El trato.
Manolito Sen era gilipollas de nacimiento. Él no lo sabía, sus padres nunca quisieron decírselo, y dejaron que la obviedad se resolviera por sí sola.
Su padre, Francisco, confiaba que así fuera. Y rezaba por que fuese rápido.
En sus ratos más amargos, cuando el gran amor que sentía por su único hijo no podía tapar la decepción que por él sentía, recordaba que cuando él era niño, los chavales se daban rápidamente cuenta de si poseían, o no, las fastidiosas cualidades de su Manolito. La universidad de la calle era un elemento corrector infalible; reflexionaba cada vez que su cerebro tenía un momento para estas meditaciones. A la primera tontería que uno hacía o decía, algún juicioso paisano te calzaba una hostia que reiniciaba lo más agudo del entendimiento. Pero iban pasando los años y Manolito seguía siendo tan gilipollas como cuando le arregló la partida bautismal en la parroquia del pueblo. El chaval no espabilaba, y como en sus ratos libres (que eran todos) no se movía de casa, tampoco le despabilaban a base de capones los otros chiquillos de la localidad. Claro, como se tiraba todas las tardes jugando con la videoconsola, leyendo tebeos manga o viendo dibujitos japoneses en la tele, el chaval andaba escaso de relaciones con su entorno.
En busca de una solución, siendo niño Manolito, para animarle a salir a la calle su padre le compró una flamante bicicleta. La tarde del estreno le puso dos pequeñas ruedas auxiliares por seguridad, pero fue sentarse Manolito en el sillín e irse de bruces contra el asfalto ¿Quién podía ser tan gilipollas como para caerse de una pequeña bici con los ruedines y la pata cabra puesta? Lo de este chico era de premio. Manolito le cogió aversión a ir en bici y nunca quiso dar una pedalada. Por ahí anda la dichosa bicicleta, colgada en la pared de la antigua troje, como un trasto inutil a estrenar.
Una década más tarde le regaló una “motillo” para que Manolito se diese garbeos por el pueblo ¿A qué adolescente no le gusta ir en moto? Él habría matado por tener una cuando era chaval: una Montesa o Bultaco para ir vacilando a toda velocidad derrapando por caminos y trochas. Aquella otra tarde de estreno la dispuso a la entrada del garaje: una preciosa Rieju de 50 cc ideal para explorar los senderos de tierra que rodeaban la villa. Manolito se subió a ella únicamente por no desairar a su padre ni echar un jarro de agua fría a la ilusión que este ponía en aquel regalo. Pensando en sus cosas, atendió distraídamente sus indicaciones, arrancó con indolencia la moto, abrió gas de golpe, y con el susto de la aceleración se olvidó de cuál era la manilla del freno, estrellándose contra el Mercedes Benz familiar. Metió medio cuerpo por la ventanilla del pasajero y fue su madre quien, corriendo calle abajo en bata y zapatillas de andar por casa, lo rescató del interior del coche. Mientras esto ocurría, Francisco, estupefacto, encendía con parsimonia un cigarrillo, observando atónito la escena desde el lugar donde la moto inició su carrera. A su perplejidad ya no le cabían más sorpresas. Aquel chaval que durante años hizo cursillos de natación siendo incapaz de zambullirse en la piscina tirándose de cabeza al agua, había logrado, en su primer intento, sumergirse en el asiento trasero del coche haciendo un magnífico picado con la barbilla pegada al torso.
- ¡Virgen de la Candelaría! ¡Menos mal que le pusimos un casco! - exclamó Amparo - Ha atravesado el cristal de un cabezazo - algo de lo que Manolito no iba escaso -. Esto lo cubre el seguro ¿verdad, Paco? Y si no, da igual. Si se tiene que pagar, se paga. Lo importante es que parece que el niño no ha sufrido ningún daño ¡Alabado sea el Señor!
Y el chaval, que en su segunda experiencia sobre ruedas había sufrido un nuevo siniestro, lucía en su rescate una estúpida sonrisa a fin de tranquilizar a sus padres sobre el milagro de seguir de una pieza. La “motillo”, con aquellos daños de carrocería que nunca fueron reparados, acabó en el almacén de los trastos haciendo compañía a la bicicleta.
Esa tarde, con el ánimo por los suelos, Francisco le preguntó a su mujer:
- Amparo, dime la verdad. A estas alturas ya no me voy a enfadar ¿El niño es mío?
- Qué cosas tienes Paco. De quién va ser si no.
- No sé, querida Amparo - suspiro con un profundo desvelo - Es que el único gilipollas comparable a nuestro Manolito es tu hermano ¡Mira que si es cosa de familia!
- Únicamente ocurre que es poco mañoso, pero ya encontrará algo que se le de bien. El mundo es muy grande y todos tenemos nuestro lugar en él.
- ¿Y qué mundo es ese en el que vivirá nuestro hijo? No pisa la calle, se pasa todo el día viendo tonterías y haciendo el gilipollas, lo cual se le da de maravilla. Para lo demás es inutil de pies y manos y carece de inquietudes. Todas las actividades a las que le hemos apuntado han sido un fracaso, y bien sabes querida Amparo que lo hemos intentado ¡Vaya sí lo hemos intentado! El atletismo, la natación en la piscina del polideportivo, el ajedrez, el balonvolea por esto de que allí había chavalas para ver si se animaba … pero el resultado siempre ha sido el mismo: “No me gusta, no me gusta y no me gusta”. A veces pienso que nuestro hijo ni siquiera necesita oxígeno para respirar. Es como una esponja de mar.
