La Tigresa de Siberia.
En los primeros años de la década de los ochenta, si querías
ver una película tenías que ir al cine. También existía la posibilidad más
casera de ver la que echaban por la tele, gracias a su magia en trescientas
sesenta y cinco líneas, mayoritariamente en blanco y negro: los viejos ciclos
de Western del envejecido Randolph Scott, alguna entrañable españolada de López
Vázquez o Martínez Soria, o la típica de romanos de Victor Mature en fechas
cercanas a la Semana Santa. En el cine, en cambio, volaba la imaginación como
el Superman de Christopher Reeve a la velocidad hiperespacial del Halcón
Milenario, y ya de vuelta estirabas el dedo índice como E.T. diciendo “Mi caaaaasa”,
preparado para hacer la patada de la grulla al menor indicio de problemas.
Llegadas las vacaciones de verano el cine tenía su propio género. Al aire libre, entre nubes de mosquitos y croares de rana, Bud Spencer era el rey de la pantalla con aquellos pavorosos guantazos a mano abierta que vestían al otro de torero. Ver una de destape con Álvaro Vitali en el papel de Jaimito, poniéndose bizco ante la mera posibilidad de meter la cara en el canalillo de un generoso busto, o un lio en pelotas de aquellos protagonizados por Pajares y Esteso, compensaba el esfuerzo a familias enteras de veraneantes de trasladar la cena del apartamento al cine, en capazos repletos de bocadillos, muchas bolsas de pipas y la nevera de camping llena de refrescos.
Aquellas películas clasificas “S” que lubricaban las noches de verano, esa erotización del cine de comedia casi en el linde del porno, fue bien recibida en España por la necesidad apremiante de sacudirse el reprimido deseo sexual heredado de la influencia de la iglesia durante la dictadura franquista. Fue así como el cine de destape se convirtió en un movimiento contracultural en el que la virtud era profanada sin tener que viajar a Perpiñán. Un fugaz desnudo acabó convirtiéndose en un canto a la libertad, y aquella liberación sexual fue cogiéndole vicio a la carne a la misma velocidad que dejábamos de ser la reserva espiritual de Occidente.
Con la llegada de los socialistas, en 1984, fueron legalizadas las primeras salas X y la gente ya iba al cine a ver otras cosas que el chasquido del látigo de Indiana Jones. El onanismo ya no tenía que conformarse con lo que saliese esa semana en el interviú: un desnudo de la Cantudo, el pezón de Victoria Vera por aquí, el culo de Nadiuska por allí … y he aquí que un día un amigo me convenció para infiltrarnos, entrando de puntillas para aparentar mayor edad, en un cine ya desparecido en el cual ponían una mítica película: La Tigresa de Siberia.
En el cartel, una despampanante rubia de esas que intimidan y acogotan, nos miraba desafiante con un gorro ruso en la cabeza. Llevaba la camisa abierta mostrando dos enormes tetas. “¡Sanguinario. Cruel. Vengativo!” anunciaba bizarramente el film. Sexo y sangre, perversión y violencia, imposible no picar el anzuelo. Así que allí estábamos los dos aquella tarde, arrebujados en la desgastada y aversiva butaca de aquel pequeño cine, tratando pasar desapercibidos al escrutinio del acomodador, deseando que por fin se apagasen las luces y sonase la sintonía de movierecord.
Con ausencia de trailers dio comienzo la película. Sin atisbos de erección, en la pantalla una cuerda de presos salidos de la Lubianka era conducida a empujones por la nevada estepa camino al gulag estalinista, en el preciso instante que una pandilla de jevis entró ruidosamente en la sala, y adueñándose de las filas delanteras, posaron los talones de sus botas camperas en las respaldos que tenían delante, para acto seguido empezar a montar bronca.
- Silencio por favor, que estamos viendo la película – protestaba un tipo calvo con cara de vicioso unas butacas a la izquierda.
- ¡Que te follen, hijoputa! – profirió imperativo el melenas de la camiseta de los Maiden, al tiempo que otro de ellos se ponía en pie, volviéndose hacía la platea y agarrándose la entrepierna - ¡Comerme la polla!
