Un cuento de terror.
- Date prisa cariño. El día se está poniendo feo.
Apenas escucho la voz de mi madre, pero sospecho que sigue ahí, hostigándome, enmudecida por el ruidoso motor del secador de pelo y los altavoces del viejo iPhone de mi padre. Me sorprende que aún funcione. Este bendito cacharro, un fósil de tiempos mejores, amuleto y testigo de aquellos años perdidos - <<Espejito, espejito mágico, ¿dinos quien es la niña más bella del reino?>> - resuena su voz en mi memoria, haciendo aquella pregunta al espejo del lavabo cada vez que me peinaba después del baño.
- <<¡Papá, haz lo de la horquillita!
- Vale, cariño… A ver, nada por aquí, nada por allá, pero ¿qué es esto que hay detrás de esta orejita?.
- ¡La horquillita! - exclamo con enorme júbilo al ver aparecer ese objeto de la nada - Papá, ¿eres mago?
- No, cielo. Soy prestidigitador.
- ¿Prestiqué? - y ambos nos tronchábamos de risa por mi impotencia para repetir la palabra más difícil del mundo>>.
Con unos últimos retoques me ajusto la ropa interior antes de salir del servicio, y rocío mi cuello con perfume, vaporizando el “Garantizado e Irresistible” olor a caramelo y vainilla Divain 117, comprado hace pocos días en Temu; acomodándome el pelo con una coleta, para verme reflejada en un pequeño hueco despejado de vaho en el empañado espejo de mi infancia.
-¡Cariño!
- Me estoy vistiendo mamá. Ya casi estoy lista.
- Pues no olvides recoger el cuarto de baño antes de irte. Siempre lo dejas todo tirado, como si estuvieses en un probador del Primark. Quizá no te hayas dado cuenta, pero no tenemos criados a nuestro servicio.
A través de la ventana, abierta para que se escape la condensación, observo cómo el día está oscureciéndose, ennegrecido por cargadas nubes de tormenta que poco a poco van eclipsando el sol, dejando una viscosa claridad plomiza. Echando un vistazo a la calle, advierto que el paisaje se ha cubierto con un espectral filtro color ceniza que desciende desde la atmósfera, velando los edificios de alrededor.
- ¿Has desayunado? - me pregunta desde la cocina.
- Sí, mamá.
- Una barrita energética y un vaso de leche no es desayunar ¿Te preparo una tostada?
- No, mamá.
- ¿No te parece que ya estás suficientemente delgada? El desayuno es la comida más importante del día. Te vas a quedar en el espíritu.
- Lo sé, mamá.
Para ambas, esta mansa resignación de la una a la otra es el único modo de relación tolerable. Un escudo efectivo para evitar espadazos de convivencia, conflictos y discusiones entre mi recién conquistada independencia y su resistencia a aceptar que ya no soy aquella chiquilla que llevaba de la mano al colegio. Supongo que una persona siempre es lo que es en función de la visión que de ella tenga su entorno más cercano, y en mi vida familiar, esa es mi madre.
“Las nuevas generaciones desplazan el centro de gravedad de las anteriores”, no recuerdo donde lo leí.
- ¿Qué es lo que tengo que llevarme?
- Esa mochila que hay en la entrada. Con eso creo que tu abuela tendrá suficiente comida hasta que yo pueda ir a verla mañana o pasado ¿Pero no te irás a marchar con ese vestido tan escotado? - me previene asomándose al quicio de la puerta - Ya no estamos en verano. Acaso no has visto cómo está el día ¡Con la que va a caer! Anda, ponte el jersey y un abrigo, y coge un paraguas.
- Voy bien mamá. Tardo poco en llegar a casa de la abuela. Aún no hace frío y los paraguas ya sabes que por costumbre los pierdo.
- Pues al menos ponte el chubasquero y tápate la cabeza con la capucha. Parece que va a caer el diluvio.
- Sí, mamá.
Pese a los años aún sigue tratándome como a una cría. Desde la trágica muerte de papá su tiempo parece haberse detenido, resistiéndose a superar el trauma, a sufrir los efectos del cambio y sanar aceptando sus emociones.
- <<Y ahora mi princesa se va a la cama.
- Pero antes hazme el abrazo de Papá Oso.
- !Grrrrrr!
- Jo, qué mal gruñes papi.>>
“La autocompasión es una droga dura” decía otra cita olvidadiza.
