Still Loving You

El erótico logotipo de la discoteca bailaba serigrafiado en la superficie de la mesa. En aquella sugerente postura se había quedado petrificada, eternamente joven y fotogénica, apenas visible en la penumbra por las continuas vaharadas de humo de decenas de cigarrillos, en esta atmósfera escasa de oxígeno y cargada de empalagosos efluvios de perfumería que se pegaban al paladar. Por encima de aquel espectáculo de danza estática, sobre aquella mesa tan baja que parecía estar hundiéndose devorada por las fauces de la desgastada moqueta, descollaban dos escuálidas rodillas, huesudas y delgadas, comprimidas por medias de licra. Sus rótulas estaban unidas en un abrazo protector, en una desconfiada e insegura postura defensiva, cerradas las piernas con la fuerte unión de sus manos cuyos dedos se entrelazaban como grilletes, dejando señalados sus nudillos con la presión de unas uñas a medio comer, pintadas con pericia infantil. Como la mesa, el resto de su cuerpo también se hundía a cada minuto que pasaba sentada en aquel inconsistente y flácido puff, y así sus rodillas sobresalían más y más, como crestas escarpadas que brotasen de la corta falda del ajustado vestido de terciopelo negro que cincelaba su cuerpo. Ya había pasado el apurado momento en que evitaba entablar contacto con la mirada, y ahora el humo y las sustancias aromáticas que flotaban en el aire la obligaban a parpadear en exceso.

A su derecha, en un posavasos en el que la voluptuosa diva continuaba con su inerte coreografía, un vaso de cóctel edulcorado y sin alcohol veía la tarde pasar; el habitual combinado colorido y de estúpido nombre, un légamo correoso que las chicas bebían para satisfacer, sin efectos secundarios, su ambiciosa pretensión por parecer adultas, como otro modernismo más, tal como enviciarse a fumar con caladas cortas y convulsivas sin que les gustase hacerlo, sin tragarse el humo. La pajita del coctel se había pegado a un lateral del vaso, desfallecida, adherida al cristal por el efecto del azúcar, ladeada, apoyada en el vidrio como un borracho a una farola, tal vez deseando ser absorbida por un pasional beso de su amante el señor vaso de tubo. Del adorno de la sombrilla caribeña que daba categoría al cóctel apenas quedaba ya nada, dañada su estructura como si hubiese sido sometida a los efectos de una fuerte ventisca un día de levante, la mayor parte de su parasol yacía invertido, como un paraguas barato al que el viento hubiese dado la vuelta por fuerza del manoseo al que ella le había sometido para aliviar su nerviosismo.

Penetrando con esfuerzo en aquella densa oscuridad, a través del irrespirable ambiente, intuía que por fin empezaban a vencer los primeros plazos de su timidez y me miraba fijamente con sus ojos cansados y abandonados, abiertos de par en par, tan poco homogéneos. Me observaba de aquel modo tan suyo, melancólico, desesperado, con la fascinación muda que expresa un niño cuando le llevas de la mano por los pasajes más emocionantes de un cuento de hadas, con esa mueca de incredulidad alucinada ante lo próximo que fuese a ocurrir, aunque después nada ocurriese. Ella anhelaba ver en lo más común algo sorprendente, y por ello la sustantiva realidad le resultaba una terrible decepción. Creía que fe y certidumbre eran la misma cosa, esperaba de todo cuanto acaecía una respuesta extraordinaria y por ello era propensa al desencanto. A veces parecía un conejo asustado, deslumbrado por los faros de un coche que se aproxima a gran velocidad, y ante sus ojos, vidriosos, del tamaño de mandarinas y abiertos como ventanas, la intensidad del momento se paralizaba como en una fotografía.

Desde el día que la conocí contemplaba el mundo de esta manera, como si lo viera todo por primera vez, como quien espera atisbar un prodigioso milagro y aguardase ese próximo acontecimiento que, por fin, agitase el bombo de la lotería y premiase con algo de suerte su vida. Y lo hacía en silencio, con madura resignación, tal y como ocurría en esta muda relación que nos unía desde que, sin mejor pegamento, nos presentaron en aquella cafetería donde tan fácil le resultaba pasar inadvertida. La misma actitud que en esta primera intimidad nos había sentado al uno frente al otro, en este sórdido reservado minado de resecas secreciones, en una silenciosa conversación que a duras penas sobrevivía, aplastada cualquier posible intentona por la cacofonía de voces, risas y el volumen la música. De este modo la tarde iba pasando, como la existencia del estúpido coctel edulcorado y sin alcohol de absurdo nombre, temiendo que en cualquier momento se cumpliese ese mal presagio que siempre suponen los movimientos de cabeza, de un lado a otro, indicativos de las ganas de atisbar una cara conocida y así tener la excusa perfecta para calzarte las botas de siete leguas y salir de allí pitando. Mientras ese fatal encuentro no se produjese seguiríamos disimulando nuestra adolescente incapacidad para relacionarnos en este tiempo lento que nos tenía atrapados, sin esgrimas dialécticos, aguardando el prodigioso evento por ella tan esperado, el excitante sonido de carraca de la rueda de la fortuna que, para salvar la ocasión, el destino tendría que presentar en forma de un barco rompehielos.

