curro este verano, porque si piensas que voy a invitarte otra vez lo llevas claro – me advirtió - Ya no me sableas más. Es una ruina salir contigo.
- ¿Y estás seguro que va por allí?
- Eso me han dicho. Aunque de lo que te va a servir. Ella se mueve ahora a otro nivel, con gente que trabaja, buenos sueldos y coche propio. Alguno habrá que hasta se haya independizado de sus padres. Pijitos de esos aspirantes a yuppie que llevan el pelo cardado como el puto cantante de Duran Duran. Aunque la conozcamos desde hace años, vete haciendo a la idea que ya solo pertenece a tu imaginación. ¡Cinco libras y algunas monedas! – repitió con desprecio - ¡Menudo pringado!
El Calayonga era efectivamente el pub de moda. Estaba ubicado en el centro, en aquella parte de la ciudad que con los continuos años de crecimiento urbanístico siempre acaba llamándose el casco antiguo. Una construcción básica de dos plantas, como una casa grande de pueblo, que en su interior ofrecía una acogedora atmósfera de luz ambiente producida por unos tubos fluorescentes rojos y verdes de baja intensidad. Intimidad de reservado, música de Barry White, posavasos en las mesas y paredes revestidas de madera, le otorgaban una decoración de piano bar y añejo club social. Una pretenciosa, aunque subdesarrollada opulencia cursi, con servicio de camareros resabiados con pajarita y bigotito hijoputa. Aquel todo nuevo, todo limpio y vaporizado aroma de pachuli, elevaba el caché del suntuoso Calayonga con respecto a la vulgar competencia. Por contraste su terraza era tan solo una explanada de albero, adyacente, en mitad de un enorme solar destinado a algún proyecto del ayuntamiento por ahora carente de fondos. Mientras durara la crisis económica del consistorio y las fechas vacacionales, el Calayonga tendría licencia para poner al raso cuantas mesas y sillas quisiera, animando las calurosas noches de verano con bafles ocultos tras enormes macetas y altavoces colgados de redes, desde donde en ese momento brotaba la sintetizada voz de Chaz Jankel.
Elegimos una mesa cualquiera confiando que nos atendiesen.
- ¿Qué va a ser, caballeros? – preguntó el camarero fijándose en nuestra indisimulable adolescencia y atuendo.
- Una galimba y un Bulumba.
- ¿Bulumba o Lumumba?
- ¿Qué diferencia hay?
- ¿Con el Mulumba o con la galimba?
- Con el Bulumba.
- Confío que ninguna, más allá de saber pronunciar bien el nombre del combinado que uno se pide. Se nota que el señor entiende de cocteles – dijo con sorna- Ha empezado por el del nombre más sencillo ¿Desea que se lo acompañe con una pajita?
- No, gracias. Vengo servido de casa.
El camarero se encaminó a la barra del bar apuntando el pedido con una media sonrisa. Complacido de lo divertido que le resultaba hacer el capullo en su trabajo.
- Mala suerte, amigo. Nos ha tocado un camarero vacilón. – me dijo.
Sirviendo las bebidas, ya traía preparada otra chanza.
- Aquí tiene su “Bulumba”. Agitado, no mezclado: como le gusta al señor. Por galimba le he entendido una cerveza, así que les traigo una caña. Confío en haber acertado y que todo esté de su gusto. Si quieren unas gominolas, no duden en llamarme.
Aguardamos un buen rato entretenidos en nuestra acostumbrada charla sin fundamento, mientras por allí desfilaban caras bonitas y algún otro rostro conocido que pasó disimulando, actuando como si no nos conocieran. Mucha laca, maquillaje, camisas techno y antebrazos y cuellos repletos de quincalla a imitación de Madonna: el típico postureo moderno de gente que tiene por costumbre ser beligerante con la sencillez cuando va a un bar de copas. Con la caída de la tarde, el aire se iba haciendo cada vez más espeso y eléctrico. El aroma dulzón de las decenas de perfumes que allí se mezclaban, iba sustituyendo al volátil petricor.
- Allí está. ¿La ves? En el centro de ese grupito.
Apenas había cambiado. Seguía teniendo esa carismática personalidad incontrolable que la hacía brillar allí donde fuera. Aquel algo a la vista, pero imposible de averiguar, como un oculto misterio que apenas se revelaba.
- La veo ¿Quién es ese rubio que no se separa con ella? El de la coletita a lo Iván y los pantalones remangados para lucir las John Smith.
- Vete a saber. Otro guaperas follapavas. ¿A ti qué más te da? Ya te dije que te olvidaras. Déjate de pajas mentales y reengánchate pidiendo otra ronda. No me mires así, yo invito. Eso sí, ve a la barra para que el cabrón este no vuelva con más pitorreo – dijo señalando al camarero. Una de las características más exacerbadas de su personalidad era que siempre mancomunaba los reveses que le daban – Y date prisa, no sea que me arrepienta.