- No te preocupes, Paco. Ya habrá algo que le guste. Todo llega en la vida.
- ¿Y cuándo ocurrirá eso? Va a cumplir los diecisiete y su único amigo es el pavo que le acompaña desde que tuvo la edad de conocerlo. A su edad yo ya estaba harto de correr detrás de tu falda, con pose de banderillero, pero nuestro hijo no tiene sangre. Para mí que ni se la menea.
- Ay, Paco. Déjalo ya. No me des el día.
Y Paco lo dejaba.
Cuando él tenía la edad de su hijo no tenía juguetes y estaba harto de trabajar. Tenía las manos recias, llenas de callos, y los músculos de los brazos y piernas parecían tensores de acero. Le daba a todo aquello donde pudiera ganar un duro, trabajando de sol a sol. Empezó recogiendo las bostas de los caballos y vendiéndolas como estiércol. En la procesión de Semana Santa se forraba recogiendo excrementos ¡Cómo cagaban aquellos preciosos caballos! Daba gusto verlos. Especialmente los situados en la escolta de honor, al frente del cortejo. Llevaba atado, a modo de bandolera, un saco más grande que su espalda y lo llenaba de mierda hasta la boca. Por esto en el pueblo le llamaban “Paco, el boñigas”, pero a él poco le importaba. Recoger estiércol era un trabajo tan digno como cualquier otro, y por las peculiaridades del mismo carecía de competencia. Y es que había mucho señoritingo en el pueblo. Naturalmente nadie le llamaba “El boñigas” a la cara. Ninguno se habría atrevido. Ya le decía su difunto padre: “Hijo, tú estás fuerte. Un guantazo tuyo vale por un entierro”, y para demostrar su teoría, al último que le llamó Currito le dio uno de esos vales para que fuese directo al dentista. Y es que lo que más odiaba en la vida era que le llamasen Curro. Bastante curro tenía ya a diario. Tanto curro que llegaba a casa derrengado de trabajar. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era ganarse el respeto necesario para también deshacerse socialmente del Paco, y que todos le llamasen Francisco, que para algo fue el nombre con el que sus padres le habían bautizado.
Pronto el estiércol de Paco empezó a ser apreciado en la comarca. Proporcionaba un reluciente verdor a las plantas y un fragante aroma a las flores. También se dió cuenta que su mierda hacía más cuantiosa la cosecha, de modo que al cumplir los veinte decidió aprovecharla en su propio beneficio; montó un pequeño vivero y empaquetó en sacos de yute su perfecta mezcla de mantillo y fiemo. “Viveros Francisco” lo llamó, aunque todos en el pueblo lo llamaban “Las plantas del boñigas”; y es que ganarse el respeto en aquel pueblo de cortijeros, viniendo de la más absoluta pobreza, no resultaba nada fácil. Pero él empezó sin nada, y trabajando mucho ya tenía un floreciente negocio cuyas plantaciones no cesaban de ampliarse: un tractor de segunda mano, dos viejos camiones y una furgoneta nueva rotulada con el nombre del vivero para el reparto de macetas por las tiendas de la provincia. De las viejas alpargatas y el saco de estiércol, a una saneada cuenta de banco, un chalet con casa de aperos incluida y un Mercedes Benz que no tenía ni el cabrón del alcalde.
Su único lunar era Manolito ¡Qué perfecto gilipollas era aquel chaval! Conociendo en profundidad a su hijo entendió la diferencia entre ser un pobre idiota y un gilipollas de campeonato. El idiota no tenía culpa de serlo. Era un tonto repetitivo. El angelito había nacido con esa tara de ser corto de luces y lento de entendimiento, de modo que ¿qué iba a hacer aquel pobre idiota sino serlo? Pero Manolito ni siquiera era tonto. Es verdad que no era el lapicero más afilado del estuche y que aprobaba los cursos escolares por los pelos. También era cierto que tenía un agudo desinterés por las cosas y que aquella mirada bovina, de ojos caídos y aire de pazguato, era propicia a generar desconcierto respecto a si padecía o no de idiocia. Pero Manolito siempre quedaba campeón jugando al FIFA en la Playstation, y se sabía los nombres en japonés de todos los personajes de aquellos puñeteros dibujos nipones. Para cualquier idiota lo que hacía Manolito sería una hazaña, pero para él estaba chupado. Su hijo no sería un lumbreras, pero tampoco era tonto.
- Fíjate si no es tonto - le aclaraba Paco a su mujer una noche en la cama - que al igual que hace con esos monigotes chinos, estoy seguro que sería capaz de saberse todos los nombres de las plantas que criamos en el vivero. Pero claro, como por allí no quiere pisar, el niño no conoce ni una sola flor. Nuestro hijo es tan listo que vive como un rey sin tener que dar un palo al agua.