En esto, La Tigresa, que se había bailado una polka con poca gracia (el artisteo no le había llevado por el género musical), ávida de sexo estaba ya calzándose al lascivo comandante del campo de trabajos forzados al calor del hogar. Al hombre no le cabían sus grandes tetas en las manos, y mientras los troncos ardían en la chimenea aliviando los rigores del frio siberiano, los jevis seguían armando escándalo, dando voces y chiflidos.
- ¡Shhhh …! Un poquito de respeto por favor. Que La Tigresa lo está dando todo – repitió la queja otro pervertido que, en plena faena y clínex en mano, no le perdía el hilo a la película.
- ¡Vete a mamarla, pajillero! ¡Como vaya para allá te quitó el calentón a hostias! – amenazaba animado por las risotadas de su banda el de la chaqueta vaquera con pinchos y más chapas en la pechera que medallas tiene un general retirado.
- ¡La Tigresa tiene el conejo en salsa picante! – gritó otra anónima voz surgida de la oscuridad.
Como la cosa iba caldeándose dentro y fuera de la pantalla, encendieron las luces del cine y pararon la proyección. Con paso firme entró en la sala el acomodador acompañado por quien deduje sería el dueño del negocio: un tipo anodino de aspecto pringoso, falto de higiene y abigarrada combinación textil que mal disimulaba la calva con un desteñido bisoñé.
- Todos vosotros ¡A la puta calle! – ordenó a los camorristas jevis – Os largáis o llamo ahora mismo a la policía.
Con malas formas estos fueron desalojando sus localidades y expulsados del cine. Ya por fin podríamos ver cuán sanguinaria y vengativa era La Tigresa, pero cuando el dueño del cine pasó a nuestro lado, reparó en nuestra presencia.
- Y vosotros dos también. Desfilando.
- Pero oiga. Si nosotros no hemos dicho ni “mu”.
- ¡Aire chavales! Este sábado ponemos una de Parchís. Hasta entonces no volváis por aquí.
De vuelta al barrio, La Tigresa de Siberia era nuestro único tema de conversación.
- ¡Putos jevis! ¿Te imaginas poder ver una peli como esa en tu keli?
- Claro que sí. En el Cinexin.
- Pues cuentan que han inventado un aparato llamado vídeo que con unos cables se conecta a la tele y sirve para ver todas las pelis que quieras sin tener que ir al cine.
Llegadas las vacaciones de verano el cine tenía su propio género. Al aire libre, entre nubes de mosquitos y croares de rana, Bud Spencer era el rey de la pantalla con aquellos pavorosos guantazos a mano abierta que vestían al otro de torero. Ver una de destape con Álvaro Vitali en el papel de Jaimito, poniéndose bizco ante la mera posibilidad de meter la cara en el canalillo de un generoso busto, o un lio en pelotas de aquellos protagonizados por Pajares y Esteso, compensaba el esfuerzo a familias enteras de veraneantes de trasladar la cena del apartamento al cine, en capazos repletos de bocadillos, muchas bolsas de pipas y la nevera de camping llena de refrescos.
Aquellas películas clasificas “S” que lubricaban las noches de verano, esa erotización del cine de comedia casi en el linde del porno, fue bien recibida en España por la necesidad apremiante de sacudirse el reprimido deseo sexual heredado de la influencia de la iglesia durante la dictadura franquista. Fue así como el cine de destape se convirtió en un movimiento contracultural en el que la virtud era profanada sin tener que viajar a Perpiñán. Un fugaz desnudo acabó convirtiéndose en un canto a la libertad, y aquella liberación sexual fue cogiéndole vicio a la carne a la misma velocidad que dejábamos de ser la reserva espiritual de Occidente.
Con la llegada de los socialistas, en 1984, fueron legalizadas las primeras salas X y la gente ya iba al cine a ver otras cosas que el chasquido del látigo de Indiana Jones. El onanismo ya no tenía que conformarse con lo que saliese esa semana en el interviú: un desnudo de la Cantudo, el pezón de Victoria Vera por aquí, el culo de Nadiuska por allí … y he aquí que un día un amigo me convenció para infiltrarnos, entrando de puntillas para aparentar mayor edad, en un cine ya desparecido en el cual ponían una mítica película: La Tigresa de Siberia.
