El hombre del tiempo.
En los años setenta, en la televisión aparecía un señor con aspecto de profesor de colegio de curas, quién con un puntero de madera, daba la espalda a la audiencia para señalar las líneas curvas dibujadas por el Instituto Nacional de Meteorología, en un mapa de la península ibérica.
Su misión era anunciar, a los pocos españoles que tenían tele, el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Mariano Medina se llamaba, y era el heraldo de algo tan caprichoso como el clima.
Aquel meteorólogo, apoyándose en los limitados medios de la época, hablaba de borrascas y anticiclones, isobaras y presiones, y como al buen hombre debido a estos tecnicismos no se le entendía la mitad, sufría el peso de la infundada fama de atinar únicamente por las razones, también volubles, por las que el horóscopo acertaba en la sección de astrología que la prensa de la época dedicaba al zodiaco. Esas habladurías daban a su espacio una dudosa credibilidad, y a sus predicciones un suspense psicológico acerca de lo que te encontrarías al día siguiente cuando pisaras la calle, por no hablar de cómo podía pasarse por agua aquel fin de semana de pronóstico soleado que tan minuciosamente habías planeado.
- ¡Maldita sea! ¡Para una vez que salimos de viaje! ¡Este tío no da una! Cariño, ¿qué dice el horóscopo?
- Querido Acuario. Mañana tendrás un día radiante. No olvides el paraguas.
Pese a todo, lo que no se le podía discutir a aquel buen hombre del tiempo, era que con sus aciertos y sus fallos, sus vaticinios tenían una función pública, como única conexión posible del ciudadano con lo que deparase la cambiante atmósfera.
Muchos años han pasado ya de aquello, y actualmente la tecnología permite que haya decenas de satélites girando alrededor del planeta y sofisticados programas de predicción persiguiendo implacablemente a las nubes. Además, hoy casi todo el mundo dispone de una conexión a internet, de modo que de mil formas distintas puedes saber el tiempo que va a hacer en los próximos días sin riesgo a equivocarte, desde la temperatura máxima y mínima que hará al salir de tu portal, hasta si te va a hacer levante en Tarifa.
Sin embargo, y pese a la capacidad de síntesis que tiene algo tan simple como visualizar un mapa salpicado de soles como huevos fritos, o negros nubarrones con efectos de tormenta, pese a lo instantáneo que es ver dos cifras que marquen las temperaturas máximas y mínimas escritas sobre la localidad elegida, y un vector con más o menos rayas para describir el viento sembrado que siempre acaba recogiendo tempestades, pese a todo esto, aun persiste la presencia del hombre, o mujer del tiempo, en todos los informativos, hablando abstractamente de chubascos y aires circundantes, ciclogénesis explosivas, trenes de borrascas y DANAS, allá por el sistema penibético, el alto Ebro, la cuenca del Guadalquivir o la zona prepirenaica.
Y yo me pregunto cada vez que me distraigo y les atiendo: si a día de hoy puedes saber con total precisión el tiempo que va a hacer en tu calle, ¿realmente hay gente que se ubique por donde está la meseta sur, el tercio norte peninsular o el mar de alborán?
- ¡Pepe! ¡Coge el paraguas que dice el del tiempo que hay una vaguada en la cuenca del Duero!
- ¿Y dónde está eso?
- Dos calles más allá de donde llevas a cagar al perro.
En plena decadencia de la televisión, el ya prescindible hombre o mujer del tiempo, que durante buena parte de su espacio tapa con su cuerpo las islas baleares y hace un corta y pega para acercar a la península las islas Canarias, por estas cosas del croma y las pantallas curvas de alta definición, maquilla el imparable declive del ente poniendo a mal tiempo buena cara, bailando bajo la lluvia, barriendo con diligencia el mapa de norte a sur y de este a oeste, y disponiendo para ello de más espacio que nunca, quizá ganado como consecuencia del temido cambio climático.
Se lleva el récord Roberto Brasero en A3 con “Tu Tiempo”: un título amigable que aventura, durante casi media hora, una puesta en escena para una particular predicción: como si por querer agradar al televidente desease que el clima fuese de su gusto, obviando que nunca llueve a gusto de todos. “Tu Tiempo” de siesta, añadiría yo, previo a esa fase REM a la que te conducirá la deprimente serie de producción nacional editada en paletas digitales color calima.
Roberto, que es muy efusivo y cercano, explica las cosas con mucho entusiasmo, y va dando carreritas de allí para acá, moviéndose como si se estuviera meando y convulsionando nervioso como si se le estuviesen cayendo las llaves a un pozo. Pone ojos de batracio como si se anticipase a los cambios de presión atmosférica previos a la llegada de las lluvias, y olvidándose del teleprompter, va saltando de un lado a otro del set como si ante la llegada de un frente cálido necesitase una charca para no morir deshidratado, concluyendo su representación diaria con un clásico refrán que le venga al caso a fin de apuntalar su simpatía.
Naturalmente de nada de esto es ya consciente el narcotizado telespectador, quien con ese mantra Zen se ha dormido en el sofá por efecto de la digestión del almuerzo. Y es que, por su propio título, he llegado a la conclusión que a diferencia de antaño, el servicio público de la tele en lo referente al hombre del tiempo consiste en darte “Tu Tiempo” como ese propicio momento para fregar los platos, recoger la cocina y encarar la latencia del sueño mientras escuchas de boca de Brasero como crecen las nubes erosionadas por el viento de poniente, su augurio de lo que suele ocurrir cuando marzo mayea, y ese sedante caer de los copos de nieve que cubren las cabañas de Valdezcaray cuando el grajo vuela bajo y hace un frío del carajo.
