El reino del alcornoque

Sabía que no era buena idea ¡Mira que lo sabía! Desde el día anterior me había negado en rotundo a aceptar su invitación, pero él llevaba toda la mañana insistiendo.
- Veniros ¿Qué tenéis que hacer? Así veis el nuevo salón que hemos construido y lo bien que ha quedado. Saben que estáis aquí de visita y están deseando conoceros ¿Qué os cuesta?
- Ya sabes que no somos religiosos y particularmente me considero ateo. Allí no pintamos nada.
- ¿Pero qué tendrá que ver? Es una reunión de familia. Nada más que eso. Y la fiesta de nuestra patrona: La Virgen de La Peana ¡El día grande!
- Razón de más.
- ¡Venga hombre! Haremos una cosa. Para que os sintáis más cómodos nos saltaremos la misa con alguna excusa y solo iremos a la comida, que será laica.
- ¿Cómo aquella perra que mandaron al espacio?
- No tendrá nada que ver con la religión. Va a haber muchos invitados y vendrá gente importante de Sudamérica, con lo que tampoco seréis el centro de atención ¿Os parece bien?
- No me convence. Id vosotros a la misa, a la comida y a lo que tengáis que hacer allí. A la tarde nos vemos.
- ¿Y dónde vais a comer?
- Algún restaurante habrá abierto.
- ¡Venga ya! Veniros ¿Pero que tenéis que hacer?
Y así entrando en bucle, fue como con su cansina obstinación acabó venciendo nuestra resistencia.
Tras quince minutos conduciendo por una carretera comarcal y otros veinte dando volantazos en primera marcha entre gigantescos eucaliptos por un sendero de baches con agujeros del tamaño de un cráter, llegamos a aquel apartado lugar poco antes de las dos. En un agreste terreno con pretensiones de jardín se hallaban reunidas, alrededor de un tupido árbol, medio centenar de personas. Comentaban la acertada homilía del cura que había oficiado la misa, el precioso proverbio con que había dado cuerpo al sermón, y alababan el trabajo que, a base de donaciones, habían hecho para construir el nuevo comedor; mucho más espacioso y soleado que el viejo salón, donde los menesterosos comerían más cómodos y serían mejor atendidos. En aquel pequeño lugar del universo el índice de natalidad parecía no haber disminuido, y los pantalones de pinzas y las corbatas pasadas de moda eran la vanguardia del buen gusto.
Después de unas rápidas presentaciones con aquellos que teníamos más a mano accedimos al comedor. Unas largas mesas dispuestas en forma de U esperaban a los comensales. Estaban cubiertas con unos manteles blancos y limpísimos, dignos de ser eucarísticos, tan perfectamente dispuestos que eran invisibles las juntas que había entre ellos. Tratando de pasar lo más inadvertidos posible nos camuflamos entre aquella gente tan amable de corazón y rebosante de dicha, mientras unas serviciales religiosas atendían prestas las mesas; jarras de agua y una comida sencilla y económica, ensalada para compartir entre todos aquellos a los que le alcanzase el brazo y una sopa de puchero con abundancia de fideos y ausencia del resto de ingredientes del cocido. Todo humilde y acorde con el lugar.
- Aquí primero comen los internos y después nosotros. Hay días que sobra más y otros menos, pero nadie se queja. Mira, ese que está allí sentado es el fundador de este Santo Lugar. Siendo niño se le apareció La Virgen debajo del alcornoque que has visto a la entrada. Ha creado esto de la nada, por su orden divina, para dar un lugar de cobijo y paz a los más necesitados, a los parias de la tierra.
- Un lugar apartado, añadiría ¿Y de donde ha sacado la pasta?
- Ha sido poco a poco. Esta es la obra de su vida. Cuando escasea el dinero rezamos y es así como el dinero aparece. Si quieres luego te enseño la construcción de un piso superior que ya se está haciendo sobre los dormitorios principales. Tenemos un proyecto para poner unos montacargas que faciliten la subida a los impedidos, y hace dos semanas en el cajón de la sacristía apareció la cantidad justa que habían presupuestado ¿No es increíble?
- Has dado con la palabra justa. Increíble. Y ya que conoces al vidente no le podrías hablar de mi coche. Cada año está más viejo, es un tres puertas y con el niño se nos ha quedado pequeño. Además le patina el embrague.
