Calle Bocarana.
Cuando era niño, llegado el buen tiempo, me gustaba sentarme en el suelo de la terraza, al fresco, y meter las piernas desnudas entre los barrotes de la barandilla, colgando mis pies descalzos en el vacío, asiendo con cada mano aquellos delgados hierros, verticales y descascarillados por la falta de pintura, mirando la calle a través de ellos, como un preso mira al exterior de su celda, hasta que los pómulos de mi cara quedaban marcados por la presión de su contacto.
Una tarde vi como dos operarios, vestidos con mono azul, se subían a una larga escalera para cambiar la placa de la calle, a la que el ayuntamiento, por algún motivo desconocido, había decidido darle un nuevo nombre. La tarea les llevó su tiempo, pues recuerdo que mi padre, quién también se asomó a la terraza para ser testigo del acontecimiento, exclamó que le parecían unos verdaderos inútiles.
- Señor bendito: ¡Si son cuatro tornillos! - dijo, para después apagar la colilla del cigarro en la maceta de geranios sin geranios - ¡Unos verdaderos inútiles! ¡Así va el país!
Antes de ver como terminaban la faena se volvió al salón, con desgana y el pijama de verano desabrochado; aquel pijama jaspeado de seda que mi abuela le había traído de su viaje a las islas Canarias y que tantos años le duró de lo bueno que era. Volvió a pegar su espalda al respaldo de escay del sofá y continuó con esa ocupación tan importante que los adultos llaman: "¿A ver qué echan en la tele?"
- Lo que son las cosas. Ya vivimos en otro sitio - escuché que le dijo a mi madre - Y sin necesidad de hacer mudanza.
Posiblemente por ello me acuerdo de todo esto, porque ese día mi procedencia y mis raíces estaban cambiando ante mis propios ojos con el lento desatornillado de aquella placa rectangular medio oxidada. "Ya verás cuando dentro de unos años cuente en el barrio que siendo niño vi como nuestra calle cambiaba de nombre”, pensé valorando como tal este mi primer acontecimiento histórico, algo que, sin saberlo, tendría su punto y aparte en el tiempo, pues pocas semanas después a mi madre le dio miedo que por sacar yo las extremidades fuera de la terraza, un mal día me escurriese por algún hueco y o bien acabase desnucado atascado por la cabeza o estampándome contra el suelo desde aquel tercer piso. “El niño es tan delgadito”, le dijo a mi padre, y fue así como le convenció para que pusiese una cobertura de plástico duro, verde y translúcido, entretejido en aquellos barrotes, quitándome con ello la visión de cuanto pasara por la calle hasta que tuviese la altura suficiente para mirar por encima de la barandilla.
Fue por eso qué me perdí cuando la panadería de “la Abuela” cerró por defunción. Allí donde, de regreso del colegio, me compraban los pastelitos para la merienda con la vana esperanza de que algún día me saliese aquel cromo que no tenía. "La Abuela", para entonces había trascendido de su apodo, puesto por los vecinos antes de yo nacer, y era ya una anciana de cabello blanco, recogido someramente en un moño, cuyo delgado cuerpo vivía asilado en el envoltorio de una desgastada toquilla negra, obligada a seguir trabajando pese a su avanzada edad, tirando como podía con lo que vendía a la chiquillería y cuatro barras de pan mal contadas.
Como el mundo giraba demasiado rápido, pese a la lenta percepción del tiempo que siempre se tiene en la infancia, tampoco presencié el día que la tienda de ultramarinos de don José María echaba también el cierre, en su caso por jubilación. Don José María era un dependiente ataviado con una bata inmaculadamente limpia, parecida a la de un médico, el cual desde detrás del mostrador de mármol recetaba embutidos y encurtidos de calidad, renegando de la revolución industrial tanto para afinar la balanza como para seguir cortando las lonchas de jamón cocido a cuchillo. Gastaba el hombre una buena planta y un carácter zalamero, con lo que era aficionado a galantear con las clientas, naturalmente siempre y cuando no entrasen en su tienda acompañadas de sus maridos.
También por aquel tiempo llegó la más que esperada caducidad de la verdulería que había en la calle, propiedad de dos hermanas gallegas de rostro bondadoso, solo un poco más jóvenes que “la Abuela”, tan exquisitamente educadas como poco verduleras. Contaban, a quien quisiera escucharlas, que la suya era la tienda decana de la calle, y así debía ser, pues el decaimiento de la misma, con sus hortalizas y frutas de poco ánimo y frescura, emanaba ese fidedigno olor añejo que se queda impregnado para siempre en las paredes como una gruesa mano de pintura.
Con su despedida también llegó la conversión de la lechería en un despacho de quinielas, cuando las vecinas empezaron a ponerle pegas, y a mirar con reticencia, la leche a granel que vendían en cántaros, y sus preferencias empezaron a decantarse por los modernos briks de las estanterías de aquel nuevo supermercado que había abierto en una calle cercana. Y fue así como también sin previo aviso un día por fin llegó el tan deseado asfaltado de aquellas calles del distrito sur de Madrid, y se acabó aquello de entrar en casa con pegotes de barro en los zapatos. Tras esto vino lo nunca visto: las primeras manifestaciones de la democracia, y grupos de personas se paseaban por la calle recién pavimentada al caer la noche, con rostro adusto y un lema a voz en grito que decía: "¡Vecinos! ¡Cabrones! ¡Salid a los balcones!"
