Un perro, los gimnasios, y otras cosas que me han contado,

De naturaleza tranquila y gusto por el sedentarismo, preceptivamente, como si se tratase de un mandamiento divino, cada dos domingos me sacan temprano de casa, tal que cogido de la oreja, con la sana idea de practicar senderismo, una actividad llevadera, deportivamente hablando, saludable y al aire libre, la cual pese a sus muchos beneficios, como digo, habitualmente la desempeño con razonables carencias de voluntad. Así me paso esas mañanas de excursión caminando por empinadas sendas repletas de piedras que me llevan montaña arriba, montaña abajo, montaña arriba … para que mis pulmones, a pleno pulmón, disfruten de esos repechos tan pastoriles que tiene la naturaleza, rodeado de pinos piñoneros y carrascos, algunas jaras, algún madroño, quizá un lentisco del sotobosque, con las pulsaciones de mi perezoso corazón al ritmo de los tambores de la selva de Tarzán, penando durante tres o cuatro horas, en las cuales deambulo por las pendientes de ese silvestre espacio tan ajeno a mi condición urbanita, canturreando viejas canciones a fin de recrear mi aburrimiento, rumiando en silencio inocuas maldiciones, con el siempre consolador pensamiento de las cervezas que me voy a beber en la primera venta que encuentre, nada más se acabe la puñetera ruta.

En uno de estos paseos rupestres, por los cuales no es raro perderse alargando con ello la sufrida experiencia, en la cima de una montaña con impresionantes vistas, una mañana observé como desde una ladera cercana bajaba un tipo corriendo a gran velocidad. Vestía deportivamente, y llevaba la espalda erguida, los hombros relajados y la mirada al frente, respiración acompasada, zancadas ligeras optimizando la propulsión sin apenas esforzarse, y oteaba aquel hombre el accidentado terreno a través de unas deportivas gafas de sol de vivos colores para así protegerse de los temibles rayos UVA y UVB, chupando un tubo de hidratación como un niño ausente sorbe una horchata en una heladería una tarde de agosto. Al atleta, "Mr. Trail Running", le acompañaba su perro, de mediano tamaño, el cual bajaba jadeando junto a él, con un estilo nítidamente más sufrido que el ritmo de su ágil dueño. Al angelito daba lástima verlo con su resignado correteo, y por un momento la mirada del can se cruzó con la mía. En ese efímero instante pude atisbar que al sabueso le rondaba por su perruno cerebro mi mismo pesar, y sentí que telepáticamente me transmitía lo siguiente: 

- “Joder tío ¡Qué perra suerte la mía! De todos los amos que podía tener me ha tocado este majara del deporte y no hay día que no me saque a correr. Con lo a gusto que estaría yo en casa, llenando de pelos el sofá y lamiéndome los huevos, mordisqueando mi viejo juguete masticable o en la terraza de un bar comiendo todo aquello que como maná me cayese de la mesa. Pero no, aquí estoy en la puñetera montaña de los cojones, haciendo kilómetros sin fin ni pavimento alguno. Me duelen las almohadillas plantares que no veas y este cabrón no se cansa nunca ¡Maldita cinología! Si tantas ganas tenía de ir por el monte que se hubiese hecho pastor de ovejas y comprado un border collie. Ganas me dan de morderle las piernas para ver como bajaba entonces la montaña. Si llego a saber esto no me pongo la antirrábica ¡Me cago en César Millán!” 

Todo eso me dijo a modo de saludo y despedida antes de que ambos, perro y amo, se perdieran de vista trotando cuesta abajo.

Aquel infeliz animal me produjo una gran tristeza. 

La culpa es de los gimnasios, me dije a mi mismo poniendo la cara circunspecta de quien finge disfrutar del paisaje con el único fin de prolongar unos minutos más el descanso. Y es que los gimnasios son el mal de nuestros días. 

Que yo recuerde, cuando era joven en mi barrio no había ni un solo gimnasio. Si, existía uno, pero a varias paradas de autobús, con lo que la distancia y el picar billete desanimaba apuntarse. Era uno de estos para hacer pesas y extravagancias parecidas. Una rudimentaria y sombría forja de culturistas embrutecidos a los que el ejercicio les pone cara de cobrador de deudas, tendentes a padecer bruxismo y capaces de llevar manga corta durante una Filomena con tal de que se les vean los músculos. También recuerdo que por aquel entonces, la restringida charla que existía en mi adolescente círculo social referente a los gimnasios eran aquellas anécdotas que nadie se creía pero que se contaban en plan “¡Sujétame el cubata!”, como el exagerado acontecimiento de alguna barbaridad de la que evidentemente nadie fue testigo porque jamás ocurrió.

- Pues me han dicho que Pepito, el hermano mayor de Juanito, ya levanta ciento cincuenta kilos en press de banca.

