El buzón.

Ya no se reciben cartas. Tampoco aquellas postales de colores sobresaturados que mandaba la familia cada vez que se iba de vacaciones, las cuales (en los tiempos de inopia previos a internet) servían a quien las recibía, como referencia de aquel destino lejano y desconocido, con la fotografía del monumento de turno, maravilla del mundo, y el matasello torcido de la ciudad de procedencia. La playa en verano, estampada en la cartulina con sus casetas para el baño y sombrillas multicolores, y su paseo marítimo de losas ajedrezadas por las que, para la eternidad, desfilarán impresas y en bikini las turistas extranjeras y algún señor con sobrepeso y gafas de sol luciendo Meyba. Aquellas postales de flamencas con la falda bordada, cuyos encajes de tela abultaban tanto dentro del sobre, que por lo hinchado de su cubierta, parecía que la gitana sufriera aerofagia.

Tampoco se reciben ya cartas de enamorados, como las de Neruda o Simone de Beauvoir, con perfumados besos de carmín y prematuras promesas de amor eterno, rubricadas en las arrancadas hojas de un cuaderno escolar, con el mensaje en el sobre “Corre, corre, cartero, que es para el chico que más quiero” a fin de rogar que su entrega se hiciese con la máxima diligencia. Ni cartas de soldados de reemplazo haciendo la mili lejos de casa, contando batallitas, novatadas o los efectos del desapego. Ni misivas de aquel familiar de las zonas rurales que carecía de teléfono, y que por carta te informaba del fallecimiento de esa tía de tu abuela a la que en casa ya nadie ponía cara, la cual estaba tan mayor y con una salud tan precaria, que ni El Señor pudo remediar lo irremediable. 

Con el paso de estos últimos años, incluso el pelotón de crismas navideños que en diciembre se acumulaban en formación irregular sobre la mesa del salón, y que parecían ser una tradición imperecedera, han ido convirtiéndose en un recuerdo, sustituidos por las felicitaciones enviadas por WhatsApp.

Y es que la tecnología ha erradicado el romántico proceso que siempre suponía sentarse ante una mesa para dedicar un rato a escribir unas letras, con cuidada o deficiente ortografía, para así dar rienda suelta a aquello que te saliese del alma, fuese en forma de prosa o verso. 

Por estos adelantos, las nuevas generaciones de jóvenes no han podido degustar el áspero sabor de la superficie engomada de un sello postal, o el acre regusto del cierre adhesivo de un sobre al cerrar la carta, con la eterna duda de si, deslizándose por el tobogán de la ranura del buzón, este habría entrado bien o mal en la saca de correos. En su lugar internet nos ha traído emoticonos, gifs, stickers y memes en abundancia, que serán reenviados de unos contactos a otros con un indolente clic táctil, desde el teléfono móvil, a fin de demostrarte, de una forma accesible y fácil, que aún me acuerdo de ti, que te sigo queriendo con la locura de estos corazoncitos palpitantes que con una implosión de infarto se abren candorosamente formando una lluvia de pétalos amorosos. Que aunque tú primo ya no haga la mili desde que la quitaron, y la tía de tu abuela, aquella a la que no pones cara, en contra de lo previsto siga gozando de una mala salud de hierro, ambos tienen ahora un smartphone chino desde el que felicitarte las navidades con un muñequito de nieve que baila graciosamente al ritmo del “All I Want for Christmas Is You” de Mariah Carey.

Son los efectos de este progreso tecnológico que ha finiquitado incluso la original utilidad de tu email como receptor de correo deseado, pues la mayoría de las comunicaciones digitales que recibirás serán spam en sus distintas variedades.

Tu otro buzón, el de siempre, aquel que en el portal lleva una etiqueta con tu nombre y piso, ya solo existe con la única función de tragar indigestas facturas a cucharazos de cartero, sin que nada afectivo albergue en su interior: ni tiernos besos epistolares, ni sucesos de milicia, ni desventurados augurios de familiares caídos en el olvido. Únicamente depositarán en él, la cuenta de la luz, el agua, el gas y todos aquellos otros gastos cargados al crédito económico que tenga cada uno, y con la digitalización de las facturas, ni siquiera eso. 