A ella, cada vez le cuesta más esfuerzo guardarse para sí misma el irreprimible temor de que cada día se cierne sobre nosotras una nueva amenaza vital, y así la vida, al tiempo que ha ido robándole su juventud y felicidad, ha ido encerrandola en su propio laberinto, engañandola, enseñándola sin motivos ni pruebas a sobrevivir con la escalofriante compañía del miedo, sin que admita que la auténtica amenaza, el verdadero enemigo al que hay que temer, es al propio miedo.
“La mejor seguridad está en el temor”, me suele repetir obstinada, levantando enérgicamente su dedo índice, imponiendo esta máxima en otra muestra de nuestra adicción a las puñeteras citas, está vez de Shakespeare o Marlowe.
- Dale un beso a la abuela de mi parte y ten mucho cuidado. Ya ves qué oscuro se ha puesto el día y algunas partes de la ciudad son cada vez más inseguras. Cuando yo tenía tu edad podía salir a la calle con total tranquilidad. De día y de noche. Ahora en cambio … ¡Tanta libertad trae el libertinaje!
Pero sin que ella lo sepa su voz ya ha sido enmudecida por la música de los auriculares. Desde mi cuenta pirata de Spotify, la batería de Boris Williams acomete los primeros acordes de “Fascination Street”. Desintegration y The Cure, perfecta mezcla para una tormenta.
Al salir a la calle el aguacero llega. Desde el zaguán veo como a lo lejos las nubes perseveran en su empeño de acumularse en densos grupos que colisionan entre sí, cargándose de electricidad, y la humedad del aire se transforma en una fina lluvia que se derrama obligándome a ajustar la capucha. A lo lejos resuena un primer trueno que cierra de un sonoro portazo la seguridad del hogar, y me ciño el impermeable al cuello con un lazo, caminando a paso rápido, con las manos metidas en los bolsillos, por las calles vacías de reluciente asfalto, atajando la ruta hacía la casa de la abuela por la espesura del parque, adentrándome en los senderos de tierra que rodean desde lejos la zona infantil.
Con la tenue iluminación del día las farolas se han encendido, alumbrando con una luz mortecina el espacio agreste, y los árboles, sucios de contaminación, parecen cerrar el camino tras de mí, enramándose entre ellos, formando una tupida vegetación. Las hojas dormidas de sus ramas han despertado con el viento, braceando sus tallos con los violentos flujos de viento, sacudidos con violencia, mientras una masa de nubes cae en cascada desde las capas más altas de la atmósfera, ocultando los débiles rayos de sol de octubre, sumiendo la mañana en un encapotado ocaso.
El parque está vacío. No hay niños jugando, ni gente paseando el perro. Tampoco adolescentes enamorados comiéndose a besos enredados el uno en el otro sentados en un banco. Todos parecen estar encerrados en sus casas, a salvo de la amenaza de este día desapacible, aislados, intimidados por la tormenta que arrecia golpeando los cristales empañados de sus ventanas “espejito, espejito”, vigilando desde la seguridad de sus hogares a las espectrales sombras que surgen de entre los árboles como una emanación fantasmal, allí por donde la ventisca aúlla subiendo y bajando de tono, cuando el camino de grava se va adentrando en el corazón del bosque urbano, en la densidad de su flora salpicada por las hojas muertas del otoño.
“In hopelessness and prayers for rain. Prayers for rain”, canta Robert Smith siguiendo el orden de la playlist.
La lluvia y los charcos van calando de agua el interior de las zapatillas, absorbiendo toda esa humedad exterior, mojándome los calcetines de Bob Esponja: de vuelta a casa mis pies serán como Fondo de Bikini, sonrió para mi misma, y pienso en aquellas botas de agua, de aspecto ortopédico que debí comprarme, en vez de estas deportivas rojas imitación Vans que conseguí a buen precio, embrujada por otra irresistible oferta de AliExpress. Recuerdo que mi madre se puso hecha una furia, diciéndome que solo servían para presumir.
- ¿Pero se puede saber para qué quieres unas zapatillas rojas? Si vas a gastar el poco dinero que tienes cómprate mejor algo más práctico. Unas botas para este invierno seguro que te harán más falta.
- Me gustan estas zapatillas, mamá. Y también me las puedo poner en invierno, van a juego con el chubasquero.
Confío que la mochila de Goretex sea tan auténtica como dice su etiqueta “Made in Taiwan”, porque si no la comida de mi abuela va a llegar como salida de un naufragio.
