Piedras, pobres y moscas.

¿Habrá algo más molesto que una mosca? Sobre todo en otoño, cuando se vuelven más insoportables que un solo de piano de Richard Clayderman.
En el mercado, esperando a ser atendidas por el pescadero, las señoras dicen que es porque se van a morir - las moscas- y que por eso se vuelven tan pesadas.
Parece que hasta ellas tienen fecha de caducidad – nuevamente las moscas.
Investigando he descubierto que en verano llegan a vivir varias generaciones de moscas, y que con la llegada del frio hibernan, como los osos o las canciones de Enrique Iglesias.  
Un día escuché a un filósofo decir que Dios ama a las piedras, a los pobres y a las moscas, y que por eso hizo tantas de estas cosas. En los afectos del Señor una creación acaba irremediablemente apegada a la otra, de ahí esas fotos de pobreza extrema con niños hambrientos sentados en una piedra, con los ojos abiertos, como platos vacíos por donde siempre ronda una mosca - sin sopa.
A pobre flaco todo se vuelven moscas gordas, y por mucho que se intente - que no se intenta mucho - a ninguna de estas obras tan amadas por El Señor se le ha dado solución, como si erradicarlas fuese pecado.
Por simple definición un planeta llamado Tierra es una cantera inagotable de piedras, y cada ciertos milenios algunas estrellas fugaces caen del cielo para renovar aquellas que han sido molidas hasta convertirse en arenas del tiempo. Entre meteorito y meteorito las moscas siguen con su impertinente vida como la plaga bíblica que son, y los pobres seguirán pidiendo pan toda la eternidad, en callada resignación, pues ya se sabe que en boca cerrada no entran moscas.
Para sortear su inclinación hacia el mal, a estos últimos infelices se les ha investido de virtud por parte de aquellos delegados del hacedor que precisamente juraron hacer voto de esa misma pobreza, pero como al final la misma es incompatible con la riqueza de su ministerio, decidieron cambiarlo por caridad; caridad que cuando llega lo hace en forma de guijarros, a menudo hurtados por los mismos repartidores de maná, pues incluso en lo concerniente a la limosna todo pago exige una compensación, y es bien conocido que sin pobres no puede haber ricos.
Y así van pasando los eones, y la mosca, a la que nada se le escapa con su visión panorámica, no deja piedra sin remover, acosando incansablemente al miserable, quién ya con la mosca detrás de la oreja cae y a duras penas se levanta, para desdentado y hambriento comerse hasta las piedras, siempre necesitado de una vida extra con la que poder seguir cumpliendo con su desdichado papel en esta odisea, no vaya a ser que el diablo se aburra y con su rabo mate pobres.
Sin picapedrero que le de alcance, la mosca, aunque pase la mayor parte de su existencia mosqueada, es de los tres protagonistas de esta historia la que mejor vida lleva. Vive treinta días y para lo que le queda en el convento se come lo que han cagado dentro, por lo que nunca va a pasar hambre. 
Y es que si algo sobra en este planeta de piedras es mucha mierda y carroña que devorar. Y muchos huevos de pobre que picar, hasta evolucionar, como un pokemon, en una mosca cojonera.

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