Ya me lo dijeron sus amigos, ella no necesita palabras para que la escuchen, habla con sus ojos hambrientos y dilatados, con sus pupilas ensanchadas, con su mirada franca que jamás se esconde ni huye, habla con la voz interior que le imprime su ingenua personalidad, con su indefensa postura fetal, con sus recogidas y flacas rodillas que despuntan por encima de mesas que se hunden, con sus dedos y uñas mal pintadas que murmuran acerca de ella, habla con su silencio, con su larga y paciente espera, y descubrirás como sus ojos te revelan, como la pantalla donde se proyecta una película, todos los pensamientos que revolotean por su cabeza, porque ella es sin duda alguna la chica más transparente del planeta.

Y así sin darnos cuenta se había cumplido el horario. La media tarde avanzaba hacía su otra mitad cuando la oscuridad se hizo total y súbitamente cesó la música. Entonces una guitarra empezó a marcar los primeros acordes de la canción que anunciaba el cambio de tercio, y amparados por el anonimato que les proporcionaba la oscuridad, como espíritus que caminan por sombras sorbiendo el poco aire respirable, los difusos contornos de numerosas parejas fueron adueñándose de los sillones allí dispuestos, con predilección por los más recónditos y apartados del pasillo, los que propiciaban una invisibilidad incluso con las luces encendidas.

Llegaban las baladas, el momento romántico de la tarde, erecciones a la vista y variedad de salpicones pringosos a la tapicería en ejercicios de tiro al blanco practicando la marcha atrás; la única razón por los que muchos pagaban la entrada a este antro, comprando intimidad, careciendo, como carecíamos casi todos, de preservativos, coche y piso propio.

Lentamente la guitarra inició su progresión de lentos arpegios y poco a poco fue ascendiendo la cadencia preparándose para la entrada de la batería. El afilado coro de guitarras eléctricas y su melodía a sottovoce. Time. It needs time. To win back your love again. I will be there. I will be there. Love. Only love …” la jodida y célebre canción de los Scorpions, la sentimental oda al desamor por otra ruptura conmovedora, culminación artística de todas las puñeteras power ballad. Siempre me causó cierta perplejidad que estos tipos con el físico de un saco de cemento y pinta de poder hincar clavos con la frente pudiesen componer temas tan lacrimógenos. Me parecía contradictorio que en una canción fuesen capaces de abrir las botellas con los dientes, empalarte con un taco de billar o desollarte vivo arrastrándote kilómetros por el asfalto atado con una cadena a su moto, y en la siguiente deshacerse en sollozos porque las llamas de su amor por Sandi, Angie o la Carrie de turno se hubiesen convertido en cenizas: melancólicos y tristes porque de la romántica bed of roses ya solo quedase una cama a la que ya no hacía falta cambiar las sábanas.

Entonces, tras el implorante solo de guitarra y el consiguiente pisotón al pedal al bombo, la silueta erótica de la mesa subió de tono su provocativo baile elevando el nivel de sugerencia, y con aquel impacto la pajita del cóctel se despegó del vidrio y pasó a mayores con su amante el señor vaso de tubo, uniendo sus formas en un lujurioso ritual de apareamiento afrodisiaco y brutalismo más propio de un bar de carretera. Aquellas flacas rodillas que asomaban por encima de la mesa perdieron de repente su timidez empezando a separarse poco a poco, insinuando la cara interna de unos muslos que de ningún modo me parecían ya tan flacos, y así la postura de protección se deshizo como en una escena de Kim Basinger. De un manotazo, lo que quedaba de sombrilla caribeña salió despedida de nuestro campo gravitatorio, con destino incierto al ozono de la negra perfumosfera.

If we’d go again, all the way from the start. I would try to change, things that killed our love …” El corazón empezó a retumbar con fuerza cuando la proa del barco rompehielos dispersó a toda velocidad el espacio que nos separaba al uno del otro “Your pride has built a wall, so strong that I can’t get through ...” Otra mirada suya, de iris verde pasión, esta vez mucho más íntima, enervante e hipnótica, “Is there really no chance, to start once again?” y a través de su retina, al entrar por primera vez en contacto nuestros cuerpos, fuimos sacudidos por la irresistible energía de millones de vatios.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Gapos de chino.

Un cuento de terror.

La chispa adecuada.