Despertada en mis pensamientos por el trueno que da inicio a “The Same Deep Water As You”, hago una pausa en la canción para escuchar la tormenta real, y sorprendida por mi instinto animal me doy cuenta que los pájaros han dejado de cantar. A mi paso la arboleda permanece muda, encerrada en una campana de silencio. El viento acuoso sopla más fuerte y un relámpago enciende el cielo anunciando la compañía cada vez más cercana del consiguiente estruendo. El sol ya no es más que un difuso disco oscurecido por negras nubes, fantasmagórico, cuya luz negativa proyecta a través de la lluvia terroríficas formas que bailan y acechan a cada giro del agreste camino. Entonces, entre la siniestra sucesión de sombras, con aturdido espanto me doy cuenta que no estoy sola. Una de esas vaporosas siluetas se ha vuelto material ante mis ojos. Su forma es la de un tipo, grande como una montaña, que sale entre la espesura umbría, en la curva del sendero.
- Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí? – se pregunta con voz ronca.
Me quedo hipnotizada por el oscuro resplandor que emiten sus gafas de sol con efecto espejo <<¿Quien lleva gafas de sol un día sin sol? >> Su presencia me ha sorprendido de tal modo que en solo dos zancadas ha conseguido situarse frente a mí, cortándome el paso. Su aspecto es monstruoso y su pelaje una camisa amarillenta pegada al cuerpo, abierta hasta mitad del velludo pecho, y una desgastada pelliza rockera de cuero negra. Lleva un ajustado pantalón vaquero, abultado en la entrepierna, y tiene la bragueta a medio bajar. El cabello, de estética rockabilly, grasiento y sucio, está empapado de agua. Ganado de gimnasio y pose de macarra, observo con un profundo asco. Su cara es una amalgama de picaduras de varicela y descuidada barba. Por lo calado que está, hasta los huesos, da la sensación de llevar bastante rato a la intemperie, esperando agazapado, ajeno a la tormenta, acechando como un depredador.
- ¡Menuda sorpresa! Con la que está cayendo y caminando tan solita por el parque. Una chica tan guapa e inocente. Estos días tan malos son para que las niñas buenas se queden a salvo en sus casas ¿Acaso no te lo han advertido tus papás?
Paralizada por el sobresalto, con la boca seca, me cuesta articular palabra.
- Y veo que te gusta el color rojo ¿Dime dónde vas, Caperucita?
- Voy a casa de mi abuelita.
Acercándose más, con otro rápido paso, pega su enorme cuerpo al mío, para con delicadeza, tomándose su tiempo, desabrocharme el impermeable que llevo anudado con un lazo a la garganta. Sin prisas, muy despacio, sin temor a ser descubierto, recreando la vista en el escote de mi pequeño pecho. Se relame excitado la saliva seca de la comisura de sus labios. Su sucia boca está repleta de afilados dientes amarillos, afectados por la nicotina y el alquitán. Un nuevo relámpago electrifica el aire cargándose de ozono, al tiempo que el monstruo acerca sus fauces a mi cuello, deseoso de morder con avidez. Su aliento apesta, su cuerpo hiede por la falta de higiene y la activación de las bacterias con el agua, y detrás del cristal de las gafas de sol, como si fuesen bombillas led, sus ojos despiden un brillo homicida.
- Cuéntame, Caperucita ¿Dime qué más te gusta? ¿Acaso llevas otras prendas rojas escondidas? ¿Te gustan las cosas guarras, querida niña? Por aquí - y con la larga punta de una navaja salida de la nada <<soy prestidigitador>> como el escalpelo de un cirujano que practicase una fina incisión, hace un surco que va de mi garganta hacía abajo -. Por esta deliciosa y virginal porción de piel, en breves instantes va a resbalar una generosa parte de mi saliva. Y si eres buena y te portas bien, incluso quizá, otros fluidos aún más espesos.
El creciente peso del agua hace que la capucha se escurra por mi nuca, resbalando, y una profunda vergüenza se apodera de mí cuando con ella arrastra hasta el suelo encharcado al resto del chubasquero, quedando así mi delgado cuerpo al descubierto, desnuda sin la protección del impermeable “hoy te vas a quedar en el espíritu”. Paralizada de terror, el monstruo acomete voraz, tirándome de la coleta con violencia, sacudiendo mi cabeza hacía atrás, obligándome a mirarle a la cara. Una fuente de sudor se mezcla con la lluvia que resbala por mi espalda. La boca me sabe a metal y potentes palpitaciones, parecidas a golpes dados a un tambor, golpean mis sienes según el ritmo cardiaco se acelera.