- Si te lo vas a tomar a cachondeo …
En ese momento a mitad de la sopa, uno de aquellos señores con aspecto de telepredicador se levantó de la mesa y dijo en voz alta “Demos las gracias al Señor por estos alimentos que por su bondad vamos a tomar. El Rey de la gloria eterna nos haga participes de la mesa celestial”. “¡Aleluya!”, respondieron los demás a coro, y levantándose todos de la mesa se cogieron de las manos elevando los brazos por encima de la cabeza y empezaron a cantar “Demos gracias al Señor, demos gracias por su amor, por la mañana las aves cantan…”.
- ¡Me cago en tu puta madre! No decías que la comida no tendría que ver con la religión.
- Esto es inesperado. Ese hombre viene de Nicaragua y le rebosa la fe. Es de los canónigos regulares. Como lo suyo es la recitación a coro se ve que no ha podido contenerse. Atención, nos están mirando. Levantaos, cogeos también vosotros las manos y simulad haciendo playback. “Si detrás del calvario tú estás, si tu corazón es como el mío, dame la mano y mi hermano serás …”
Y es que lo sabía. Sabía que no era buena idea ¡Mira que lo sabía!
Tras la canción todos prorrumpieron en aplausos y más ¡Aleluyas! y tanto con el solitario y enjuto filete de pollo que había de segundo, como con el insulso postre casero que vino después, se repitió la misma ceremonia en un éxtasis místico que a cada plato iba creciendo al igual que nuestra practica para sincronizar los labios.
- Sospecho que esta gente importante se ha quedado con hambre.
- En Sudamérica se come poco y la gula es un pecado capital. Te voy a presentar a alguien. Al padre Beato de Perú.
- ¿Otro canónigo? ¿Acaso han dejado parte de la ensalada para la cena?
- Déjate de coñas. Él es un hombre muy religioso. Cuidado, que es serio y poco dado a las bromas. Todo un intelectual. Camiliano.
- Lo sospeché viéndole cantar.
Al menos una veintena de niños repeinados habían empezado a correr de un lado a otro del diáfano salón, mientras las mismas religiosas recogían la mesa preparándola para el café, así que animé al mío a quitarse de en medio y les imitase haciendo playback atlético en este ejercicio de mimetismo, uniéndose a aquellas caóticas carreras aunque fuese para que el pobre distrajera el hambre que seguro tenía tras el exiguo festín; que aunque delgadito, el mío comía como una lima.
- ¡Dejad que los niños se acerquen a mí! – dijo con alborozo el camiliano observando a la alborotada muchachada - Una dicha de bendiciones caiga sobre los niños. Los niños son un regalo de Dios: ejemplo de humildad y fe. Pero no los conozco a ustedes ¿son nuevos miembros de nuestra comunidad?
- No, padre Beato – contestó por él mí - Son gente de paz. Familia que está de visita. Les hemos invitado a que conozcan la obra de La Virgen.
- ¡Ah, la familia! ¡La familia católica es escuela de humanidad y amor! ¡Santuario de vida, desde el embarazo a la vejez! ¿Y a que parroquia pertenecen ustedes?
- Usted no la conoce, padre. Ellos son de otra provincia – siguió contestando por mí, valorando el elevado riesgo de que metiera la pata diciendo algo improcedente - Pasan unos días en nuestra casa, aprovechando el puente.
- ¡Santificaras las fiestas!
- ¡Honrando a Dios a través de la oración, la misa y el descanso! – contestó él, recitando de memoria.
El peruano daba el visto bueno, satisfecho con la lección aprendida por la oveja de su rebaño. En cambio a mí me miraba desconfiado, tratando de buscar en mi interior algo de su Dios que justificase nuestra presencia. Fue en ese momento cuando noté que por la cintura me tiraban de la camisa repetidas veces a fin de llamar mi atención.
- ¡Papá, papá! Mira ¡Tarzán! – dijo mi hijo a voz en grito señalando al Cristo crucificado, entusiasmado como el que ha encontrado un tesoro, tal era la impresión que le había causado reconocer esa imagen que hasta ese momento le había pasado inadvertida.
- ¡Cómo que Tarzán! – exclamó el padre Beato acogotado como si le faltase aire para respirar - ¿Acaso no conoce su hijo a nuestro señor Jesucristo? ¿No sabe el niño que esa sagrada imagen es la de Nuestro Padre Redentor?