Todo esto me perdí por mi baja estatura.
Mucho ha llovido de todo aquello. Muchas mañanas de vaho en los cristales y aliento de vapor en el aire invernal, como un infantil humo de tabaco. De gélidas noches de esas que daban cuerpo a las ropas de los tendederos y congelaban las botellas de aceite Carbonell en el trastero de esa misma terraza. De ardientes rayos de sol en las largas horas sin sombra del verano, en aquel piso que por ser tan pequeño carecía de orientación. Y fue así como con el transcurrir de los años empezó a resquebrajarse la tapadera anti-pánico que mis padres instalaron en el balcón, y el paso del tiempo fue dotándola de tonalidades agrestes allá cuando la Marcelina dejó de vender pan en aquel apartado de su casa que, con una pequeña obra, se hizo con una salida a la calle. Y por ese tiempo, Merceditas, la del segundo, dejó de abrazar contra su incipiente pecho la revista Súper Pop, pues para entonces ya se habían desvanecido sus sueños de conocer un día a Leif Garrett. Los hijos de la Paca dejaron de leer tebeos de superhéroes, por lo que se acabó mi habitual fuente de suministro cultural, y Felixín, el hijo mayor de la Luci, se colocó a trabajar en los archivos de televisión española de Prado del Rey. El viejo negocio de la chamarilería de la esquina, que compraba al peso cualquier cosa (incluso las páginas amarillas de años pasados, algo que estaba prohibidísimo), se la quedó en propiedad el ayuntamiento, y el colegio cerró por falta de niños, llevándose con él la papelería del Ranero, absorbido por el vórtice de todo aquello que se sumerge hasta irse a pique.
Aunque buena parte de todo este tiempo haya abierto la sombrilla de playa a centenares de kilómetros de aquella que fue mi casa, ahora, gracias a la tecnología que todo permite sin más sentidos de por medio, desde el salón puedo callejear en el coche de Google Street View por aquel que era mi barrio, y volver a ver desde su cámara 360 grados la terraza desde donde colgaban mis pies cuando era niño, aunque la mayoría de las cosas que desde allí viese ya hayan desaparecido para siempre, engullidas por el tiempo, y las puertas de aquellos establecimientos hayan sido incorporadas a sus fachadas, tapiadas con ladrillos y enrasadas con cemento.
La vida no es una foto fija.
Veo en la pantalla del ordenador muchas pintadas ensuciando aquellas paredes, grafitis tan indescifrables como un jeroglífico y un collage de pegatinas de vivos colores ofreciendo diversos servicios, a veces superpuestas las unas sobre las otras, amontonadas en cada mástil de las señales urbanas. Las rúbricas contemporáneas de los nuevos vecinos que, con el paso de las décadas, han ido sustituyendo desde la inmigración a los originales moradores de esas estrechas calles, quienes con sus escasas pertenencias y la ilusión de los recién casados, vieron como poco a poco se levantaban con mucho esfuerzo esos pequeños bloques sin ascensor allá por los años sesenta.
Y así, llevado por esos pensamientos, en mi memoria, según avanza la imagen a golpe de ratón, veo los espíritus a contraluz de hombres de suelas desgastadas volviendo de trabajar como si regresaran de una batalla, enfilando el camino a casa con el ajado periódico bajo el brazo, buscando pequeñas parcelas de sombra. Y escucho a amas de casa aspirantes a tonadilleras cantando al compás del pitido de la olla exprés, mientras en la radio suena Feria de Coplas y por la tarde el Diario de Elena Francis. Y como en una radiografía, puedo ver en el interior de aquel edificio a los vecinos que esperan pacientes su turno para poder subir a sus casas por las empinadas escaleras, cediendo el paso a quienes por ella bajan con riesgo de despeñarse, mientras se ponen al día de lo acaecido en el rellano de alguna planta donde siempre habrá un vecino esperando que pase alguien con quien charlar un rato. Y un bullicioso chiquillerío va de camino a la calle para jugar con sus amigos, deslizándose a toda velocidad por el largo pasamanos de granito.
Espejismos y fantasmas, al fin y al cabo.
Hace unos días, por medio de mis padres recibí una llamada telefónica. Al otro lado del satélite me hablaba una voz que tardé pocos segundos en reconocer.
- ¿Sabes quién soy? ¡Tu vecina Mari! La del piso de arriba, cuando eras niño. En la calle Bocarana ¿Te acuerdas que le cambiaron el nombre?



Que bueno! Me ha encantado!
ResponderEliminarMe ha llegado al alma
ResponderEliminarPero que bien escribes, tío
ResponderEliminarMil gracias. Me alegro que os haya gustado. A ver si tengo un rato y añado las fotos.
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