Tendría así la vacía utilidad de otro artículo del pasado destinado a recoger telarañas, si no fuera porque durante estos últimos años ha cumplido con la inútil labor de ser el receptor de la publicidad de tu ciudad: de los habituales folletos y flyers que todos los días, inasequibles al desaliento, te introducen los buzoneros comerciales por esa ranura que da acceso a tu vida. El mailing del hipermercado más cercano con sus ofertas de productos tres por dos, el panfleto de otro almacén de sofás de cuestionable calidad, el perching de la academia de idiomas que hay al final de la calle, el díptico del menú a domicilio de la pizzería y el restaurante oriental, el tríptico de la inmobiliaria de la esquina que quiere comprar tu vivienda para venderte otra, el catálogo de Ikea y las tarjetas del cerrajero, fontanero y el electricista para casos de apuro.

Todo esa propaganda que se te cae al suelo cada vez que abres el buzón y que entre maldiciones va directamente a la papelera para ser reciclado en nuevos folletos, creándose así un estúpido ciclo sin fin, en este tiempo en que el marketing ha hecho que una simple búsqueda en internet sea convertida por tu navegador en un banner que insertará en tu pantalla ese producto por el que tanto te interesas sea cual sea la página que abras.

Esa persuasión que la publicidad convierte en necesidad, hace muchos años que perdió mí atención como cliente potencial. Y es que como decía el filósofo de los negocios Peter F. Drucker: “No hay nada tan inútil en el mundo, como hacer con gran eficacia lo que no debería hacerse en absoluto”.

Me dejo para el final el último buzón que ha llegado a nuestras vidas: el de Amazon. 

Ubicados en la calle, estos casilleros amarillos con forma de taquilla y nombre propio, trabajan 24 horas, siete días a la semana, para que gracias a su lector de códigos QR y teclado alfanumérico, puedas recoger de forma segura todos aquellos pequeños paquetes que compras por internet. 

Rápida y sorprendentemente, en pocos años hemos pasado de zonas habitadas donde se usaban las cartas por falta de teléfono, a “Lockers” públicos, automáticos, táctiles, y funcionales con pin, app y bluetooth. De cuidar la caligrafía, al internet de las cosas y la inteligencia artificial.

Como decía don Sebastián en “La verbena de la paloma”, comentando lo asombroso que le parecía el progreso: “¡Hoy la ciencia adelanta que es una barbaridad!”. 

Incluso para redefinir el uso de algo tan simple como era un buzón.


Comentarios

  1. Como siempre la fluidez y certera reflexión de nuestro andante cantabile hace que vivas la actualidad verídica de este momento social de nuestras vidas. Soberbio!!!

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  2. Gracias por vuestros comentarios. Me alegro que os haya gustado.

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  3. Qué buen reflejo de la realidad que vivimos y qué bien escrito. Me ha hecho volver al pasado, a esas postales y crismas que tanto me gustaban. Qué nostalgia de todo aquello. Un saludo.

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  4. Buen reflejado de la triste realidad que vivimos socialmente, por desgracia la tecnología sustituye la nostalgia de la escritura. Pronto la única inteligencia que perdurará será la artificial

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  5. Magnifico don Alfonso, los cambios no tienen por que pisar lo antuguo, hay que integrar. La tecnologia no nos ha hecho mejores, eso es responsabilidad nuestra.

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  6. Gracias por vuestros comentarios. Me alegro que os haya gustado el relato. La idea me vino por lo irritante que era abrir cada día el buzón para encontrarme estúpidos folletos publicitarios y facturas, todo lo cual, atendiendo a la ley de la gravedad, la mayoría de las veces caía al suelo al abrir la puerta del mismo. Recordé cuando, no hacía muchos años, el buzón era el depositario de noticias y valiosos relatos de seres queridos, así como la emoción que suponía saber de ellos leyendo aquello que tuvieran que contarte de su puño y letra. Ahora, en este mundo hiperconectado, todo eso dejó de tener sentido. Cartas ya solo escriben los presos y el buzón del portal ha pasado a ser otra reliquia del pasado.

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