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Back to Black.

De un tiempo a esta parte, la gente se muere. Y ya no mueren como antes.  Antes morían los que caían con el dedo pegado al gatillo, los milicianos fotografiados por Robert Capa, los rostros jóvenes en fotos viejas, los calvos y desdentados, los abuelos que padecían descomunales hernias inguinales. Morían los que bailaban pasodobles en las bodas, agarrados sin sentido del ridículo, ahorcados con anchas corbatas pasadas de moda y un Farias en la boca. Los del amor sin sexo, los de pijama desgastado, los que que posaban en mitad de un descampado con cara de paleto y mono de mecánico, las señoras gordas con bata a las que su marido ya no besaba, los niños hambrientos mantenidos con caldo de sobre Sopicrem, los pájaros de jaula. Los despeinados con olor a orina, los que lucían domésticas lámparas de aceite de girasol en camisas viejas con cercos parduzcos en las axilas, los de mal aliento, dermatitis y flácidas papadas mal afeitadas, los aislados en su propia miseria. Se morían los que ...

El buzón.

Ya no se reciben cartas. Tampoco aquellas postales de colores sobresaturados que mandaba la familia cada vez que se iba de vacaciones, las cuales (en los tiempos de inopia previos a internet) servían a quien las recibía, como referencia de aquel destino lejano y desconocido, con la fotografía del monumento de turno, maravilla del mundo, y el matasello torcido de la ciudad de procedencia. La playa en verano, estampada en la cartulina con sus casetas para el baño y sombrillas multicolores, y su paseo marítimo de losas ajedrezadas por las que, para la eternidad, desfilarán impresas y en bikini las turistas extranjeras y algún señor con sobrepeso y gafas de sol luciendo Meyba. Aquellas postales de flamencas con la falda bordada, cuyos encajes de tela abultaban tanto dentro del sobre, que por lo hinchado de su cubierta, parecía que la gitana sufriera aerofagia. Tampoco se reciben ya cartas de enamorados, como las de Neruda o Simone de Beauvoir, con perfumados besos de carmín y prematuras pr...

Navidad.

Vísperas de Navidad: la manifestación suprema del amor universal y fiesta más importante del año, ya sea para creyentes como para sufridores del síndrome Grinch. Querida y odiada a partes iguales, imagen comercial de la Coca-Cola y agosto particular del Corte Inglés, Amazon y AliExpress: gasta mucho y demuestra cuánto amas a tus seres queridos.  El tiempo de volver a casa y que en televisión repongan “Qué bello es vivir”. La noche que descubres que, como los niños, tú también tienes un amigo invisible. La fecha de partida en devota romería, de las muñecas de Famosa que se dirigen al Portal, deambulando como los zombis de George A.Romero por los valles y colinas de Judea. Como evento la Navidad es un acontecimiento sin competencia. Se come como si estuvieses en una concurso de a ver a quién le encoge más la ropa, se bebe como si celebrases haber ganado el certamen y en algunos casos, compartes esta ceremonia con familiares y amigos dados por desaparecidos los otros 364 días del cale...

Un perro, los gimnasios, y otras cosas que me han contado,

De naturaleza tranquila y gusto por el sedentarismo, preceptivamente, como si se tratase de un mandamiento divino, cada dos domingos me sacan temprano de casa, tal que cogido de la oreja, con la sana idea de practicar senderismo, una actividad llevadera, deportivamente hablando, saludable y al aire libre, la cual pese a sus muchos beneficios, como digo, habitualmente la desempeño con razonables carencias de voluntad. Así me paso esas mañanas de excursión caminando por empinadas sendas repletas de piedras que me llevan montaña arriba, montaña abajo, montaña arriba … para que mis pulmones, a pleno pulmón, disfruten de esos repechos tan pastoriles que tiene la naturaleza, rodeado de pinos piñoneros y carrascos, algunas jaras, algún madroño, quizá un lentisco del sotobosque, con las pulsaciones de mi perezoso corazón al ritmo de los tambores de la selva de Tarzán, penando durante tres o cuatro horas, en las cuales deambulo por las pendientes de ese silvestre espacio tan ajeno a mi condició...

La vie en rose.

A mi derecha, en la terraza de la cervecería, tres chicas disfrutan del débil sol de otoño. Con la dificultad de largas uñas acrílicas, pintadas de chillones colores y coronadas con algún brillantito, repasan táctilmente en el móvil los últimos acontecimientos de sus respectivas redes sociales, compartiendo así mesa y pocas palabras. Sobre la bayeteada superficie dos Coca-Cola Zero y una caña de cerveza a medio beber, la cual se ha ido calentando, perdiendo espuma según pasaban los minutos. Los restos de unas tapas a medio comer reposan sus sobras en un pequeño plato: dos mordisquitos apenas para no perder la línea. Entre mensajes emergentes del Whatsapp, repletos de infantiles y estúpidos emoticonos, una de ellas rompe el aburrimiento para mostrarles a las otras dos, en la gran pantalla de su teléfono, la foto que se hizo con un tal Christian. Ella aparece montada en una moto de gran cilindrada sostenida por la pata de cabra en la acera de una calle sin nombre. El posado es artificial...

Un cuento de terror.

-  Date prisa cariño. El día se está poniendo feo. Apenas escucho la voz de mi madre, pero sospecho que sigue ahí, hostigándome, enmudecida por el ruidoso motor del secador de pelo y los altavoces del viejo iPhone de mi padre. Me sorprende que aún funcione. Este bendito cacharro, un fósil de tiempos mejores, amuleto y testigo de aquellos años perdidos - <<Espejito, espejito mágico, ¿dinos quien es la niña más bella del reino?>> - resuena su voz en mi memoria, haciendo aquella pregunta al espejo del lavabo cada vez que me peinaba después del baño. - <<¡Papá, haz lo de la horquillita!  - Vale, cariño… A ver, nada por aquí, nada por allá, pero ¿qué es esto que hay detrás de esta orejita?. - ¡La horquillita! - exclamo con enorme júbilo al ver aparecer ese objeto de la nada - Papá, ¿eres mago? - No, cielo. Soy prestidigitador.  - ¿Prestiqué? - y ambos nos tronchábamos de risa por mi impotencia para repetir la palabra más difícil del mundo>>. Con unos ú...

La chispa adecuada.

Buena parte de lo que nos pasa en la vida ocurre por el efecto de una pequeña deflagración.  Un imprevisto, un golpe de suerte, un incidente fortuito, una súbita reacción que podría concretarse en una décima de segundo. Dicen que la casualidad es cruzarse con aquello que nunca habías buscado.  Basta que el azar lance una bolita del tamaño de un garbanzo por una ladera nevada para que este provoque un tremendo alud. Arrojar una colilla encendida para incendiar miles de hectáreas de bosque. Elegir una mala palabra y que a alguien querido se lo lleven los demonios para siempre. Quitar un momento el dedo del agujero para que se te inunde el submarino, aunque también baste con poner otro dedo para que la embarcación emerja de las profundidades.  Tenemos suerte los que podemos contar con más de diez dedos. Todo lo relevante empieza por circunstancias que a primera vista carecían de importancia. Sin poder de elección, una célula se descontrola y se acabó tu futuro. Te duermes la...