En el cartel, una despampanante rubia de esas que intimidan y acogotan, nos miraba desafiante con un gorro ruso en la cabeza. Llevaba la camisa abierta mostrando dos enormes tetas. “¡Sanguinario. Cruel. Vengativo!” anunciaba bizarramente el film. Sexo y sangre, perversión y violencia, imposible no picar el anzuelo. Así que allí estábamos los dos aquella tarde, arrebujados en la desgastada y aversiva butaca de aquel pequeño cine, tratando pasar desapercibidos al escrutinio del acomodador, deseando que por fin se apagasen las luces y sonase la sintonía de movierecord.
Con ausencia de trailers dio comienzo la película. Sin atisbos de erección, en la pantalla una cuerda de presos salidos de la Lubianka era conducida a empujones por la nevada estepa camino al gulag estalinista, en el preciso instante que una pandilla de jevis entró ruidosamente en la sala, y adueñándose de las filas delanteras, posaron los talones de sus botas camperas en las respaldos que tenían delante, para acto seguido empezar a montar bronca.
- Silencio por favor, que estamos viendo la película – protestaba un tipo calvo con cara de vicioso unas butacas a la izquierda.
- ¡Que te follen, hijoputa! – profirió imperativo el melenas de la camiseta de los Maiden, al tiempo que otro de ellos se ponía en pie, volviéndose hacía la platea y agarrándose la entrepierna - ¡Comerme la polla!
En esto, La Tigresa, que se había bailado una polka con poca gracia (el artisteo no le había llevado por el género musical), ávida de sexo estaba ya calzándose al lascivo comandante del campo de trabajos forzados al calor del hogar. Al hombre no le cabían sus grandes tetas en las manos, y mientras los troncos ardían en la chimenea aliviando los rigores del frio siberiano, los jevis seguían armando escándalo, dando voces y chiflidos.
- ¡Shhhh …! Un poquito de respeto por favor. Que La Tigresa lo está dando todo – repitió la queja otro pervertido que, en plena faena y clínex en mano, no le perdía el hilo a la película.
- ¡Vete a mamarla, pajillero! ¡Como vaya para allá te quitó el calentón a hostias! – amenazaba animado por las risotadas de su banda el de la chaqueta vaquera con pinchos y más chapas en la pechera que medallas tiene un general retirado.
- ¡La Tigresa tiene el conejo en salsa picante! – gritó otra anónima voz surgida de la oscuridad.
Como la cosa iba caldeándose dentro y fuera de la pantalla, encendieron las luces del cine y pararon la proyección. Con paso firme entró en la sala el acomodador acompañado por quien deduje sería el dueño del negocio: un tipo anodino de aspecto pringoso, falto de higiene y abigarrada combinación textil que mal disimulaba la calva con un desteñido bisoñé.
- Todos vosotros ¡A la puta calle! – ordenó a los camorristas jevis – Os largáis o llamo ahora mismo a la policía.
Con malas formas estos fueron desalojando sus localidades y expulsados del cine. Ya por fin podríamos ver cuán sanguinaria y vengativa era La Tigresa, pero cuando el dueño del cine pasó a nuestro lado, reparó en nuestra presencia.
- Y vosotros dos también. Desfilando.
- Pero oiga. Si nosotros no hemos dicho ni “mu”.
- ¡Aire chavales! Este sábado ponemos una de Parchís. Hasta entonces no volváis por aquí.
De vuelta al barrio, La Tigresa de Siberia era nuestro único tema de conversación.
- ¡Putos jevis! ¿Te imaginas poder ver una peli como esa en tu keli?
- Claro que sí. En el Cinexin.
- Pues cuentan que han inventado un aparato llamado vídeo que con unos cables se conecta a la tele y sirve para ver todas las pelis que quieras sin tener que ir al cine.
- Joder tío. Tú lo flipas con esto de la ciencia ficción.
Brutal!!!!
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