Back to Black.
De un tiempo a esta parte, la gente se muere. Y ya no mueren como antes. Antes morían los que caían con el dedo pegado al gatillo, los milicianos fotografiados por Robert Capa, los rostros jóvenes en fotos viejas, los calvos y desdentados, los abuelos que padecían descomunales hernias inguinales. Morían los que bailaban pasodobles en las bodas, agarrados sin sentido del ridículo, ahorcados con anchas corbatas pasadas de moda y un Farias en la boca. Los del amor sin sexo, los de pijama desgastado, los que que posaban en mitad de un descampado con cara de paleto y mono de mecánico, las señoras gordas con bata a las que su marido ya no besaba, los niños hambrientos mantenidos con caldo de sobre Sopicrem, los pájaros de jaula. Los despeinados con olor a orina, los que lucían domésticas lámparas de aceite de girasol en camisas viejas con cercos parduzcos en las axilas, los de mal aliento, dermatitis y flácidas papadas mal afeitadas, los aislados en su propia miseria. Se morían los que ...