Pasaron unos años, y como Francisco cuando iba a la iglesia lo hacía con desgana, aquel rezo suyo porque su hijo reconociese con presteza su honda gilipollez, como paso previo para dejar de serlo, no se había cumplido. Aún sin espabilar, Manolito fue madurando su universo particular y quiso que le llamasen Lolo (la permanente maldición de los nombre de pila de los Sen). A Lolo-Sen ya apenas le interesaban los videojuegos, y poco a poco fue desvaneciéndose la estima que sentía por aquellos muñequitos mangas y cabezones que habían dejado su maldita influencia impresa en su hipocorístico nuevo nombre, pero seguía ensimismado en su mundo y se pasaba los días mirando el móvil: absorto en ver scrolls de vídeos cortos de las redes sociales y también algunos porno, pues según Amparo, el nuevo Lolo ya se pelaba el nabo y además lo hacía con asiduidad.
- Este niño me deja todos los días los calzoncillos acartonados por la bragueta - se quejaba mientras organizaba la colada -. Y también algún calcetín en invierno ¡Ay Paco! Lolo me tiene muy preocupada. Está aniquilando a sus espermatozoides y cuando quiera tener hijos no podrá concebirlos por escasez de los mismos. Está practicando una masacre con ellos y se le van a agotar las erecciones. Según me dijo Don Celerino, ayer tarde en el confesionario, lo que hace es además pecado.
- ¡Y tú por qué le cuentas esas cosas al cura!
Don Celerino era un hosco clérigo, de escasa higiene y aires inquisitoriales, que sentía una afectada repugnancia hacia todo lo sexual, y claro, el semen seco de Lolo no iba a escapar de sus severas amonestaciones.
Además de no lavarse él mismo la ropa, Lolo no tenía novia con la que tener hijos. Cuando su madre le propuso apuntarse a la autoescuela “El Bordillazo” para sacarse el carnet de conducir, y así tener un íntimo habitáculo donde dar rienda suelta de un modo más práctico a sus pasiones que esa convulsión espasmódica de hacerse pajas, al chaval casi le entró un mal.
- Nuestro Lolo aún sigue traumatizado con las ruedas - le dijo Amparo a Paco una noche - ¡Ay Paco! Qué mal le hemos educado mal en materia vial.
Y Paco volvió a llevarse otro jarro de agua fría, pues había planeado que cuando su hijo se sacase el carnet, le regalaría el viejo Mercedes Benz contra el que aquella mañana se estrelló con “la motillo”. Y es que el negocio seguía floreciendo gracias a la mierda caballar y “Viveros Francisco” ampliaba terrenos, camiones nuevos y furgonetas aun más modernas de reparto, por lo que había decidido comprarse un nuevo Mercedes, último modelo, de esos a los que no les faltaba detalle y por asistencia virtual te hablan.
- Hola Mercedes - saludaba Paco cada mañana al sentarse al volante.
- Buenos días, Francisco - respondía la inteligencia artificial.
- Mercedes, hoy hace un día fantástico.
- Efectivamente, Francisco. Veinticinco grados y una fresca brisa.
- Mercedes, abre el techo solar y ponme los grandes éxitos de Rafael Farina.
- Buena elección, Francisco.
- Mercedes, vamos a ampliar dos hectáreas más la plantación de palmeras. El pueblo va a parecer Elche.
- Buena idea, Francisco. Las palmeras destacan por su bajo mantenimiento y darán a la localidad un toque elegante y tropical.
- Mercedes, nuestro pueblo va a ser el más bonito de España. Hoy me reuno con el cabrón del alcalde. En el vivero hace falta más agua y voy a solicitar al ayuntamiento una nueva canalización. Mis petunias, coleos y begonias necesitan riego constante. Se venden como churros
- Seguro que lo consigues, Francisco. Venderás muchos churros.
El cabrón del alcalde llevaba siéndolo desde hacía cuatro legislaturas. Hijo del pueblo, había ido a la escuela con Francisco. Jaranero y muy hábil en las relaciones sociales, rápidamente fue abriéndose camino en la política. Sin atisbos de probidad, tanto él como el consistorio se habían forrado con la práctica habitual de especular convirtiéndo suelo rústico en urbanizable. Bajo su mandato, una tierra baldía de barro y pedruscos se había convertido en una pedanía de anodinos chalets adosados y pequeños jardines. El pueblo, justificaba el prócer, iba a convertirse en la ciudad dormitorio de la provincia, aunque esta durmiese a más de cien kilómetros de la capital.
- Queridos vecinos. El precio de la vivienda manda - proclamaba en sus mítines - Aquí podrán comprar vivienda los jóvenes y viajar en BlaBlaCar hasta su trabajo. Sé que las carreteras están llenas de baches y peligrosas curvas, pero el progreso es imparable. Conciudadanos y vecinos ¡Progresemos!
¡Y vaya si progresaban! Eleuterio, “El lagarto”, llamado así por su cuerpo alargado y su cara cubierta de escamas de dermatitis, vendió al ayuntamiento una parcela de varias hectáreas de fango por miles de euros. Por algo menos dinero, Nicanor, “El tuerto”, pues le habían practicado hacía unos años una ostomía dejándole inutil el ano, hizo lo propio con aquel terreno de barbecho que se inundaba cada vez que llovían cuatro gotas. Fuensanta, “Flota”, quién llevaba toda la vida lavando su ropa a mano, cumplió el sueño de su vida cuando el concejal de Bienestar Social le regaló una lavadora que al finalizar el programa de lavado entonaba la trucha de Schubert. Y a Eufemia Rebolleda, le tocó la lotería cuando le dieron varios viajes organizados por el consistorio a cambio de aquel camino de servidumbre donde las cabras lo dejaban todo perdido en su pastoreo diario. Eufemia viajó por vez primera en avión, se lo pasó bomba bailando “Los Pajaritos” en Benidorm, y como era la cotilla del pueblo, se lo contó a todo el mundo.