- Hueles dulce, cariño - me dice al oído inspirando con fuerza -. Yo soy tu Lobo Feroz, Caperucita. Voy a lamerte este perfume de caramelo tuyo, y voy a morderte, a devorarte, y serás mía para siempre. Aullaré un buen rato sobre ti, querida niña.
No estoy asustada. No le tengo miedo, intento convencerme a mí misma cerrando con fuerza los ojos, tratando de despertar de esta pesadilla. “I will kiss you” canta Robert Smith al volverse a activar automáticamente los auriculares.
Mi respiración se entrecorta y el cerebro desconecta mi parte consciente cuando el monstruo me somete a una robusta sujeción <<el verdadero abrazo de Papá Oso>> del cual no puedo huir. Su fuerza me levanta varios palmos del suelo para después proyectarme en el aire con un violento giro. Ambos caemos al embarrado césped, yo abajo y el monstruo arriba, sometida y aplastada por su enorme peso.
Esto puede estar pasando. No es real, me miento al borde de la inconsciencia.
Desde un lugar ya muy lejano, Desintegration, sigue sonando en el viejo dispositivo de mi papá.
Apenas escucho la voz de mi madre, pero sospecho que sigue ahí, hostigándome, enmudecida por el ruidoso motor del secador de pelo y los altavoces del viejo iPhone de mi padre. Me sorprende que aún funcione. Este bendito cacharro, un fósil de tiempos mejores, amuleto y testigo de aquellos años perdidos - <<Espejito, espejito mágico, ¿dinos quien es la niña más bella del reino?>> - resuena su voz en mi memoria, haciendo aquella pregunta al espejo del lavabo cada vez que me peinaba después del baño.
- <<¡Papá, haz lo de la horquillita!
- Vale, cariño… A ver, nada por aquí, nada por allá, pero ¿qué es esto que hay detrás de esta orejita?.
- ¡La horquillita! - exclamo con enorme júbilo al ver aparecer ese objeto de la nada - Papá, ¿eres mago?
- No, cielo. Soy prestidigitador.
- ¿Prestiqué? - y ambos nos tronchábamos de risa por mi impotencia para repetir la palabra más difícil del mundo>>.
Con unos últimos retoques me ajusto la ropa interior antes de salir del servicio, y rocío mi cuello con perfume, vaporizando el “Garantizado e Irresistible” olor a caramelo y vainilla Divain 117, comprado hace pocos días en Temu; acomodándome el pelo con una coleta, para verme reflejada en un pequeño hueco despejado de vaho en el empañado espejo de mi infancia.
-¡Cariño!
- Me estoy vistiendo mamá. Ya casi estoy lista.
- Pues no olvides recoger el cuarto de baño antes de irte. Siempre lo dejas todo tirado, como si estuvieses en un probador del Primark. Quizá no te hayas dado cuenta, pero no tenemos criados a nuestro servicio.
A través de la ventana, abierta para que se escape la condensación, observo cómo el día está oscureciéndose, ennegrecido por cargadas nubes de tormenta que poco a poco van eclipsando el sol, dejando una viscosa claridad plomiza. Echando un vistazo a la calle, advierto que el paisaje se ha cubierto con un espectral filtro color ceniza que desciende desde la atmósfera, velando los edificios de alrededor.
- ¿Has desayunado? - me pregunta desde la cocina.
- Sí, mamá.
- Una barrita energética y un vaso de leche no es desayunar ¿Te preparo una tostada?
- No, mamá.
- ¿No te parece que ya estás suficientemente delgada? El desayuno es la comida más importante del día. Te vas a quedar en el espíritu.
- Lo sé, mamá.
Para ambas, esta mansa resignación de la una a la otra es el único modo de relación tolerable. Un escudo efectivo para evitar espadazos de convivencia, conflictos y discusiones entre mi recién conquistada independencia y su resistencia a aceptar que ya no soy aquella chiquilla que llevaba de la mano al colegio. Supongo que una persona siempre es lo que es en función de la visión que de ella tenga su entorno más cercano, y en mi vida familiar, esa es mi madre.
“Las nuevas generaciones desplazan el centro de gravedad de las anteriores”, no recuerdo donde lo leí.