- Mira tu que bien le va la vida. No sabía que Pepito tuviera una cuenta corriente. Nunca tuvo un duro y jamás le vimos sacar la cartera ¿Y dices que ya tiene 150 millones en el banco?

- Pues Juanito, el hermano menor de Pepito, hace series de curl de bíceps sin cansarse y extiende los tríceps en polea baja que da gusto verlo. Dicen que el otro día hizo mil flexiones y dos mil abdominales sin despeinarse.

- Se veía que iba a quedarse calvo. Como su padre. Cuestión de genes.

Batallitas así se contaban en aquellas ocasiones litrona en mano, para no volverse a hablar del tema de los gimnasios hasta que otro colega del barrio, motivado por el estreno de la última película de Schwarzenegger o del Stallone, se apuntaba a otro de estos gimnasios para imitar a sus ídolos, ensanchar pectorales, fortalecer cuádriceps y fulminarte con una mirada. Así era como la leyenda urbana se renovaba de exageración en exageración con el fin de alcanzar la posteridad, pero como mis barbaridades ya despuntaban por otros derroteros, nunca tuve interés alguno por pasar frío en una tormenta de nieve para exhibir mis progresos, mi insolvencia ahuyentaba créditos y morosos a partes iguales, y por si fuera poco no entraba en mis planes ir por la vida poniendo cara de no ir regularmente al retrete, siempre carecí de la motivación necesaria para apuntarme a un gimnasio, aunque he de reconocer que una vez entré en uno y como aquello carecía de una mínima ventilación olía como la galera de Ben-Hur después de duros meses de travesía.

Por entonces además la gente no tenía tiempo para gimnasios. Como había menos paro y el teletrabajo era ciencia ficción, los sufridos vecinos se levantaban de la cama para tragarse largas horas de atasco a fin de llegar al curro. Muchas horas después volvían a casa por el mismo camino y parecida velocidad, y con esa penosidad, tras varias vueltas a la manzana buscando aparcamiento, uno se iba al bar a desahogarse de los efectos de la jodida realidad pidiendo dos cargados cubatas apoyado en la barra, aún con los dedos negros de grasa de motor y más despeinado que el autor de un cunnilingus con final feliz. Después de aquella cotidiana ceremonia, lo que quedase de aquel pobre infeliz se iba a su casa a dar muestras a la familia de que seguía vivo y aun había esperanzas de cobrar otra nómina, para después darse una buena ducha, cenar y echar en el sofá lo que quedase de día viendo "El Precio Justo", que mañana había que repetir la hazaña con puntualidad más o menos británica. De modo que no me imagino a ninguno de aquellos resignados vecinos míos haciendo hueco en su repleta agenda diaria para ir a practicar cardio corriendo en una cinta, hacer bicicleta estática o tonificar los riñones dándole con brío al remo indoor, a no ser claro que el pobre estuviese chungo de cojones y estas perversas actividades se las hubiese prescrito un médico.

Sin embargo he aquí que ahora la gente va mucho al gimnasio, y las vecinas ya no se ven en el mercado discutiendo los precios con el pescadero, ni rivalizando por Marifé en los tendederos o poniéndose al día en los descansillos de la escalera con las acelgas asomando curiosas por el borde del carrito de la compra. Ahora mis vecinas se ven en el gym, y van por la calle con la bolsa para la esterilla colgando del hombro, con leggins de licra de vivos colores, como animosas clientas adictas a la práctica del activelife strongbody en recintos de diseño con nombres tan técnicos que parecen salidos del glosario del Ikea. 

- Hola Pepita ¿Qué tal te va? 

- Pues aquí. Terminando mi sesión de synercicling antes de meterme a la clase de zumba. 

- ¡Qué guay! Pues yo estoy enganchadísima al Body Combat.  

- A mí es que me tira más el Tabata. 

- ¿El Tabata? ¿Eso es cómo el CrossFit? 

- Ay hija, que poco puesta te veo con el fitness. Se trata de un entrenamiento hit, con muchas reps interválicas de alta intensidad, y tal y tal ... 