- La mejor propaganda de nuestras políticas es el boca a boca - aseguraba esa misma tarde el alcalde en una habitación de la casa de lenocinio que existía en un desvío de aquella carretera llena de baches y peligrosas curvas, con el pantalón bajado hasta los tobillos, sujetando con la mano su pene erecto frente a dos jovencísimas prostitutas rumanas que con sus caras juntitas, permanecían boquiabiertas, desnudas y arrodilladas ante él.
Aquel regidor municipal que tanto estaba haciendo por el pueblo y sus vecinos, había conseguido por fin que la vida de sus conciudadanos progresará adecuadamente. Y como ellos hubo decenas de vecinos con casos parecidos beneficiados por sus generosas políticas. Solo faltaban los Sen. Por eso aquella reunión era tan importante para Francisco. Ellos tenían dinero más que suficiente y no necesitaban pedir lavadoras ni viajes. Habían progresado por su cuenta trabajando duramente. Para el vivero, que daba muchos trabajos en el pueblo retribuidos con salarios más que justos, lo más importante era esa nueva canalización con la que tener un mayor surtido de agua. No pedía nada más, y no dudaba que el alcalde le trataría de una forma honesta. A cambio de ese poco, que beneficiaría a todos, tendría más flores, contrataría a más gente y el ayuntamiento podría engalanar el progreso de la villa decorando con ellas las calles. En agradecimiento, les haría un precio tan económico que prácticamente podrían considerarlo un regalo.
- ¡Hombre, Paco! Buenos días - le recibió el alcalde en su despacho, levantándose de su cómodo sillón orejero de piel, a fin de darle un fuerte apretón de manos - Ya tenía yo ganas de tratar contigo.
- Pues aquí estoy. Para lo que usted disponga.
Y lo primero que dispuso el alcalde fue prenderse un Faria. Arrellanándose en su sillón de piel, tras inhalar con deleite una calada, expulsó el humo en dirección al rostro de su interlocutor y le dijo:
- Ante todo quiero felicitarte, querido Paco. Con tu esfuerzo emprendedor has creado un verdadero imperio de la nada. Eres un burgués, y tu familia ya pertenece a la clase acomodada. Precisamente el otro día hablaba con el director de La Caja y me aseguraba que te has convertido en el más rico del pueblo ¡Coño Paco, si hasta tienes un coche mejor que el mío! ¡Qué cabronazo! Y todo cuanto tienes lo has conseguido sin ayuda de nadie. Quién iba a decir que las boñigas diesen para tanto. Si llego a saberlo te habría contratado para que las recogieses para mí.
Y expectorando más humo, estalló en una sonora carcajada que amenazaba con producirle un golpe de tos. Después, prosiguió.
- Aunque nunca hayamos sido amigos, nos conocemos de toda la vida ¡Joder, si hasta hemos compartido escuela! Al igual que han hecho nuestros hijos ¿Conoces a mi hijo, Álvaro? Seguro que sí. Tiene mucho éxito entre las chicas. El pueblo se le ha quedado pequeño y ya se ha follado a todas las muchachas: a todas las guapas, claro, que en eso ha salido al padre. Incluso me consta que se ha cepillado a la madre de alguna de ellas. Puro morbo. Pues como te digo, querido Paco, Álvaro lleva años hablándome de tu hijo. Dice que es un gilipollas merecedor del Balón de Oro ¡Cuidado! No lo tomes a mal. Es algo que sabe todo el pueblo. Asegura mi hijo que tu chaval es tan meapilas que no se ha cepillado ni a “La Cubista”, que de largo es la más fea y más salida del pueblo - otra sonora risotada y una nueva nube de habano - Debe cascársela mucho el chiquillo. Eso dice don Celerino que le ha contado tu Amparo: qué tu hijo se mata a pajas ¡No te sorprendas, hombre! Entre el cura y yo no hay secretos de confesión. La iglesia siempre está cercana al poder y únicamente atiende a las cuestiones importantes, como esa subvención que necesitan para restaurar el retablo mayor de San Afrodisio porque al cura no le llega con la limosna del cepillo ¡Ay, Paco, qué mala educación sexual le has dado al chaval! Aunque doy por seguro que, al igual que tú, de cagarrutas de bichos entiende un rato. Y es que la juventud, querido Paco, ya no es tan avispada como cuando nosotros teníamos su edad. Nuestros hijos necesitan de nuestra guía espiritual y experiencia, no saben buscarse la vida solos y son unos señoritos ociosos que no sienten la menor apetencia por trabajar. Padecen de molicie, amigo Paco; el mal de su generación. Al mío ya lo tengo encaminado, y para solucionar el problema que tienes con el tuyo voy a hacerte una propuesta. Estoy pensando remodelar la corporación municipal y he pensado en Manolito.
- Lolo. Ahora se llama Lolo - aclaró Paco con un hilo de voz.
