La vie en rose.
A mi derecha, en la terraza de la cervecería, tres chicas disfrutan del débil sol de otoño.
Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras.
Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea.
Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial y estudiado. Viste un mono de motorista color blanco que le está tan ajustado que podría reventarle por las costuras y alivia la presión de la prenda llevándolo abierto hasta el canalillo de sus senos, como en aquel viejo anuncio de colonia de “Busco a Jacqs”.
“El Christian” naturalmente se parece a Cristiano Ronaldo. Todos los Christian del mundo se le parecen. Mirada de macarrilla a la cámara del móvil, desafiante, como si el que le hubiese hecho la foto le debiera dinero. Lleva las cejas depiladas y perfectamente delineadas, como la Cleopatra de Elizabeth Taylor, barba de medio día, un pendiente remachado en cada oreja y el pelo tan encementado de gomina que ni siquiera el casco, en caso de usarlo, habría podido aplastarle las aristas del flequillo.
Para la efímera posteridad digital “El Christian” pisa firme con una bota el asfalto, mientras su otro pie descansa en la estribera de la moto. Se ha despojado de la parte superior del mono, pues debe hacer calor entre los bloques de aquel barrio del extrarradio, y enseña su cuerpo trabajado con pesas. Donde debía haber vello pectoral el pelo ha abandonado su lugar natural, podado, tal vez, por el vaivén de una hortera y gruesa cadena de oro golfi. “El Christian” sabe que eso del pelo en el pecho ya no se lleva y ha decidido decorar sus pectorales con un tatuaje maorí cuyo significado doy por seguro que desconoce. La cabeza de un pitbull rabioso asoma dibujado en un hombro y lleva el nombre de Vane tatuado cerca del corazón, como aquella copla de Concha Piquer.
¿Será ella “La Vane”? ¿Su Vane para toda la vida?
Una de las otras dos chicas, excesivamente maquillada, con un sofisticado moño alto y que luce grandes tetas ajamonadas sostenidas con firmeza por la tersa piel en esta edad capaz de desafiar a la gravedad, finge sentirse fascinada al ver la foto.
- Tía ¡Qué guaaaaaay! ¡Qué niño más mono!
- ¡Chulazo! – apostilla emocionada la más pacata de las tres, de piercing en el labio, gorra Keep Calm y accesorios kitsch, meditando cuál ha de ser su siguiente y apropiado comentario - ¡Pasón!
Y la protagonista asiente con un mohín residual de una corta infancia sin maquillar. Complacida, como una princesa de barrio que obtiene el beneplácito de su corte de chonis. Cani malote de pareja, con una potente y rápida moto como ajuar y éxito en las redes sociales ¡Qué más se puede pedir! ¿Un cameo en algún reality televisivo? ¿Investirse reina del reggaeton una noche de finde poligonera? La vie en rose.
Sin levantarse de la silla alarga el brazo sosteniendo en alto su smartphone, mientras con la otra mano se peina la melena, repetidas veces, una y otra vez, con interés romántico, echándose aquella mata de pelo con extensiones y teñido a dos colores hacia el lado donde ya se han colocado sus amigas para hacerse otro selfi más sin necesidad de tener ella que pedirlo.
La liturgia exige que las tres sonrían al mismo tiempo como si estuviesen pasando el mejor día de sus vidas. Espejismos a cambio de evidencias. Para hipersexualizar la escena, una provocativa lengua se apunta en el último momento a la foto no sin antes humedecer los labios con saliva de Coca-Cola.
Las camisetas de tonos flúor y estampados de leopardo se emputecen mostrando escote.
- ¡Una, dos y tres!
Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras.
Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea.
Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial y estudiado. Viste un mono de motorista color blanco que le está tan ajustado que podría reventarle por las costuras y alivia la presión de la prenda llevándolo abierto hasta el canalillo de sus senos, como en aquel viejo anuncio de colonia de “Busco a Jacqs”.
“El Christian” naturalmente se parece a Cristiano Ronaldo. Todos los Christian del mundo se le parecen. Mirada de macarrilla a la cámara del móvil, desafiante, como si el que le hubiese hecho la foto le debiera dinero. Lleva las cejas depiladas y perfectamente delineadas, como la Cleopatra de Elizabeth Taylor, barba de medio día, un pendiente remachado en cada oreja y el pelo tan encementado de gomina que ni siquiera el casco, en caso de usarlo, habría podido aplastarle las aristas del flequillo.