- ¿Qué es lo que tengo que llevarme?
- Esa mochila que hay en la entrada. Con eso creo que tu abuela tendrá suficiente comida hasta que yo pueda ir a verla mañana o pasado ¿Pero no te irás a marchar con ese vestido tan escotado? - me previene asomándose al quicio de la puerta - Ya no estamos en verano. Acaso no has visto cómo está el día ¡Con la que va a caer! Anda, ponte el jersey y un abrigo, y coge un paraguas.
- Voy bien mamá. Tardo poco en llegar a casa de la abuela. Aún no hace frío y los paraguas ya sabes que por costumbre los pierdo.
- Pues al menos ponte el chubasquero y tápate la cabeza con la capucha. Parece que va a caer el diluvio.
- Sí, mamá.
Pese a los años aún sigue tratándome como a una cría. Desde la trágica muerte de papá su tiempo parece haberse detenido, resistiéndose a superar el trauma, a sufrir los efectos del cambio y sanar aceptando sus emociones.
- <<Y ahora mi princesa se va a la cama.
- Pero antes hazme el abrazo de Papá Oso.
- !Grrrrrr!
- Jo, qué mal gruñes papi.>>
“La autocompasión es una droga dura” decía otra cita olvidadiza.
A ella, cada vez le cuesta más esfuerzo guardarse para sí misma el irreprimible temor de que cada día se cierne sobre nosotras una nueva amenaza vital, y así la vida, al tiempo que ha ido robándole su juventud y felicidad, ha ido encerrandola en su propio laberinto, engañandola, enseñándola sin motivos ni pruebas a sobrevivir con la escalofriante compañía del miedo, sin que admita que la auténtica amenaza, el verdadero enemigo al que hay que temer, es al propio miedo.
“La mejor seguridad está en el temor”, me suele repetir obstinada, levantando enérgicamente su dedo índice, imponiendo esta máxima en otra muestra de nuestra adicción a las puñeteras citas, está vez de Shakespeare o Marlowe.
- Dale un beso a la abuela de mi parte y ten mucho cuidado. Ya ves qué oscuro se ha puesto el día y algunas partes de la ciudad son cada vez más inseguras. Cuando yo tenía tu edad podía salir a la calle con total tranquilidad. De día y de noche. Ahora en cambio … ¡Tanta libertad trae el libertinaje!
Pero sin que ella lo sepa su voz ya ha sido enmudecida por la música de los auriculares. Desde mi cuenta pirata de Spotify, la batería de Boris Williams acomete los primeros acordes de “Fascination Street”. Desintegration y The Cure, perfecta mezcla para una tormenta.
Al salir a la calle el aguacero llega. Desde el zaguán veo como a lo lejos las nubes perseveran en su empeño de acumularse en densos grupos que colisionan entre sí, cargándose de electricidad, y la humedad del aire se transforma en una fina lluvia que se derrama obligándome a ajustar la capucha. A lo lejos resuena un primer trueno que cierra de un sonoro portazo la seguridad del hogar, y me ciño el impermeable al cuello con un lazo, caminando a paso rápido, con las manos metidas en los bolsillos, por las calles vacías de reluciente asfalto, atajando la ruta hacía la casa de la abuela por la espesura del parque, adentrándome en los senderos de tierra que rodean desde lejos la zona infantil.
Con la tenue iluminación del día las farolas se han encendido, alumbrando con una luz mortecina el espacio agreste, y los árboles, sucios de contaminación, parecen cerrar el camino tras de mí, enramándose entre ellos, formando una tupida vegetación. Las hojas dormidas de sus ramas han despertado con el viento, braceando sus tallos con los violentos flujos de viento, sacudidos con violencia, mientras una masa de nubes cae en cascada desde las capas más altas de la atmósfera, ocultando los débiles rayos de sol de octubre, sumiendo la mañana en un encapotado ocaso.
El parque está vacío. No hay niños jugando, ni gente paseando el perro. Tampoco adolescentes enamorados comiéndose a besos enredados el uno en el otro sentados en un banco. Todos parecen estar encerrados en sus casas, a salvo de la amenaza de este día desapacible, aislados, intimidados por la tormenta que arrecia golpeando los cristales empañados de sus ventanas “espejito, espejito”, vigilando desde la seguridad de sus hogares a las espectrales sombras que surgen de entre los árboles como una emanación fantasmal, allí por donde la ventisca aúlla subiendo y bajando de tono, cuando el camino de grava se va adentrando en el corazón del bosque urbano, en la densidad de su flora salpicada por las hojas muertas del otoño.