- Lolo, sea pues. Y es que los gilipollas siempre son bien recibidos en política. Son una especie muy apreciada en los partidos. Les das un carguillo y ya piensan que son una pieza necesaria. Incluso hay algunos que se lo creen hasta el punto de atreverse a hacer propuestas ¿Te imaginas a tu hijo haciendo una sola sugerencia para mejorar la vida de los vecinos? ¡Qué descojone sería eso Paco! Sin embargo, es algo que no debe ocurrir. No podemos permitirnos arbitrariedades. Sería descubrir el trampantojo que es la política. Y me encanta esa palabra - sentenció levantando el dedo índice -, porque una cosa es que los ciudadanos duden, y con razón, de nuestras capacidades, y otra muy distinta es hacerlo patente. Los gilipollas, querido Paco, no están para pensar, sino para hacer bulto, aceptar la jerarquía del voto, firmar los papeles que les pongan por delante y aplaudir de forma convincente en los plenos ¿Crees que “Lolo” - pronunció haciendo con sorna el signo de comillas con los dedos - estaría capacitado para estas cuestiones técnicas? Yo pienso que sí. Aunque sea un papanatas, tengo grandes esperanzas puestas en él. Tu hijo viene de una familia del pueblo que ha demostrado que con trabajo duro y dedicación se puede lograr el éxito. Sois un ejemplo a seguir. “Los boñigas” sois una familia muy querida, por lo que será fácil que el chaval se gane el aprecio del ciudadano medio. Además, el jodido tiene un buen cabezón. Le llaman “El Funko”, ¿lo sabías? Esos puñeteros muñequitos japoneses que se venden por millones. Esto puede parecerte una tontería sin importancia, pero en política todo suma y no puedes dar nada por irrelevante. Cada detalle cuenta. Una cabeza grande es algo muy valorado por el votante, pues en su ignorancia cree que cuanto más grande es el espacio, mayor es el ingenio. Imaginate, amigo Paco, amueblar tanto espacio como tiene la cabeza de tu hijo. Seguro que se aprenderá sin dificultad todas esas puñeteras normativas legales que ninguno de nosotros leemos, y con las que el consistorio tiene la responsabilidad de lidiar. Mi Álvaro confía mucho en sus capacidades, pues dice que “Lolo” - nuevamente la grotesca mueca con los dedos - tiene una memoria tan buena, que aún se acuerda de cada hostia que le dió en el recreo, y conociendo a mi hijo debieron ser muchas. Como otra virtud a su favor, valoro que a tu chaval no le cabe un solo pelo más. Y es que los calvos nunca generan confianza en el electorado. Están tan desprestigiados que ningún calvo ha hecho jamás carrera política. Tienen aspecto de buitres carroñeros y dan mala imagen a este negocio. Tu hijo, en cambio, será la envidia de ese votante alopécico y acomplejado que viaja a Turquía para ponerse pelo. Pero seamos justos, pues hay que poner a cada cual en su sitio, tu chaval no es Churchill, no es algo que vaya a descubrirte yo, y para ser hijo de la Amparo, es feo de cojones, tiene cara de lelo y en conjunto su apariencia es la de el típico paleto evidentemente idiota, pero le pondremos un traje barato, unas gafas de diseño de esa óptica que tiene en el pueblo Angelines, “La bizca” y mejorará mucho su imagen corporativa. Ya le estoy viendo sentado en su despachito del ayuntamiento, auxiliado por una secretaria cargada de trienios y afín al partido que le llamará de usted. Se lo dará todo hecho, para que así el pobre no se lleve el disgusto de meter la pata. Creételo Paco, tu hijo ya no será “Lolo”, sino Don Manuel ¿Lo visualizas? ¿Ves ya su placa en la mesita del despacho? “Don Manuel: Concejal de Gilipolleces y Pajotes”. Un tipo importante. Incluso, si hace falta, le pondremos un coche oficial para que no tenga que gastar suelas, que ya me han dicho que el pobre es tan subnormal que ni siquiera sabe conducir. Estoy convencido de que a tu chico le gustará la política: se vive de cojones. Solo tienes que verme a mí. Pero veo por tu expresión que no te fías de mí y piensas que estás haciendo un trato con el diablo. Crees que aquí hay gato encerrado, ¿a que sí? ¡Joder Paco! eres un tipo listo que ahora mismo se está preguntando: ¿Qué me va a pedir el cabrón del alcalde a cambio? Pues te equivocas.
En ese momento el alcalde se levantó del cómodo sillón y empezó un sosegado paseo por la alfombra, deambulando alrededor de Francisco.
