La chispa adecuada.

Buena parte de lo que nos pasa en la vida ocurre por el efecto de una pequeña deflagración. 

Un imprevisto, un golpe de suerte, un incidente fortuito, una súbita reacción que podría concretarse en una décima de segundo.

Dicen que la casualidad es cruzarse con aquello que nunca habías buscado. 

Basta que el azar lance una bolita del tamaño de un garbanzo por una ladera nevada para que este provoque un tremendo alud. Arrojar una colilla encendida para incendiar miles de hectáreas de bosque. Elegir una mala palabra y que a alguien querido se lo lleven los demonios para siempre. Quitar un momento el dedo del agujero para que se te inunde el submarino, aunque también baste con poner otro dedo para que la embarcación emerja de las profundidades. 

Tenemos suerte los que podemos contar con más de diez dedos.

Todo lo relevante empieza por circunstancias que a primera vista carecían de importancia. Sin poder de elección, una célula se descontrola y se acabó tu futuro. Te duermes la siesta bajo un árbol y una manzana te descalabra de gravedad. Un día de tormenta abres el paraguas y te parte un rayo. Presentas a tu novia un amigo y poco después te brota calcio de la cabeza. El marido se ha tomado la tarde libre y te toca pasar la noche escondido en el armario.

Desestimar un pormenor hace que este se convierta en por mayor, y por causas del efecto mariposa todo se precipita hacia un trágico final mientras disfrutas cómicamente de tu vida. 

Son aquellas pequeñas cosas, que cantaba Serrat.

Quieras o no, estos días que se disfrazan de corrientes, a los cuales no habías prestado atención, acabarán señalados en rojo en tu calendario transformando profundamente tu vida, alterando tu existencia de forma significativa debido a la confusa interpretación de unos detalles que, por insignificantes, te habían pasado desapercibidos, carentes de preparación previa, y sin embargo ahí estaban, con la factura en la mano, incorruptibles, acechándote como una intuición, hirviéndote la sangre como la erupción que todo lo arrasa.

Es cierto que ante lo impredecible de nada sirve poner remedios: si no vas a poder esquivar el golpe de poco te servirá girar la cintura para evitar el puñetazo, y así por mucha precaución que le pongas, lo no esencial acabará alterando la esencia de lo que sí es fundamental.

No lo llames accidente. El azar hará que baste que no te guste el verde para que como patrón a alguien se le ocurra pintarte de ese color las paredes de tu casa. Y no cuentes con la indulgencia necesaria que les permita comprender al resto, que debido a esa causa-efecto, experimentes una enajenada ira que acabe transformándote en El Increíble Hulk.

Para ellos será incomprensible que la sincronía de unos pequeños detalles te hayan conducido a la tragedia, aunque es precisamente en esos detalles donde aseguran que dioses y diablos residen. 

Quizá allí nos esperen, pacientemente, para ver pasar nuestro cadáver por el umbral de su dorada puerta. 

No se lo pondremos fácil. 

Tan sólo hará falta encender la chispa adecuada.

Comentarios

  1. Así es! Muy bueno, me ha encantado!

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  2. Hay deflagraciones, también, que inspiran y nutren en alguna época vital. 19/09

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    1. ¡Y viernes! La sincronía de las fechas marcadas de rojo en el calendario.

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  3. Muy ha gustado, te lleva a las reflexiones que todos hemos pensado en alguna ocasión: "una tarde sin ningún plan coges el coche para comprar un décimo de lotería quieres probar suerte, un corto camino que te lleva a un accidentes, pero que cambiará tu suerte para el resto de tu vida..."

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    1. Gracias por tu comentario, Antonio. Así es. Una pequeña variación genera impredecibles consecuencias.

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