“In hopelessness and prayers for rain. Prayers for rain”, canta Robert Smith siguiendo el orden de la playlist.
La lluvia y los charcos van calando de agua el interior de las zapatillas, absorbiendo toda esa humedad exterior, mojándome los calcetines de Bob Esponja: de vuelta a casa mis pies serán como Fondo de Bikini, sonrió para mi misma, y pienso en aquellas botas de agua, de aspecto ortopédico que debí comprarme, en vez de estas deportivas rojas imitación Vans que conseguí a buen precio, embrujada por otra irresistible oferta de AliExpress. Recuerdo que mi madre se puso hecha una furia, diciéndome que solo servían para presumir.
- ¿Pero se puede saber para qué quieres unas zapatillas rojas? Si vas a gastar el poco dinero que tienes cómprate mejor algo más práctico. Unas botas para este invierno seguro que te harán más falta.
- Me gustan estas zapatillas, mamá. Y también me las puedo poner en invierno, van a juego con el chubasquero.
Confío que la mochila de Goretex sea tan auténtica como dice su etiqueta “Made in Taiwan”, porque si no la comida de mi abuela va a llegar como salida de un naufragio.
Despertada en mis pensamientos por el trueno que da inicio a “The Same Deep Water As You”, hago una pausa en la canción para escuchar la tormenta real, y sorprendida por mi instinto animal me doy cuenta que los pájaros han dejado de cantar. A mi paso la arboleda permanece muda, encerrada en una campana de silencio. El viento acuoso sopla más fuerte y un relámpago enciende el cielo anunciando la compañía cada vez más cercana del consiguiente estruendo. El sol ya no es más que un difuso disco oscurecido por negras nubes, fantasmagórico, cuya luz negativa proyecta a través de la lluvia terroríficas formas que bailan y acechan a cada giro del agreste camino. Entonces, entre la siniestra sucesión de sombras, con aturdido espanto me doy cuenta que no estoy sola. Una de esas vaporosas siluetas se ha vuelto material ante mis ojos. Su forma es la de un tipo, grande como una montaña, que sale entre la espesura umbría, en la curva del sendero.
- Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí? – se pregunta con voz ronca.
Me quedo hipnotizada por el oscuro resplandor que emiten sus gafas de sol con efecto espejo <<¿Quien lleva gafas de sol un día sin sol? >> Su presencia me ha sorprendido de tal modo que en solo dos zancadas ha conseguido situarse frente a mí, cortándome el paso. Su aspecto es monstruoso y su pelaje una camisa amarillenta pegada al cuerpo, abierta hasta mitad del velludo pecho, y una desgastada pelliza rockera de cuero negra. Lleva un ajustado pantalón vaquero, abultado en la entrepierna, y tiene la bragueta a medio bajar. El cabello, de estética rockabilly, grasiento y sucio, está empapado de agua. Ganado de gimnasio y pose de macarra, observo con un profundo asco. Su cara es una amalgama de picaduras de varicela y descuidada barba. Por lo calado que está, hasta los huesos, da la sensación de llevar bastante rato a la intemperie, esperando agazapado, ajeno a la tormenta, acechando como un depredador.
- ¡Menuda sorpresa! Con la que está cayendo y caminando tan solita por el parque. Una chica tan guapa e inocente. Estos días tan malos son para que las niñas buenas se queden a salvo en sus casas ¿Acaso no te lo han advertido tus papás?
Paralizada por el sobresalto, con la boca seca, me cuesta articular palabra.
- Y veo que te gusta el color rojo ¿Dime dónde vas, Caperucita?
- Voy a casa de mi abuelita.
Acercándose más, con otro rápido paso, pega su enorme cuerpo al mío, para con delicadeza, tomándose su tiempo, desabrocharme el impermeable que llevo anudado con un lazo a la garganta. Sin prisas, muy despacio, sin temor a ser descubierto, recreando la vista en el escote de mi pequeño pecho. Se relame excitado la saliva seca de la comisura de sus labios. Su sucia boca está repleta de afilados dientes amarillos, afectados por la nicotina y el alquitán. Un nuevo relámpago electrifica el aire cargándose de ozono, al tiempo que el monstruo acerca sus fauces a mi cuello, deseoso de morder con avidez. Su aliento apesta, su cuerpo hiede por la falta de higiene y la activación de las bacterias con el agua, y detrás del cristal de las gafas de sol, como si fuesen bombillas led, sus ojos despiden un brillo homicida.