- En una muestra de buena voluntad a esta amistad que hoy comienza, más que pedir, te voy a conceder. Veras, parte de mis obligaciones como alcalde es estar al corriente de las necesidades de la gente del pueblo, aunque estos no me hayan votado nunca, como me aseguran que es tu caso. Tú tienes un vivero que crece sin parar por el bajo precio de las tierras adyacentes, y un suministro de agua insuficiente. Necesitas más agua, ¿verdad, Paco? Por eso has venido a verme, para conseguir una nueva canalización por parte del ayuntamiento. La cuenta que has hecho es bien simple: más agua, más plantas y más ingresos. Con los años has demostrado un infatigable espíritu emprendedor y he de reconocerte que nadie en la provincia sabe más de mierda que tú, pero en la vida real, las cuentas nunca son tan simples, con lo que debido a ese afán tuyo que tienes de expandir tus terrenos, vas a tener que aprender un poco de contabilidad. Te pondré un ejemplo. Digamos que ahora ganas un millón, que según nuestro amigo del banco es mucho más. Con tu nueva ampliación, y esa necesaria canalización del agua, pronto serán dos millones, tres o quizá hasta cuatro, si va bien la cosa, que irá Paco, irá. Lo que te propongo es que repartas esos beneficios con el pueblo a través de una de las empresas de mi hijo, las cuales trabajan para el ayuntamiento aunque sin el engorroso trámite de tener que compartir administración. De hecho, mi hijo Álvaro, muy profesional y siempre atento a las necesidades de sus clientes, para ceñirse a tus necesidades más concretas aún no ha creado esa offshore, aunque seguro que ya tendrá pensado un nombre rutilante con el que dará caché a tu rústico mundo botánico. Como ves, no te estoy pidiendo nada que ya tengas. Lo tuyo es tuyo y solo tú te lo has ganado. Ya te he felicitado por ello. Lo que voy a pedirte es una humilde contribución de esos beneficios para que así todos progresemos contigo: un pago por esa carísima obra de infraestructura e ingeniería pagada con dinero público con el único fin de llevarte a ti, y solo a ti - acentuó señalando con el dedo -, un inagotable torrente de agua fresca para que riegues tus plantas. En nuestro programa político está incluida la necesidad de ayudar a la burguesía a la que perteneces, para que genere más dinero, lo cual naturalmente conseguís gracias a estos privilegios que os cedemos nosotros, los políticos, como la nueva clase aristocrática de nuestro tiempo. Vosotros oléis la mierda y nosotros la pasta, con lo que nuestra unión siempre ha sido, y será, beneficiosa. Si estás de acuerdo con esta asociación que te propongo, una parte de tu nueva facturación irá a esa nueva empresa de mi Álvaro. Es una propuesta tan generosa que si no la aceptases te vería como un egoísta que solo mira por lo suyo desdeñando los intereses del pueblo.
- ¿Acaso piensas que es un acuerdo abusivo? - prosiguió el alcalde - Bien, no hay problema. Por razón de mi cargo estoy acostumbrado a entender todos los puntos de vista, de forma que te planteo otro escenario. Tú sigues por tu cuenta, con aquello que ya dispones, y aquí no ha pasado nada. Ni siquiera se ha celebrado esta reunión que tú, y solo tú, has solicitado. Te vuelves a casa a recoger más zurullos y a seguir disfrutando del aroma melancólico de la tierra mojada. Pero para evitar que esta se te seque, en grado al cariño que ya te voy cogiendo, me veo en la obligación de advertirte que según los últimos estudios que hemos realizado, las tuberías que actualmente llevan agua a tu vivero son muy antiguas, están en mal estado y no cumplen la actual normativa de la Unión Europea para obras civiles. Por si fuera poco, la concejalía de medio ambiente y ecologismo ya ha hecho un informe detallado que asegura que parte de esa agua de que dispones proviene de aguas subterráneas, y que año tras año tu vivero está secando los humedales de “Mis Cojones”, evaporando el hábitat donde viven las ranas, se pasean los caracoles, sacia su sed el chotacabras y ponen sus huevos las libélulas. De hecho, me han asegurado que ya han convertido alguna de esas asquerosas chinches en especie protegida. Sin más intrigas, querido Paco, es posible que con gran pesar mío el ayuntamiento tenga que tomar cartas en el asunto y cerrarte el grifo. Los lobbies ecologistas son un duro grupo de presión y mi partido no quiere quebraderos de cabeza con esos piojosos tocapelotas. Así que para ahorrarte disgustos, este es el trato. A partir de la entrega de la obra de canalización, el cincuenta por ciento de los ingresos que obtengas del vivero irán a la empresa de mi hijo. A cambio te daré toda el agua que necesites: te sobrará tanta que incluso podrás plantar arroz y bañarte con tu familia en ella. Te lo pondré tan fácil que ni siquiera tendrás que preocuparte por la mano de obra. Eres un tipo con suerte, Paco. Por estas cosas del puto Pacto de Migración, estamos obligados a acoger una cuota de moros y de negros. En el vivero les daremos ocupación para que trepen a las palmeras y así se sientan como en casa: no quiero ver a esa chusma vagando ociosa por el pueblo. Como te he dicho, es un trato tan ventajoso que incluso te ofrezco un carguito en el ayuntamiento para el soplapollas de tu hijo, y que así tenga una ocupación irrelevante, aunque muy bien pagada, con un abono incluido al puticlub de “La Tetona Letona”, para que se relaje de la dura jornada laboral. Así el pobrecillo dejará de meneársela y tu Amparo de incordiar a don Celerino, que es hombre de escasa paciencia. Y es que - se acercó como para hacerle una confesión-, me han dicho que acaban de traer a una ucraniana, refugiada de guerra, que está ansiosa por demostrar su agradecimiento porque le hayamos sacado de la miseria salvándola de morir en un bombardeo de los rusos. Cuando termine de charlar contigo iré a conocerla. Me dicen que es una dedicada profesional, con exceso de celo en su trabajo. Solo de pensar en ella ya me estoy poniendo cachondo - dijo agarrándose la entrepierna -, de modo que entenderás que no quiera perder más el tiempo contigo, ni que tu desatiendas el tuyo en tu mierda de macetas, semilleros o aquello que hoy tengas que cultivar. Así que cerremos este asunto ahora mismo como los dos caballeros que somos, con un fuerte apretón de manos - le propuso tendiéndole la misma mano con la que un instante antes se agarraba el pene, y mirándole fijamente a los ojos, le preguntó siseando como una serpiente - ¿Hay trato, o no hay trato, Currito?