- Es que está influenciado por la película de Disney - le dije - Le compramos el DVD hace unas semanas y la ve todos los días. Le encanta. Se ve que le ha sacado algo de parecido, pues hay que reconocer que se da un aire a esta representación que aquí tienen ustedes. Ya sabe cómo son los niños.
- ¡Ah, la debilidad humana! ¿Pero es que no le han educado en las enseñanzas de los Sagrados Evangelios, en las palabras y acciones de Jesús? ¿No le han hablado de las Bienaventuranzas y del Reino de Dios? ¿No sabe que nuestro Señor murió en la cruz por salvarnos de nuestros pecados? ¿Ignora esta criatura que Jesús es su amigo unigético?
- Pues supongo que algo de ello habrá aprendido en la escuela. Es que nosotros no somos creyentes ni practicamos religión alguna. En realidad yo soy ateo.
- ¿Ateo? ¿Y qué hacen ateos en la casa de Dios? ¡Ateos que confunden al señor con un salvaje! –  al beatifico camiliano se le estaba poniendo cara de juez del antiguo testamento.
- Pues eso llevo yo preguntándome un buen rato, créame. Aquí su feligrés, que ha insistido en invitarnos a comer.
- Esto no es un restaurante: !Es la casa de Dios! – nos recriminó - ¡El ateísmo es contrario a la razón y socava los fundamentos del orden humano y social!, encíclica Mater et Magistra del Papa Juan XXIII – apuntó levantando el índice al techo – ¡El necio ha dicho en su corazón: No hay Dios!, salmo 10:4 – volvió al ataque con otra sentencia.
- Sin ánimo de ofenderle, quizá el pensamiento del niño no sea correcto y tal vez Tarzán no sé parezca a Dios, sino que puede ser que Dios se parezca a Tarzán. De hecho, una vez leí que si las vacas pudieran imaginarse a Dios se lo imaginarían con forma de vaca, y ellas también son criaturas del Señor. Pero claro ¿Quién sabe lo que piensa una vaca? Lo peor del caso, es que si finalmente es como ustedes lo ven, y no al revés, si realmente Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, por razones obvias el tipo no es de fiar.
- ¿Qué tonterías está usted diciendo? – dijo el Padre Beato torciendo el gesto a punto de perder su beatífico control.
- Ningún hombre lo es. La historia ha dado sobradas pruebas de ello. Eso por no hablar que al guiar ese Dios a su pueblo a la llamada tierra prometida eligió el único lugar de Oriente Medio que no tiene petróleo, por lo que muy centrado no estaba aquel día o no pensó lo mejor para ellos con visión de futuro.
El camiliano peruano parecía ya a sentir una ira incontrolable.
- Además, no cree usted que la existencia del mal es el mejor argumento de que Dios no existe. Al menos ese Dios omnipotente y omnibenevolente que ustedes aseguran existe. De ser así, si Dios fuese tan bueno no habría podido crear el mal en el mundo y todos nos habríamos ahorrado tanto sufrimiento. Por otro lado, y desde un punto de vista filosófico … – apunté yo también el índice al techo.
- ¿Filosofía, dice? – me interrumpió - ¡Filosofía! ¡Hasta aquí podíamos llegar! Esta conversación se ha terminado. No he dedicado décadas de mi vida a estudiar disciplinadamente a Dios para tratar sus asuntos con un majadero – y llevado por los demonios, se dio media vuelta encaminándose con diligencia a donde se encontraba el vidente fundador del santo lugar, sin duda para dar queja de nuestra herética presencia.
- Perdónele padre, porque no sabe lo que dice.
- ¡Oh, Arcangel San Miguel, vencedor de los malos espíritus, libérame de esta presencia molesta y destruye toda esta influencia negativa que me has enviado …! – se marchaba ya Beato, enfadado, entonando esta letanía.
- Creo que el padre camiliano no me va a perdonar y en breve nos va a expulsar del Reino del alcornoque. Sin duda, con la iglesia hemos topado.
- Si. Buena la has hecho. En menudo lío me has metido. 
- Bah, no será para tanto – le tranquilicé palmeándole la espalda – Por invitarnos a este banquete vas a tener que confesarte y repararlo con una pequeña penitencia. Entre vosotros lo arregláis todo así !Arrepentidos los quiere el Señor! Ahora dime, ¿crees que nos servirán café?

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