Corto, por favor.
- Buenos días.
- Buenos días. Pase, pase … no se quede ahí. Allí tiene un asiento que acaba de quedarse libre.
Eché un vistazo a la sala. Nada había cambiado desde que siendo un niño me trajeron por primera vez mis padres - ¿Seguro que no duele? No, no te dolerá nada - Las mismas sillas desparejadas, el mismo perchero, el suelo ajedrezado, las revistas y periódicos dispersos por aquella pequeña mesa que nació coja, la radio de fondo y a la entrada, la vieja espiral tricolor que ascendía o descendía (nunca tuve la certeza) en un movimiento sin fin, eterno, como aquella espera en la que jugaba a calcular cuando llegaría mi turno, solo por entretenerme. Recuerdo que siempre me quedaba corto, llevando la cuenta tirando por lo bajo, fruto de mi ansiedad por que pasara ese tiempo tan aburrido que se me antojaba interminable, y cuando ya creía que por fin me iba a tocar, aparecía en el último instante ese señor al que otro cliente le había reservado la vez, confiándosela como un valioso secreto, pues aquel señor tenía que salir un momentito, a dar una vuelta, a pasear haciendo tiempo mirando escaparates con su señora, o quizá fuese cierto que debía gestionar esos otros asuntos tan importantes que eran imposibles de demorar.
- Son ocho euros. ¿No los tendría usted sueltos? El problema del cambio, ya me entiende.
Con dos firmes sacudidas dejó la capa limpia, y después, por algún extraño ritual que él siempre repetía, la dobló guardándola en un cajón, de donde sacó la que había usado poco antes con el cliente que había precedido a este. Pasándosela por encima de la cabeza se la puso el anciano que había permanecido sentado a mi lado, el cual había aguardado estoicamente, escuchando con atención las noticias locales, sostenida su achacosa figura en una incómoda silla con cuatro patas de aspecto quebradizo y extremadamente delgadas, como las de aquellos elefantes surrealistas e hipertrofiados que pintaba Dalí. El resto de la clientela seguía con su espera, ojeando con variable interés aquellas añejas publicaciones, con las piernas entrecruzadas, en postura de guitarrista, pasando al tun tun las hojas de manoseados catálogos de coches y dominicales de prensa de semanas y hasta años pasados, entreteniendo la mente absortos en sus propios pensamientos, mirando cada dos por tres el reloj, apoyando la coronilla en el friso de plástico imitación madera para después inclinarla girándola en un ejercicio de torsión del cuello, aguardando el momento en que alguien franquease aquella puerta a la calle que siempre, ya fuese verano o invierno, permanecía abierta.
Me fijé en el protagonista del local, aquel al que todos en el barrio acudíamos con mayor o menor puntualidad. Se movía con la agilidad de la práctica de años y parecía bailar en semicírculos alrededor del anciano, esquivando como un esgrimista los mechones aventados por azar de la gravedad.
- La juventud está fatal. Las chicas de la edad de mi nieta se pasean por la calle con medio culo al aire. Mano dura es lo que hace falta ¿No cree usted lo mismo? Ya no hay vergüenza.
El hombre seguía a su tarea, danzando de un lado a otro, escuchando los pareceres de todos sin inmiscuir nunca su opinión. Su bigote perfectamente recortado y fino le daba apariencia de un galán de cine de los años cincuenta.
- ¡Tanto libertinaje y tantos derechos! Solo sabemos de aquello que nos conviene. Y yo le pregunto ¿con los deberes que hacemos? En mi época había más respeto. Vaya si lo había, y si no te metían la educación a hostias.
“Chas, chas, chas …” el sonido metálico y filoso como única respuesta.
Cinco cabezas más con sus respectivas opiniones e inquietudes, desprecios, felicidades y tristezas, y por fin llegó mi turno. El ritual de acceder al sillón con el pie derecho para no tropezar con el reposapiés cromado, respirar hondo y ver mi imagen reflejada en el espejo, recortada sobre los botes de espuma y agua de colonia desperdigados en el mostrador, esa misma cara que, en la ceguera del tiempo, había ido envejeciendo mes a mes sin tener yo conciencia de ello.
La mullida y acogedora sensación del contacto con el viejo tapizado de la butaca, la infantil importancia que siempre otorgué a quien allí se sentaba; como si se tratase de un regente arrellanado en su trono, la incómoda y vergonzosa sensación de estar siendo vigilado por todos aquellos ojos puestos en mi cogote, el olor a loción de masaje, el cuidadoso paso por el gaznate de la cincha de velcro con la que aquella capa de tafetán, desgastada, se ajustaba al cuello como la soga de un verdugo santurrón.
- ¿Cómo va a ser?
Presto para empezar, un último cruce de miradas buscando esa complicidad que nunca llegaba.
- Corto, por favor.
Me encanta tu forma de escribir, y la temática se tus relatos. No pares de ir publicando!! 😘😘😘🙏🙏
ResponderEliminarMil gracias Marta. Me alegro que te haya gustado. Este relato lo escribí en 2014 como una colaboración para la revista cultural Mitad Doble, y fue publicado en su número 15. La temática versaba sobre los pelos, y no se me ocurrió mejor sitio para tratar el tema que yendo a una peluquería 💈
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