Su padre, Francisco, confiaba que así fuera. Y rezaba por que fuese rápido.
En sus ratos más amargos, cuando el gran amor que sentía por su único hijo no podía tapar la decepción que por él sentía, recordaba que cuando él era niño, los chavales se daban rápidamente cuenta de si poseían, o no, las fastidiosas cualidades de su Manolito. La universidad de la calle era un elemento corrector infalible; reflexionaba cada vez que su cerebro tenía un momento para estas meditaciones. A la primera tontería que uno hacía o decía, algún juicioso paisano te calzaba una hostia que reiniciaba lo más agudo del entendimiento. Pero iban pasando los años y Manolito seguía siendo tan gilipollas como cuando le arregló la partida bautismal en la parroquia del pueblo. El chaval no espabilaba, y como en sus ratos libres (que eran todos) no se movía de casa, tampoco le despabilaban a base de capones los otros chiquillos de la localidad. Claro, como se tiraba todas las tardes jugando con la videoconsola, leyendo tebeos manga o viendo dibujitos japoneses en la tele, el chaval andaba escaso de relaciones con su entorno.
En busca de una solución, siendo niño Manolito, para animarle a salir a la calle su padre le compró una flamante bicicleta. La tarde del estreno le puso dos pequeñas ruedas auxiliares por seguridad, pero fue sentarse Manolito en el sillín e irse de bruces contra el asfalto ¿Quién podía ser tan gilipollas como para caerse de una pequeña bici con los ruedines y la pata cabra puesta? Lo de este chico era de premio. Manolito le cogió aversión a ir en bici y nunca quiso dar una pedalada. Por ahí anda la dichosa bicicleta, colgada en la pared de la antigua troje, como un trasto inutil a estrenar.
Una década más tarde le regaló una “motillo” para que Manolito se diese garbeos por el pueblo ¿A qué adolescente no le gusta ir en moto? Él habría matado por tener una cuando era chaval: una Montesa o Bultaco para ir vacilando a toda velocidad derrapando por caminos y trochas. Aquella otra tarde de estreno la dispuso a la entrada del garaje: una preciosa Rieju de 50 cc ideal para explorar los senderos de tierra que rodeaban la villa. Manolito se subió a ella únicamente por no desairar a su padre ni echar un jarro de agua fría a la ilusión que este ponía en aquel regalo. Pensando en sus cosas, atendió distraídamente sus indicaciones, arrancó con indolencia la moto, abrió gas de golpe, y con el susto de la aceleración se olvidó de cuál era la manilla del freno, estrellándose contra el Mercedes Benz familiar. Metió medio cuerpo por la ventanilla del pasajero y fue su madre quien, corriendo calle abajo en bata y zapatillas de andar por casa, lo rescató del interior del coche. Mientras esto ocurría, Francisco, estupefacto, encendía con parsimonia un cigarrillo, observando atónito la escena desde el lugar donde la moto inició su carrera. A su perplejidad ya no le cabían más sorpresas. Aquel chaval que durante años hizo cursillos de natación siendo incapaz de zambullirse en la piscina tirándose de cabeza al agua, había logrado, en su primer intento, sumergirse en el asiento trasero del coche haciendo un magnífico picado con la barbilla pegada al torso.
- ¡Virgen de la Candelaría! ¡Menos mal que le pusimos un casco! - exclamó Amparo - Ha atravesado el cristal de un cabezazo - algo de lo que Manolito no iba escaso -. Esto lo cubre el seguro ¿verdad, Paco? Y si no, da igual. Si se tiene que pagar, se paga. Lo importante es que parece que el niño no ha sufrido ningún daño ¡Alabado sea el Señor!
Y el chaval, que en su segunda experiencia sobre ruedas había sufrido un nuevo siniestro, lucía en su rescate una estúpida sonrisa a fin de tranquilizar a sus padres sobre el milagro de seguir de una pieza. La “motillo”, con aquellos daños de carrocería que nunca fueron reparados, acabó en el almacén de los trastos haciendo compañía a la bicicleta.
Esa tarde, con el ánimo por los suelos, Francisco le preguntó a su mujer:
- Amparo, dime la verdad. A estas alturas ya no me voy a enfadar ¿El niño es mío?
- Qué cosas tienes Paco. De quién va ser si no.
- No sé, querida Amparo - suspiro con un profundo desvelo - Es que el único gilipollas comparable a nuestro Manolito es tu hermano ¡Mira que si es cosa de familia!
- Únicamente ocurre que es poco mañoso, pero ya encontrará algo que se le de bien. El mundo es muy grande y todos tenemos nuestro lugar en él.
- ¿Y qué mundo es ese en el que vivirá nuestro hijo? No pisa la calle, se pasa todo el día viendo tonterías y haciendo el gilipollas, lo cual se le da de maravilla. Para lo demás es inutil de pies y manos y carece de inquietudes. Todas las actividades a las que le hemos apuntado han sido un fracaso, y bien sabes querida Amparo que lo hemos intentado ¡Vaya sí lo hemos intentado! El atletismo, la natación en la piscina del polideportivo, el ajedrez, el balonvolea por esto de que allí había chavalas para ver si se animaba … pero el resultado siempre ha sido el mismo: “No me gusta, no me gusta y no me gusta”. A veces pienso que nuestro hijo ni siquiera necesita oxígeno para respirar. Es como una esponja de mar.