Para la efímera posteridad digital “El Christian” pisa firme con una bota el asfalto, mientras su otro pie descansa en la estribera de la moto. Se ha despojado de la parte superior del mono, pues debe hacer calor entre los bloques de aquel barrio del extrarradio, y enseña su cuerpo trabajado con pesas. Donde debía haber vello pectoral el pelo ha abandonado su lugar natural, podado, tal vez, por el vaivén de una hortera y gruesa cadena de oro golfi. “El Christian” sabe que eso del pelo en el pecho ya no se lleva y ha decidido decorar sus pectorales con un tatuaje maorí cuyo significado doy por seguro que desconoce. La cabeza de un pitbull rabioso asoma dibujado en un hombro y lleva el nombre de Vane tatuado cerca del corazón, como aquella copla de Concha Piquer.
¿Será ella “La Vane”? ¿Su Vane para toda la vida?
Una de las otras dos chicas, excesivamente maquillada, con un sofisticado moño alto y que luce grandes tetas ajamonadas sostenidas con firmeza por la tersa piel en esta edad capaz de desafiar a la gravedad, finge sentirse fascinada al ver la foto.
- Tía ¡Qué guaaaaaay! ¡Qué niño más mono!
- ¡Chulazo! – apostilla emocionada la más pacata de las tres, de piercing en el labio, gorra Keep Calm y accesorios kitsch, meditando cuál ha de ser su siguiente y apropiado comentario - ¡Pasón!
Y la protagonista asiente con un mohín residual de una corta infancia sin maquillar. Complacida, como una princesa de barrio que obtiene el beneplácito de su corte de chonis. Cani malote de pareja, con una potente y rápida moto como ajuar y éxito en las redes sociales ¡Qué más se puede pedir! ¿Un cameo en algún reality televisivo? ¿Investirse reina del reggaeton una noche de finde poligonera? La vie en rose.
Sin levantarse de la silla alarga el brazo sosteniendo en alto su smartphone, mientras con la otra mano se peina la melena, repetidas veces, una y otra vez, con interés romántico, echándose aquella mata de pelo con extensiones y teñido a dos colores hacia el lado donde ya se han colocado sus amigas para hacerse otro selfi más sin necesidad de tener ella que pedirlo.
La liturgia exige que las tres sonrían al mismo tiempo como si estuviesen pasando el mejor día de sus vidas. Espejismos a cambio de evidencias. Para hipersexualizar la escena, una provocativa lengua se apunta en el último momento a la foto no sin antes humedecer los labios con saliva de Coca-Cola.
Las camisetas de tonos flúor y estampados de leopardo se emputecen mostrando escote.
- ¡Una, dos y tres!
- Cheeeeeese.
Parece que las estoy viendo! Muy bueno!
ResponderEliminarEs cierto; lo lees y lo ves 😊 el chonismo ilustrado
ResponderEliminarGracias por vuestros comentarios. Me alegro que os haya gustado. Pues sí, allí estaban las tres, en la mesa de al lado. Estupendas, refinadas, aburridas, sin apenas hablarse, entretenidas pasando pantallas en el móvil. En un momento dado, como activada por un automatismo, una de ellas se levantó y se hizo un selfi con las otras dos. Para la posteridad una sonreía con una súbita felicidad, otra guiñaba el ojo y con pose provocativa sacaba la lengua, y la tercera, que no paraba de peinarse colocándose la melena con los índices detrás de las orejas como si sufriera un extraño tic, juntó los labios lanzando un beso al objetivo. En aquella foto las tres mostraban estar pasando el mejor día de sus vidas, pero una vez hecha y subida a sus respectivas redes sociales, volvieron a la pantalla del móvil, ajenas nuevamente las unas a las otras. Poco después pagaron aquellos pocos euros a escote y se marcharon en silencio. Yo pedí otra cerveza y pensé: “Esto debe ser la nueva vie en rose”.
ResponderEliminarMás pendientes de intentar demostrar lo que no son que de disfrutar sus propias vidas. A eso hemos llegado. ¡Qué pena!
ResponderEliminarQué bueno. La vida misma.
ResponderEliminar