Gapos de chino.
La primera vez que entré a comer a un chino fue en el verano de 1986. La comida oriental llegaba a nuestros barrios gracias a este tipo de restaurantes, para que pudiéramos por fin degustar sus deliciosos platos.
Por entonces yo tenía 17 años y mi capacidad económica era comparable a la de Carpanta, de modo que el mérito de tan exótica experiencia recayó en las finanzas de un amigo, al que sus padres, como castigo a su reiterada y pertinaz incomparecencia a las clases del instituto, ya le habían conseguido un trabajo forzoso en los servicios de mantenimiento municipales. Con su habitual generosidad y desprendimiento, al cobrar su primera nómina me invitó, con gran alborozo por mi parte, a ese lujo asiático que suponía probar los rollitos de primavera, el arroz tres delicias y el cerdo agridulce.
Para ello nos encaminamos a un viejo mesón, en otro tiempo tahona, decorado en plan pagoda y reconvertido así en El Dragón Dorado; el cual no tardaría en ser bautizado popularmente como “El Dragón Drogado”, pues a la entrada una escuálida china ataviada con un quipao y un nulo conocimiento del idioma español, se había aprendido una frase de cortesía y a todo aquel que traspasaba aquel Torii les decía: “Bienvenido a Dagón Dogado”.
Amén de arriesgarnos a probar otras cosas más enigmáticas de la misteriosa carta como el tofu apestoso, la ensalada de pepino y medusa o la célebre sopa de aleta de tiburón, con las cantidades ajustadas al presupuesto pedimos el clásico menú antes descrito, preparándonos así para el broche final que en realidad sería el leitmotiv de posteriores visitas: beber el prestigioso y muy ilustre Licor de Lagarto. Y es que según quien me invitaba, persona docta en todas las leyendas urbanas inventadas o no por él, quien se acababa la botella de aquel orujo criminal podía sacar de la botella el lagarto y llevárselo a casa como botín de guerra. Ese sería nuestro objetivo a partir de ese momento, y en concreto, en aquel primer convite, como mi miseria me impedía pedir la cuenta y salir de allí pitando antes de vérmelas con un saurio conservado en alcohol, tuve que quedarme y contribuir activamente al proyecto. Las terribles consecuencias de aquel almuerzo dejaron sin demostrar, fehacientemente, si lo que me había sentado mal fue la comida o la bebida, y por fuerza del citado ritual a vueltas con el dichoso reptil, y el beneplácito de la insana duda, seguí dándole oportunidades a los restaurantes chinos durante años.
Eran baratos, estaban de moda y de paso, como si fuésemos tontos, nos echábamos unas risas con nuestra torpeza para manejar los puñeteros palillos, mientras escuchábamos aquella relajante música china interpretada por el sheng y las flautas de bambú, y alucinábamos embobados contemplando cómo caía el agua por la cascada paisajística de aquellos enormes cuadros en relieve; un sistema hidráulico, cuyo misterio, aún a día de hoy sigue sin revelárseme.
Esa sagrada leyenda del (chī hǎo hē hǎo) “comed y bebed bien” con el tiempo dejó de tener sentido, salvo quizá, y de forma paupérrima, en su primera parte, pues he de reconocer que siempre me gustaron los “lollitos de plimavela y el aloz tre delicha”. En cuanto al beber, más allá del aguardiente de lagartija vertido en tazas de sake con escenas eróticas secretas que con el líquido se hacían visibles, por estas dificultades notorias con el idioma, en una ocasión pedimos a la camarera una Fanta limón y con diligencia nos metió un par de rodajas de ese cítrico en cada vaso, para que así ya no "fantase". Este enrevesado conflicto gastronómico hizo que con los años el lema chino fuese perdiendo credibilidad, aunque de vez en cuando, sin saber bien cómo, terminaba en la mesa y mantel de otro “Dragón Drogado”, mordisqueando pan de gambas y escuchando la tradicional melodía Guzheng frente a un pato laqueado, una sopa Wonton o el siempre dichoso Familia Feliz.
En una de estas veladas me revelaron que por estas cosas de las olas de migración, no todos los restaurantes que tenemos por chinos son en realidad de China. Algunos los llevan tailandeses, camboyanos, taiwaneses o a saber qué otro país oriental de ojos rasgados, y que todo esto de los restaurantes chinos no es más que un cuento chino de platos occidentalizados pringados hasta el pernil de salsa agridulce, picante y glutamato monosódico. Que los auténticos restaurantes chinos son los cantoneses, menos complacientes con nuestro paladar, donde los modernos de ahora van a comer, con gran destreza en el uso del palilleo, un ganso asado, el genuino Chop Suey o la variedad de pequeños bocaditos Dim Sum.