- Cuéntame, Caperucita ¿Dime qué más te gusta? ¿Acaso llevas otras prendas rojas escondidas? ¿Te gustan las cosas guarras, querida niña? Por aquí - y con la larga punta de una navaja salida de la nada <<soy prestidigitador>> como el escalpelo de un cirujano que practicase una fina incisión, hace un surco que va de mi garganta hacía abajo -. Por esta deliciosa y virginal porción de piel, en breves instantes va a resbalar una generosa parte de mi saliva. Y si eres buena y te portas bien, incluso quizá, otros fluidos aún más espesos.
El creciente peso del agua hace que la capucha se escurra por mi nuca, resbalando, y una profunda vergüenza se apodera de mí cuando con ella arrastra hasta el suelo encharcado al resto del chubasquero, quedando así mi delgado cuerpo al descubierto, desnuda sin la protección del impermeable “hoy te vas a quedar en el espíritu”. Paralizada de terror, el monstruo acomete voraz, tirándome de la coleta con violencia, sacudiendo mi cabeza hacía atrás, obligándome a mirarle a la cara. Una fuente de sudor se mezcla con la lluvia que resbala por mi espalda. La boca me sabe a metal y potentes palpitaciones, parecidas a golpes dados a un tambor, golpean mis sienes según el ritmo cardiaco se acelera.
- Hueles dulce, cariño - me dice al oído inspirando con fuerza -. Yo soy tu Lobo Feroz, Caperucita. Voy a lamerte este perfume de caramelo tuyo, y voy a morderte, a devorarte, y serás mía para siempre. Aullaré un buen rato sobre ti, querida niña.
No estoy asustada. No le tengo miedo, intento convencerme a mí misma cerrando con fuerza los ojos, tratando de despertar de esta pesadilla. “I will kiss you” canta Robert Smith al volverse a activar automáticamente los auriculares.
Mi respiración se entrecorta y el cerebro desconecta mi parte consciente cuando el monstruo me somete a una robusta sujeción <<el verdadero abrazo de Papá Oso>> del cual no puedo huir. Su fuerza me levanta varios palmos del suelo para después proyectarme en el aire con un violento giro. Ambos caemos al embarrado césped, yo abajo y el monstruo arriba, sometida y aplastada por su enorme peso.
Esto puede estar pasando. No es real, me miento al borde de la inconsciencia.
Desde un lugar ya muy lejano, Desintegration, sigue sonando en el viejo dispositivo de mi papá.
“Kiss me goodbye. So we shall be together ”
Se acelera el corazón solo de leerlo, muy bueno!
ResponderEliminarUna pesadilla muy real, o una real pesadilla. Muy bueno.
ResponderEliminarGracias por vuestros comentarios. Un cuento de terror fue mi segunda aportación a la revista cultural Mitad Doble, hace ya una década, en una edición dedicada a los cuentos infantiles, aunque por circunstancias entregué el relato fuera de plazo y nunca fue publicado. Todos los cuentos tradicionales están repletos de monstruos, brujas, crueldad, soledad ante el peligro y mucho miedo. En mi modernización del clásico actualicé esos elementos adaptándolo a un entorno urbano y actual, donde el monstruo no podía ser otro que aquel que va a cometer el delito más repugnante de todos. Como el mundo gira a gran velocidad, en estos diez años han cambiado muchas cosas. En el relato original no existía por entonces Temu y AliExpress no estaba tan implantada en España, por lo que tuve que rejuvenecer el texto poniéndolo al día. En el original la protagonista escuchaba música en un iPod en vez del smartphone que ahora todos usamos, y cuando terminé de escribirlo caí en la cuenta de que ella pudo usarlo para lo que realmente necesitaba, que era pedir ayuda, pero lo dejé como estaba, pues el uso que damos al móvil lo ha convertido en lo menos parecido a un teléfono. La música está presente en la mayoría de mis relatos y para la ocasión The Cure y Desintegration eran la banda sonora perfecta. Concretamente de la canción 7 a la 9 del disco están ajustadas al tiempo de la historia, desde que la niña sale a la calle hasta el final del relato. Casi como si hubiesen sido compuestas para el texto, o quizá fue al revés.
ResponderEliminarUffffff, Que horror.
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