Entradas

La vie en rose.

A mi derecha, en la terraza de la cervecería, tres chicas disfrutan del débil sol de otoño. Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras. Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea. Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial...

Un cuento de terror.

-  Date prisa cariño. El día se está poniendo feo. Apenas escucho la voz de mi madre, pero sospecho que sigue ahí, hostigándome, enmudecida por el ruidoso motor del secador de pelo y los altavoces del viejo iPhone de mi padre. Me sorprende que aún funcione. Este bendito cacharro, un fósil de tiempos mejores, amuleto y testigo de aquellos años perdidos - <<Espejito, espejito mágico, ¿dinos quien es la niña más bella del reino?>> - resuena su voz en mi memoria, haciendo aquella pregunta al espejo del lavabo cada vez que me peinaba después del baño. - <<¡Papá, haz lo de la horquillita!  - Vale, cariño… A ver, nada por aquí, nada por allá, pero ¿qué es esto que hay detrás de esta orejita?. - ¡La horquillita! - exclamo con enorme júbilo al ver aparecer ese objeto de la nada - Papá, ¿eres mago? - No, cielo. Soy prestidigitador.  - ¿Prestiqué? - y ambos nos tronchábamos de risa por mi impotencia para repetir la palabra más difícil del mundo>>. Con unos ú...

La chispa adecuada.

Buena parte de lo que nos pasa en la vida ocurre por el efecto de una pequeña deflagración.  Un imprevisto, un golpe de suerte, un incidente fortuito, una súbita reacción que podría concretarse en una décima de segundo. Dicen que la casualidad es cruzarse con aquello que nunca habías buscado.  Basta que el azar lance una bolita del tamaño de un garbanzo por una ladera nevada para que este provoque un tremendo alud. Arrojar una colilla encendida para incendiar miles de hectáreas de bosque. Elegir una mala palabra y que a alguien querido se lo lleven los demonios para siempre. Quitar un momento el dedo del agujero para que se te inunde el submarino, aunque también baste con poner otro dedo para que la embarcación emerja de las profundidades.  Tenemos suerte los que podemos contar con más de diez dedos. Todo lo relevante empieza por circunstancias que a primera vista carecían de importancia. Sin poder de elección, una célula se descontrola y se acabó tu futuro. Te duermes la...

Gapos de chino.

La primera vez que entré a comer a un chino fue en el verano de 1986. La comida oriental llegaba a nuestros barrios gracias a este tipo de restaurantes, para que pudiéramos por fin degustar sus deliciosos platos.  Por entonces yo tenía 17 años y mi capacidad económica era comparable a la de Carpanta, de modo que el mérito de tan exótica experiencia recayó en las finanzas de un amigo, al que sus padres, como castigo a su reiterada y pertinaz incomparecencia a las clases del instituto, ya le habían conseguido un trabajo forzoso en los servicios de mantenimiento municipales. Con su habitual generosidad y desprendimiento, al cobrar su primera nómina me invitó, con gran alborozo por mi parte, a ese lujo asiático que suponía probar los rollitos de primavera, el arroz tres delicias y el cerdo agridulce. Para ello nos encaminamos a un viejo mesón, en otro tiempo tahona, decorado en plan pagoda y reconvertido así en El Dragón Dorado; el cual no tardaría en ser bautizado popularmente como “E...

Calle Bocarana.

Imagen
Cuando era niño, llegado el buen tiempo, me gustaba sentarme en el suelo de la terraza, al fresco, y meter las piernas desnudas entre los barrotes de la barandilla, colgando mis pies descalzos en el vacío, asiendo con cada mano aquellos delgados hierros, verticales y descascarillados por la falta de pintura, mirando la calle a través de ellos, como un preso mira al exterior de su celda, hasta que los pómulos de mi cara quedaban marcados por la presión de su contacto.  Una tarde vi como dos operarios, vestidos con mono azul, se subían a una larga escalera para cambiar la placa de la calle, a la que el ayuntamiento, por algún motivo desconocido, había decidido darle un nuevo nombre. La tarea les llevó su tiempo, pues recuerdo que mi padre, quién también se asomó a la terraza para ser testigo del acontecimiento, exclamó que le parecían unos verdaderos inútiles. - Señor bendito: ¡Si son cuatro tornillos! - dijo, para después apagar la colilla del cigarro en la maceta de geranios sin ge...

El día que dejé de fumar.

Ya han pasado treinta años desde el día en que dejé de fumar. Aquella noche del 13 de abril de 1995, Pep Cargol machacaba eufórico el aro del Olympiakos en la pantalla de una vieja televisión de catorce pulgadas, y yo lo celebraba estando de visita en un piso de alquiler de un pueblo perdido del Aljarafe sevillano, litrona en mano, encendiendo un cigarrillo tras otro por la incertidumbre del resultado, dando saltos de felicidad a riesgo de romper con la cabeza la única bombilla que alumbraba el salón, sin que el resto de los presentes secundara mi alegría ni entendiese aquella emoción que me corría por dentro. Y es que ninguno comprendía la razón de tanto júbilo. Se la traía floja lo que estaban echando por la tele y que Ramón Trecet, emocionado, perdiese la voz con el acontecimiento, o que el gran Arvidas Sabonis levantase aquella estúpida figura de metacrilato que parecía salida de un bazar y por aquellos años servía de trofeo.  ¡El Real Madrid volvía a ganar la Copa de Europa de...

La vigilia

  A altas horas de la madrugada, la televisión entontece aún más si cabe, por increíble que parezca. Uno de los momentos álgidos del bodrio nocturno es ese espacio que algunas cadenas privadas rellenan con lo que antiguamente se llamaba Minutos Musicales. En tan intempestivo momento de la noche, previo a que cante el gallo, los artistas punteros del pasado, y otros que no lo fueron tanto pero comparten cronología, regresan a antena saliendo de sus ataúdes con la frente marchita y las sienes plateadas, entre tinieblas, como vampiros catódicos, aunque sin la gracia de Jay Hawkins, presentando sus nuevas y viejas canciones en un pequeño concierto desolado y fúnebre. Lo primero que piensas es: ¡Joder, cómo se ha estropeado este tipo!, lo cual por norma general fulmina de un gancho al hígado la púrpura de la nostalgia: algo así como cuando tienes una reunión con amigos de la infancia a los que hace décadas que no ves, un reencuentro casual con una antigua novia o paseas por el idealizad...