El día que dejé de fumar.

Ya han pasado treinta años desde el día en que dejé de fumar.
Aquella noche del 13 de abril de 1995, Pep Cargol machacaba eufórico el aro del Olympiakos en la pantalla de una vieja televisión de catorce pulgadas, y yo lo celebraba estando de visita en un piso de alquiler de un pueblo perdido del Aljarafe sevillano, litrona en mano, encendiendo un cigarrillo tras otro por la incertidumbre del resultado, dando saltos de felicidad a riesgo de romper con la cabeza la única bombilla que alumbraba el salón, sin que el resto de los presentes secundara mi alegría ni entendiese aquella emoción que me corría por dentro.
Y es que ninguno comprendía la razón de tanto júbilo. Se la traía floja lo que estaban echando por la tele y que Ramón Trecet, emocionado, perdiese la voz con el acontecimiento, o que el gran Arvidas Sabonis levantase aquella estúpida figura de metacrilato que parecía salida de un bazar y por aquellos años servía de trofeo. 
¡El Real Madrid volvía a ganar la Copa de Europa de baloncesto! Después de quince años de frustrado aficionado, yo, coleccionista de revistas especializadas y recolector infatigable de los recortes de periódicos que cubrían la sección, era por fin testigo de ello.
Recuerdo que bajé a la calle exultante de felicidad y anduve buscando una cabina con la que llamar por teléfono a Madrid (por entonces no existían los móviles y aquel pequeño piso de alquiler no tenía contratada línea).
- ¡Qué alegría más grande! ¿Me lo habéis grabado? 
-Si, hijo. 
-¿Hasta el final?. 
- Anuncios incluidos. 
- ¿Seguro?. 
- ¡No es pesado este niño! ¿A quién habrá salido?
-¡Es que es muy importante para mí! ¡Un tesoro! ¡Somos campeones de Europa!
Al otro lado del auricular, a más de quinientos kilómetros de distancia, como única respuesta colgaron el teléfono. Con la incertidumbre tecnológica que me daba la fiabilidad del viejo aparato de vídeo VHS (entonces tampoco existía internet) y la preocupación por la poca maña que para estas cosas se daban mis padres, volví al pequeño piso celebrando el éxito conmigo mismo, alumbrado por la amarillenta y mortecina luz de las farolas, vagando por aquellas estrechas calles de casas encaladas, desoladas (se ve que en este pueblo todos eran futboleros del Betis o del Sevilla) y con el firme propósito de arrastrar a los demás a una juerga para celebrar aquella noche tal y como merecía la ocasión. 
Sin embargo, estando dispuesta ya la mesa para la cena, los presentes seguían sin encontrar razones para cambiar el plan doméstico.
- Vosotros no lo entendéis, pero hoy es un día histórico.
- Pues no veo por qué. El baloncesto es solo otro estúpido deporte, y a nosotros no nos gusta el deporte. No entiendo que ves de histórico en que unos tíos en calzoncillos metan una pelota dentro de un aro.
- Ya... Abreviando ¿Tenéis Whisky?
- Creo que algo hay. Busca dentro de ese mueble.
Rodeando la mesa con su desgastado mantel  de hule sobre el que ya estaba dispuesta una tortilla de patatas recién hecha, un plato de queso de vaca, embutidos de dudoso pelaje y una ensalada homogénea de la lechuga iceberg, di con una botella escondida detrás de una pequeña caja de herramientas y de la típica lata de pastas holandesas que acaba sus días como costurero.
- !Hostias! ¿Pero qué marca de whisky es esta? Nunca la había visto - dije sosteniendo la sospechosa botella verde de etiqueta negra y un castillo entre montañas dibujado con tonos dorados. 
- La compré de oferta. Para las visitas. Ya sabes que nosotros no bebemos, y al no beber no entendemos de estas cosas.
- De jamón doy por hecho que sí sabes - dije sosteniendo una loncha poco apetecible, deslucida y transparente - ¿También de oferta?
- De la sierra de Huelva. El aspecto es para despistar.
- ¿Y estás seguro que esto es whisky? Lo digo porque en la etiqueta no lo pone.