Y es que esta fiebre por la aptitud física, lejos de ser una actividad sexista, se ha generalizado para todo tipo de gente que quiere estar sana y verse mejor en el espejo. Antes, como digo, se iba por prescripción médica, pero ahora anticipándose el paciente a la recomendación del galeno, uno se apunta al gimnasio para tener una mayor vitalidad, y es así como gimnastas y gimnastos comparten salas y baquetean con ahínco la elíptica, que me cuentan que es un artefacto ideal para no generar tensión en las articulaciones. De otros se dice que les da por el Paleo Training, por hacer couplet, triplet, chipper, o malabares con mancuernas, y casi todos, mientras se ejercitan, escuchan merengues y bachatas de Romeo Santos por los auriculares del móvil, en una complicidad propia de una logia masónica. Todos ellos con sus mallas del Nike Factory a las que acaban de quitar el precio, pues al gym ya nadie va hecho un adefesio a sudar roídas camisetas publicitarias de Talleres López, embutidos Guzmán o el logo del Trinaranjus. De eso nada. Ahora se va al gimnasio con un mínimo de doscientos euros en equipamiento, el cual incluye el neceser con las cremitas y las pinzas de depilar, lo cual da en sí para otro relato, pues no estaría mal que se hiciese un estudio sociológico sobre el visagismo de cejas y por qué buena parte de los tíos que salen de un gimnasio han convertido las suyas en una fina y extendida línea. Si el sargento Mayor Highway levantase la cabeza, le parecería tremendamente perturbador que alguien que tenga una espalda para descargar pianos luzca la mirada de Marlene Dietrich. 

Por todo ello habrá quien piense que, como cantaba Krahe, todo esto de los gimnasios es pura vanidad. No sería raro, pues incluso yo llegué a creerlo, hasta que me contaron que todo ese duro sacrificio se hace por lucir unas analíticas de diploma olímpico. Cada vez se vive más y hay que hacer todo lo posible para vivir mejor, por lo que es normal que en la generosidad de compartir estas ricas experiencias, quien lo practica se preocupe por el bienestar del resto afiliándoles a este club. Es así como, para que surja el feeling, se interesan por dichas particularidades nada más conocerte. 

- Hola, soy Pepito. 

- Muac, Muac. Encantada de conocerte ¿Qué deporte practicas? 

- Ninguno. Me gusta leer, escuchar música, aprender idiomas y estoy estudiando tres carreras. En mi poco tiempo libre soy voluntario de una ONG en un geriátrico y bailo Foxtrot.

- Ah, pues lo siento. No eres mi tipo. Si al menos tuvieses algún tatuaje… ¿Y donde dices que es el sitio más raro donde lo has hecho?

Y es que me da a mí que en ocasiones tanta salud tiene la contraindicación de no saber llevar una conversación sin la ayuda de emoticonos. Antes, como en aquel pueblo amanecista, la mejor forma para que te abriesen una puerta era ir a hablar de Dostoievski. Ahora en cambio, estar falto de ese aspecto tan saludable, no ir por la vida manguicorto y con el cuerpo pintarrajeado, hará que se te caigan los palos del sombrajo de las relaciones sociales a no ser que vayas acompañado de un Personal Trainer.

Si llegado a este punto del relato piensas que tengo algo en contra de los gimnasios, nada más lejos de la realidad. Allá cada cual. Parafraseando a Serrat, “cada uno es como es, cada quién es cada cual y sube las escaleras como quiere”. Si acaso me molesta que por culpa de ese furor por hacer ejercicio, el cada vez más cotizado espacio urbano, del que los gimnasios se están apoderando como una OPA hostil, ha provocado que ya existan en mi barrio más establecimientos del esfuerzo que bares, algo impensable hace treinta años, y que el proceso haya llevado a la extinción de esos templos del ocio más íntimo que eran los pubs. 

Como he dicho al principio recuerdo que por entonces no había gimnasios, pero sí que existían unos cuantos pubs, con su particular ambiente, mullidos sillones, rinconcitos oscuros y su barman de confianza que nunca te serviría un whisky de garrafón. La cerveza traída a la mesa, como un señor aunque aún no aparentases ser mayor de edad, depositada en un posavasos de la casa y con el hilo musical de aquellas baladas de Foreigner, Air Supply o Glenn Medeiros. Sus cócteles hawaianos, burbujeantes y volcánicos, con su humo carbónico, en recipientes con la forma de la isla Krakatoa, sorbidos por pajitas de metro y medio.

¡Qué gran invento los pubs!

Pues ya no queda ninguno. Ahora lo que está de moda son las terrazas en áticos de hoteles para que te la claven en "to lo alto", y la ginebra elaborada con agua de un recóndito lago de Islandia, mezclada con una tónica color rosita, aderezada con tropezones y demás aditivos absurdos de una liturgia barista que más parezca que te lo preparen para comulgar que para que te lo bebas.

Sospecho que el auge de este combinado tan instagrammer viene de la misma mano que los gimnasios.

No en vano el vocablo junta ambos términos: el Gym y el tonic. 

Lo próximo será ese asunto pendiente con la quinoa y el chía.

Lo veo venir, por lo que me han contado.


Comentarios

  1. Gracias por vuestros comentarios. Me alegra que os haya gustado esta confusión mía de la gimnasia con la magnesia

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  2. Muy bueno!!, refleja como han cambiado los hábitos... Siempre quedará para limpiar conciencia, apuntarse al gym para solo acudir a la inscripción de la matrícula

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  3. Pero que bueno Alfonsote. Di que si, las minorias tenemos que defendernos

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