Su misión era anunciar, a los pocos españoles que tenían tele, el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Mariano Medina se llamaba, y era el heraldo de algo tan caprichoso como el clima.
Aquel meteorólogo, apoyándose en los limitados medios de la época, hablaba de borrascas y anticiclones, isobaras y presiones, y como al buen hombre debido a estos tecnicismos no se le entendía la mitad, sufría el peso de la infundada fama de atinar únicamente por las razones, también volubles, por las que el horóscopo acertaba en la sección de astrología que la prensa de la época dedicaba al zodiaco. Esas habladurías daban a su espacio una dudosa credibilidad, y a sus predicciones un suspense psicológico acerca de lo que te encontrarías al día siguiente cuando pisaras la calle, por no hablar de cómo podía pasarse por agua aquel fin de semana de pronóstico soleado que tan minuciosamente habías planeado.
- ¡Maldita sea! ¡Para una vez que salimos de viaje! ¡Este tío no da una! Cariño, ¿qué dice el horóscopo?
- Querido Acuario. Mañana tendrás un día radiante. No olvides el paraguas.
Pese a todo, lo que no se le podía discutir a aquel buen hombre del tiempo, era que con sus aciertos y sus fallos, sus vaticinios tenían una función pública, como única conexión posible del ciudadano con lo que deparase la cambiante atmósfera.
Muchos años han pasado ya de aquello, y actualmente la tecnología permite que haya decenas de satélites girando alrededor del planeta y sofisticados programas de predicción persiguiendo implacablemente a las nubes. Además, hoy casi todo el mundo dispone de una conexión a internet, de modo que de mil formas distintas puedes saber el tiempo que va a hacer en los próximos días sin riesgo a equivocarte, desde la temperatura máxima y mínima que hará al salir de tu portal, hasta si te va a hacer levante en Tarifa.
Sin embargo, y pese a la capacidad de síntesis que tiene algo tan simple como visualizar un mapa salpicado de soles como huevos fritos, o negros nubarrones con efectos de tormenta, pese a lo instantáneo que es ver dos cifras que marquen las temperaturas máximas y mínimas escritas sobre la localidad elegida, y un vector con más o menos rayas para describir el viento sembrado que siempre acaba recogiendo tempestades, pese a todo esto, aun persiste la presencia del hombre, o mujer del tiempo, en todos los informativos, hablando abstractamente de chubascos y aires circundantes, ciclogénesis explosivas, trenes de borrascas y DANAS, allá por el sistema penibético, el alto Ebro, la cuenca del Guadalquivir o la zona prepirenaica.
Y yo me pregunto cada vez que me distraigo y les atiendo: si a día de hoy puedes saber con total precisión el tiempo que va a hacer en tu calle, ¿realmente hay gente que se ubique por donde está la meseta sur, el tercio norte peninsular o el mar de alborán?
- ¡Pepe! ¡Coge el paraguas que dice el del tiempo que hay una vaguada en la cuenca del Duero!
- ¿Y dónde está eso?
- Dos calles más allá de donde llevas a cagar al perro.
En plena decadencia de la televisión, el ya prescindible hombre o mujer del tiempo, que durante buena parte de su espacio tapa con su cuerpo las islas baleares y hace un corta y pega para acercar a la península las islas Canarias, por estas cosas del croma y las pantallas curvas de alta definición, maquilla el imparable declive del ente poniendo a mal tiempo buena cara, bailando bajo la lluvia, barriendo con diligencia el mapa de norte a sur y de este a oeste, y disponiendo para ello de más espacio que nunca, quizá ganado como consecuencia del temido cambio climático.
Se lleva el récord Roberto Brasero en A3 con “Tu Tiempo”: un título amigable que aventura, durante casi media hora, una puesta en escena para una particular predicción: como si por querer agradar al televidente desease que el clima fuese de su gusto, obviando que nunca llueve a gusto de todos. “Tu Tiempo” de siesta, añadiría yo, previo a esa fase REM a la que te conducirá la deprimente serie de producción nacional editada en paletas digitales color calima.
Roberto, que es muy efusivo y cercano, explica las cosas con mucho entusiasmo, y va dando carreritas de allí para acá, moviéndose como si se estuviera meando y convulsionando nervioso como si se le estuviesen cayendo las llaves a un pozo. Pone ojos de batracio como si se anticipase a los cambios de presión atmosférica previos a la llegada de las lluvias, y olvidándose del teleprompter, va saltando de un lado a otro del set como si ante la llegada de un frente cálido necesitase una charca para no morir deshidratado, concluyendo su representación diaria con un clásico refrán que le venga al caso a fin de apuntalar su simpatía.
Naturalmente de nada de esto es ya consciente el narcotizado telespectador, quien con ese mantra Zen se ha dormido en el sofá por efecto de la digestión del almuerzo. Y es que, por su propio título, he llegado a la conclusión que a diferencia de antaño, el servicio público de la tele en lo referente al hombre del tiempo consiste en darte “Tu Tiempo” como ese propicio momento para fregar los platos, recoger la cocina y encarar la latencia del sueño mientras escuchas de boca de Brasero como crecen las nubes erosionadas por el viento de poniente, su augurio de lo que suele ocurrir cuando marzo mayea, y ese sedante caer de los copos de nieve que cubren las cabañas de Valdezcaray cuando el grajo vuela bajo y hace un frío del carajo.
Para que luego digan que la culpa de invitar a tanto relaxin cup and siesta, es de los Grandes Documentales de animalitos de La 2.
Qué bueno.. Me he reído imaginando a Roberto Brasero, aunque debo reconocer que a mí es el que más me gusta dando el tiempo. 🥰🥰🥰
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario. Si Barrio Sésamo tuviese un hombre del tiempo, ese sería Roberto.
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