- Segurísimo. Escocés de Londres.
Con aquella botella de incierta procedencia y abrasivo sabor, cuya rosca del tapón ya se había caramelizado por el paso del tiempo, fueron cayendo las postergadas horas antes de irme a la cama. Los tragos empezaban ya a sentarme como si un pívot de Harlem con ciento treinta kilos de peso se colgase de mis tripas, pero qué más daba: un día es un día. Éramos campeones de Europa y yo seguía de subidón. 
Dando por concluida mi solitaria celebración, acostado, fumando un último Chester, mirando a través de la oscuridad y apuñalado en las costillas por los díscolos muelles del colchón, antes de caer en la quietud del sueño, inevitablemente me acordé de mi difunto tío, quien desde mi infancia fue eterno compañero de partidos frente al televisor. Siendo yo un chaval, ante sus amigos, en los bares del barrio, presumía de sobrino y me exhibía como si fuese el repelente niño Vicente, a fin de que recitara de memoria las alineaciones de los principales equipos europeos.
- ¡Este sí que sabe de baloncesto! A ver niño: ¿Diles quién secó en defensa a Epi en la final del 84?.
- Sbarra “Il Piccolo”.
- ¿Y a quién ficharías para el Madrid?.
- Vaya pregunta tío, pues a Antonello Riva. 
- No os lo decía. Este niño sabe más que el Marca ¡Ponle una Fanta al chaval!
Y con estos pensamientos me acabé durmiendo, con esa combinación de añoranza y júbilo que siempre doy a las cosas importantes.
Reconozco que al día siguiente vino a visitarme la bien merecida resaca, y con un tremendo dolor de cabeza me costó despegar la carita de la almohada. Tosía como un viejo y el aire de la habitación se asemejaba a la atmósfera de Saturno. Con el estómago revuelto descubrí que de desayuno había café soluble y tostadas de paté La Piara - de tapa negra, me señaló él, como garantía de calidad.
El plan era pasar la mañana de tapeo por el centro de Sevilla: de cañas por el barrio de los Remedios, el de Santa Cruz, visitar los Reales Alcázares, la Plaza de España y subir a la Giralda, pero nada más iniciar la ruta turística me sobrevino una acidez y unos retortijones de estómago que anunciaban un inminente vaciado de intestinos. Salí de naja y en la primera taberna que vimos abierta, tras una ruidosa flatulencia (bien disimulada por un fandango del Mani) me metí en el retrete y fui expulsando aquel venenoso brebaje al tiempo que me juraba a mí mismo que jamás olvidaría que resaca y tostadas de proteína de cerdo son una mala combinación.
Recordé que para estos casos una cerveza es siempre el mejor remedio, y reenganchado con reticencia a la Cruzcampo, fui apagando aquel agrio infierno que me subía por la garganta. Propuse que aquel momento debía trascender para siempre con un final más épico que la inmensa suerte de haber dado con un váter limpio que además tuviese papel higiénico, así que di una última calada al cigarrillo, lo aplasté en el cenicero y dije:
- El de hoy no puede ser un día más. Somos los reyes de Europa, y para recordarlo, como efeméride declaro que a partir de este momento dejo de fumar.
- Eso está muy bien. El tabaco es un vicio pernicioso y cada vez más caro. Yo solo fumo Lucky: Lucky me dan, ja, ja … ¿Pero qué tal si mejor lo celebramos pidiendo algo de comer? Este sitio no tiene mala pinta.
- Pues no. El tigre está  limpio y eso siempre es garantía de calidad.
- ¿Van unas raciones?
- Ligeritas, por favor. Y por la gloria de Arlauckas, si en algo me estimas no vuelvas a comprar ese whisky.
- Hecho. La próxima vez que vengas a mi casa te traes una botella a tu gusto. ¡Illo! ¡Ponnos unos montaditos de pringá y un plato de pescaíto! Y mi alma, ¿No tendrías por ahí un cigarrito?

Comentarios

  1. Jajajaja que recuerdos! Genial relato, más de uno nos vemos reflejados.

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