Los últimos días.
La noche era cálida y rebosante de estrellas. La luna llena iluminaba la playa, espolvoreando sobre ella una fina capa de plata. Sujeta por un invisible hilo, colgaba en el horizonte infinito dibujado por el mar, en lontananza, sobre el piélago donde cielo y agua se unían sin juntas.
Inspiré profundamente y di otro trago. El fermentado olor
de la cerveza se mezcló con el intenso aroma forestal y de madreselva de aquel
cortado sobre el que colgaba uno de mis pies, bajo el que, a buen seguro, en
ese momento sobrevolaban, aprovechándose de la invisible oscuridad, cientos de enormes
mosquitos procedentes de la marisma.
Todo cuanto existía resultaba pegajoso: el sudor, la resina y la savia de los pinos suspendida en el aire, el salitre marino que
ascendía con cada soplo de brisa, la empalagosa y juvenil agua de colonia que tantas veces anunciaba la tele, las indefinibles bebidas vertidas que, con el transcurrir de
la noche, se habían ido derramando sobre el vasto cemento y adherían con fuerza mi
otro pie, como si su intención fuese succionarlo.
Era como si los elementos, con sus sustancias azucaradas,
hubiesen tejido una tela de araña con el propósito de anclarme a aquel preciso
momento; como la materia compleja sobre la que poder gravitar años después,
cuando irremediablemente las puñeteras larvas mentales me devolviesen a
aquellos últimos días, a fin de evitar el definitivo olvido, pues todos
llevamos dentro un polizón de nosotros mismos.
Desde esa atalaya, en la que me sentaba a horcajadas, podía
ver, a través de la claridad de la noche, como las pequeñas olas del mar en
calma acariciaban mansamente la orilla junto a las ruinas de la torre vigía. Su
espuma era irradiada por la mangata y la marea se mecía enmudecida
por el elevado volumen de la música.
Todo era compacto y volátil a partes iguales. Una mezcla
de fingida experiencia vital y asombro de este mundo que veía con ojos
nuevos. La posibilidad de otra noche más y la conciencia extrañamente madura del
momento apasionante, pues después todo acabaría y nunca regresaría a aquel
lugar, ya que aunque las experiencias se repitan, no se puede volver dos veces
al mismo sitio.
Un vacío en el bolsillo y como moda mi nula ostentación de
estudiante en activo. El presupuesto justo para que una sola invitación
significase la quiebra y el consuelo de creer que el mayor lujo en la vida es pensar
que lo mejor no se paga con dinero, pues únicamente se sabe aquello que
se ignora.
Las lágrimas de San Lorenzo surcaban el cielo sin rumbo
definido, volando entre los huecos del techado de cañizo, apareciendo y
desapareciendo entre sus desiguales juntas, esperando los deseos
adolescentes con los que, quizá, comprometernos otro largo invierno.
Encendí un cigarrillo y las densas volutas de humo se
elevaron como una cometa, perdiéndose en la oscuridad del cielo color ceniza.
Desde la profundidad ya subían los mosquitos en bandada. Las cigarras no tardarán en reanudar su canto.
💖 muy personal, así que merece explicación.Me sigue encantando el escenario que creas en cada historia. Se siente el ritmo de la historia, el silencio de la noche y hasta las picaduras de mosquitos.
ResponderEliminarToda la narración discurre en el pequeño instante de una noche de verano. Un trago de cerveza, un vistazo al mar iluminado por la luna y el encendido de un cigarrillo. Allí esta el protagonista, atrapado, en una reflexión de amor adolescente; en una innecesaria nostalgia, pues parece estúpido padecer melancolía a esa edad. Pero el tiempo es efímero. Antes de que nos demos cuenta se desvanece como las volutas de humo en la oscuridad. Es así como los mosquitos de la noche dejan paso a las cigarras que cantan a pleno sol de un nuevo dia. Tenemos la tendencia muy humana de creer que podemos volver a revivir las experiencias que conforman nuestra vida, pero no es así. Cada uno de esos días es único y esta hecho de circunstancias irrepetibles. Sin saberlo, puede que esos días sean los últimos.
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