Me tendió un billete de mil pesetas, me levanté, y de camino, con aspavientos, llamé la atención de ella, indicándola la mesa donde nos encontrábamos. Las chicas de Bananarama habían dado un descanso a Jankel y cantaban: “Soy tu Venus, soy tu fuego, y tu deseo …”
- Hola, chicos ¡Vaya sorpresa! ¿Qué hacéis vosotros por aquí? Por fin os habéis atrevido a salir del barrio. ¡Qué modernos os habéis vuelto!
Nos dio dos besos en la mejilla a cada uno. Besos cariñosos, atronadores, de esos que ella siempre te estampaba como un sello. Su carita redonda, sus ojos achinados y la frente ancha, nariz graciosa, respingada, apuntando carácter, y media melena peinada de forma indiferente hacia un lado u otro. Un vestido azul, corto, de escote fruncido y elástico, cubría su pequeño pecho.
- Pues ya ves. Aprovechando la tarde habíamos quedado aquí con unas chavalitas– dijo él.
- ¿Las conozco?
- No creo. Típicas modelazas, medio locas, de grandes tetas, estrógenos alterados y conversación absurda.
- ¿Y qué ha pasado? ¿Os han dado plantón?
- Si. Parece que no estaban tan locas como creímos.
- Verás – le dije – Hemos urdido un meticuloso plan para rescatarte de esos pesados. Tu hazte la disimulada ahora que no miran y siéntate con nosotros – le hice un hueco, apartándole una silla – Aunque no lo creas, en un instante un Delorean, envuelto en una gran nube de humo, aparcará justo ahí enfrente y nos sacará de aquí a toda velocidad.
- Veo que habéis ido últimamente al cine. Siento que os hayáis tomado tantas molestias por mí, pero he venido con ellos y no puedo irme. Quedaría fatal. Son gente interesante.
- No puedes negarte. Además, ¿qué hay más interesante que el hecho de que esté a punto de caer un rayo que nos envíe de vuelta al futuro? Hemos de regresar, con que diles adiós a esos fantasmas. Aquí te esperamos, esquivando al malvado camarero. Y date prisa, él no le cae bien y yo corro riesgo de quiebra.
Nos miró con la misma paciente condescendencia con la que llevaba soportándonos desde la infancia.
- Está bien. Dadme un momento. A ver como lo soluciono.
Aquel momento se convirtió en otra larga hora, después de la cual las últimas ascuas del día condujeron a la luz cárdena del crepúsculo. Con la caída de la tarde se activó por fin “el condensador de fluzo” y entre risas cruzamos las calles que daban al viejo mesón. Allí nos alcanzó la noche, bebiendo un vino raticida en el antiguo patio de carruajes, sentados alrededor de una mesa destartalada, comiendo raciones baratas, jugando al futbolín y burlándonos de nuestras compartidas anécdotas cuya versión nunca coincidía. Por deseo del mesonero, el casete de Los Calis iba ya por su tercer bis. La paloma blanca se escapaba una y otra vez, sola y sin consuelo.
- Lo he pasado genial – me dijo a la entrada de su portal ya de regreso en el barrio – Gracias por el rescate. Ha sido divertido.
- No se las des a él. Yo soy el pagafantas del grupo. Que sepáis que me debéis un talego cada uno – recalcó señalándonos con el índice.
- Apuntado queda ¿Nos vemos mañana? – la pregunté.
- ¿Qué tal a la once en la piscina? Tal y como hacíamos.
- A las once en la piscina.
Los tres nos quedamos unos segundos en silencio. Congelados, como estatuas. Como si estuviésemos reconociéndonos en unas viejas fotografías amarilleadas y cuarteadas por el paso de los años. Aquel hechizo nos mantenía cautivos, en la quietud de ese preciso instante. El tiempo, que solo unas pocas horas antes se aceleraba, parecía haberse detenido.
- Hasta mañana entonces- se despidió ella sacándonos del trance, y guiñando un ojo se marchó, atravesando el umbral para perderse en las entrañas del edificio.
Solo unos metros calle abajo, abría la puerta de entrada mi bloque, cuya cerradura siempre se resistía. Al pasar frente al viejo y enorme espejo de la entrada me vi una vez más reflejado. Una imagen envejecida de mí mismo me observaba y sonreía. Recordando el momento, mi corazón hizo un intento de recuperar su antiguo latir vigoroso, y trabajosamente subí las escaleras que llevaban a mi piso, obligando a mis doloridas articulaciones a acometer aquel último esfuerzo en forma de escalones, apoyando mi artrítica mano en las rugosas paredes, tanteándolas en la creciente oscuridad.
Sí, me recordé a mí mismo introduciendo la llave con un dolor sordo en las articulaciones: aquel fue un buen verano. De ayeres intactos cuyos mañanas no siempre acudieron a la cita.
Y cuidadosamente, sin hacer ruido, cerré la puerta.
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