El trato.
Manolito Sen era gilipollas de nacimiento. Él no lo sabía, sus padres nunca quisieron decírselo, y dejaron que la obviedad se resolviera por sí sola. Su padre, Francisco, confiaba que así fuera. Y rezaba por que fuese rápido. En sus ratos más amargos, cuando el gran amor que sentía por su único hijo no podía tapar la decepción que por él sentía, recordaba que cuando él era niño, los chavales se daban rápidamente cuenta de si poseían, o no, las fastidiosas cualidades de su Manolito. La universidad de la calle era un elemento corrector infalible; reflexionaba cada vez que su cerebro tenía un momento para estas meditaciones. A la primera tontería que uno hacía o decía, algún juicioso paisano te calzaba una hostia que reiniciaba lo más agudo del entendimiento. Pero iban pasando los años y Manolito seguía siendo tan gilipollas como cuando le arregló la partida bautismal en la parroquia del pueblo. El chaval no espabilaba, y como en sus ratos libres (que eran todos) no se movía de casa,...