También me dijeron que los chinos, por su falta de modales, no están muy bien vistos por el resto de países de su entorno, y que si quería descubrir si el oriental en cuestión era chino o no, solo tenía que fijarme en la inclinación de sus ojos, o por ponérmelo más fácil, debía fijarme si este escupía o no al suelo, pues en su milenaria cultura este acto incívico es símbolo de higiene y salud, y es así como eliminan a fuerza de escupitajos públicos los mandarines residuos que habitan en su interior.
Desde entonces, por razones de paso me ha sido revelado que el camarero del Wok cercano a mi casa es genuino, pues el otro día, en la misma puerta de su local, con gran soltura le vi echar un escupitajo a dos carrillos de esos que hacen temblar el misterio, sin necesidad siquiera de apuntar, ya que para su ejecución no levantó la vista de la pantalla del móvil mientras revisaba el WhatsApp. Y que quien regenta el chino cercano al paseo marítimo es también fetén, pues el hombre tiene por costumbre sentarse al fresco a la entrada de su pequeño bazar, en una de las mismas sillas de playa que vende, y además de que el tipo cumple con el canon correcto de inclinación del párpado inferior, como doble verificación ya le he pillado echando al pavimento unos salivazos de esos que dan para pegar varios sellos y al tiempo pulen el adoquinado.
Falta por constatar el pedigrí del dueño del otro comercio chino, antiguo todo a 100, que desde hace años tengo a la vuelta de la esquina. Estas navidades entré a comprar un disco chino y andaba el hombre cortándose las uñas de los pies de cara a la clientela, junto a una enclenque oriental de ojitos almendrados que con fruición y asombrosa rapidez manejaba la caja registradora.
Este chino promete, pensé. Cuestión de tiempo que empiece a expectorar gapos.
Que recuerdos cuando comencé a ir a los restaurantes chinos que me encantaban y eran una lotería, un día si y otro no me sentaba mal la comida! Muy bueno!
ResponderEliminarMil gracias por tu comentario. Me alegro que te haya gustado el relato. Los restaurantes chinos de barrio era como aquella elección del susto o muerte. Durante años me engatusaron con aquel mito del lagarto pero ya lo he superado. Ahora me lo han sustituido por el sushi. Japo (que no gapo), mucho mas guay, caro y por supuesto mas posh.
EliminarBuenísimo!!! Jaja...había olvidado el licor de lagarto!!!! Jaaa... Genial, como siempre!!! 😂💖
EliminarEl exótico licor de lagarto. Elixir de vitalidad y fortaleza. La peor leyenda urbana que he probado.
EliminarMe ha encantado el relato
ResponderEliminarMe alegra mucho tenerte como lectora. Ante todo felicitarte por tu excelente novela. Me ha encantado. Escribes muy bien. Mucho mejor que Almudena, hazme caso. Tu Sinfonía para Cuerdas Rotas es magnífica. En cuanto a mi pequeño relato, quien me invitó a aquella primera experiencia con los chinos fue un tal Goyo que seguro te suena. En alguna de las entradas que he publicado en el blog aparece como personaje literario. Lo merecía. Tú también tienes voz. Échale un vistazo a Rattle and Hum, aunque no sé si después de tanto tiempo recordarás aquella anécdota.
EliminarNo me lo pierdo!!
EliminarNuestro buen amigo Goyo y yo, hace muy poquito que te rememoramos en una Feria del libro.
Qué recuerdos😄 y que fiel reflejo de la realidad chinil.... son tremendos, la verdad, pero yo sigo volviendo🙄🤗
EliminarComo sabes, hasta la adolescencia tardía él fue mi partenaire habitual. Como la inspiración de muchos relatos del blog es la nostalgia, Goyo tenía por fuerza que coprotagonizar varios de estos relatos: El Calayonga, el Viaje a la Luna y la Tigresa de Siberia. No hay mejor fórmula para dar credibilidad a un personaje que este sea real. Así fue convirtiéndose en una pieza sobre la que órbita un diminuto universo que sin yo pretenderlo ha ido creándose y donde se relacionan varias de mis publicaciones. A Aroa también la invitó a su caseta en la feria del libro cuando publicó su novela Proyecto Data P. No sé cómo se enteró de esto, pero la trató como a una reina. Seguro que a tí también.
ResponderEliminarEl chino que tengo debajo de casa debe ser andaluz de pura cepa ,da los buenos días e incluso sonríe ,en cierta ocasión le vi tomando una Cruzcampo , lo del escupitajo no lo he percibido aún , aunque reconozco que algunos malacitanas no se les da mal lo de escupir ,sin ir más lejos el sempiterno aunque jubilado "copito de nieve ".
ResponderEliminarMaravilla me ha encantado ☺
ResponderEliminarNos traslada a la antigua creencia del "síndrome chino" el cual inclusive médicos atribuían dolencias a la comida, todo quedó en leyenda de aquella época en la que surgían chinos como setas o como bien relatas podían ser chinos o cualquier otra cosa
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