- No te preocupes, Paco. Ya habrá algo que le guste. Todo llega en la vida.
- ¿Y cuándo ocurrirá eso? Va a cumplir los diecisiete y su único amigo es el pavo que le acompaña desde que tuvo la edad de conocerlo. A su edad yo ya estaba harto de correr detrás de tu falda, con pose de banderillero, pero nuestro hijo no tiene sangre. Para mí que ni se la menea.
- Ay, Paco. Déjalo ya. No me des el día.
Y Paco lo dejaba.
Cuando él tenía la edad de su hijo no tenía juguetes y estaba harto de trabajar. Tenía las manos recias, llenas de callos, y los músculos de los brazos y piernas parecían tensores de acero. Le daba a todo aquello donde pudiera ganar un duro, trabajando de sol a sol. Empezó recogiendo las bostas de los caballos y vendiéndolas como estiércol. En la procesión de Semana Santa se forraba recogiendo excrementos ¡Cómo cagaban aquellos preciosos caballos! Daba gusto verlos. Especialmente los situados en la escolta de honor, al frente del cortejo. Llevaba atado, a modo de bandolera, un saco más grande que su espalda y lo llenaba de mierda hasta la boca. Por esto en el pueblo le llamaban “Paco, el boñigas”, pero a él poco le importaba. Recoger estiércol era un trabajo tan digno como cualquier otro, y por las peculiaridades del mismo carecía de competencia. Y es que había mucho señoritingo en el pueblo. Naturalmente nadie le llamaba “El boñigas” a la cara. Ninguno se habría atrevido. Ya le decía su difunto padre: “Hijo, tú estás fuerte. Un guantazo tuyo vale por un entierro”, y para demostrar su teoría, al último que le llamó Currito le dio uno de esos vales para que fuese directo al dentista. Y es que lo que más odiaba en la vida era que le llamasen Curro. Bastante curro tenía ya a diario. Tanto curro que llegaba a casa derrengado de trabajar. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era ganarse el respeto necesario para también deshacerse socialmente del Paco, y que todos le llamasen Francisco, que para algo fue el nombre con el que sus padres le habían bautizado.
Pronto el estiércol de Paco empezó a ser apreciado en la comarca. Proporcionaba un reluciente verdor a las plantas y un fragante aroma a las flores. También se dió cuenta que su mierda hacía más cuantiosa la cosecha, de modo que al cumplir los veinte decidió aprovecharla en su propio beneficio; montó un pequeño vivero y empaquetó en sacos de yute su perfecta mezcla de mantillo y fiemo. “Viveros Francisco” lo llamó, aunque todos en el pueblo lo llamaban “Las plantas del boñigas”; y es que ganarse el respeto en aquel pueblo de cortijeros, viniendo de la más absoluta pobreza, no resultaba nada fácil. Pero él empezó sin nada, y trabajando mucho ya tenía un floreciente negocio cuyas plantaciones no cesaban de ampliarse: un tractor de segunda mano, dos viejos camiones y una furgoneta nueva rotulada con el nombre del vivero para el reparto de macetas por las tiendas de la provincia. De las viejas alpargatas y el saco de estiércol, a una saneada cuenta de banco, un chalet con casa de aperos incluida y un Mercedes Benz que no tenía ni el cabrón del alcalde.
Su único lunar era Manolito ¡Qué perfecto gilipollas era aquel chaval! Conociendo en profundidad a su hijo entendió la diferencia entre ser un pobre idiota y un gilipollas de campeonato. El idiota no tenía culpa de serlo. Era un tonto repetitivo. El angelito había nacido con esa tara de ser corto de luces y lento de entendimiento, de modo que ¿qué iba a hacer aquel pobre idiota sino serlo? Pero Manolito ni siquiera era tonto. Es verdad que no era el lapicero más afilado del estuche y que aprobaba los cursos escolares por los pelos. También era cierto que tenía un agudo desinterés por las cosas y que aquella mirada bovina, de ojos caídos y aire de pazguato, era propicia a generar desconcierto respecto a si padecía o no de idiocia. Pero Manolito siempre quedaba campeón jugando al FIFA en la Playstation, y se sabía los nombres en japonés de todos los personajes de aquellos puñeteros dibujos nipones. Para cualquier idiota lo que hacía Manolito sería una hazaña, pero para él estaba chupado. Su hijo no sería un lumbreras, pero tampoco era tonto.
- Fíjate si no es tonto - le aclaraba Paco a su mujer una noche en la cama - que al igual que hace con esos monigotes chinos, estoy seguro que sería capaz de saberse todos los nombres de las plantas que criamos en el vivero. Pero claro, como por allí no quiere pisar, el niño no conoce ni una sola flor. Nuestro hijo es tan listo que vive como un rey sin tener que dar un palo al agua.
Pasaron unos años, y como Francisco cuando iba a la iglesia lo hacía con desgana, aquel rezo suyo porque su hijo reconociese con presteza su honda gilipollez, como paso previo para dejar de serlo, no se había cumplido. Aún sin espabilar, Manolito fue madurando su universo particular y quiso que le llamasen Lolo (la permanente maldición de los nombre de pila de los Sen). A Lolo-Sen ya apenas le interesaban los videojuegos, y poco a poco fue desvaneciéndose la estima que sentía por aquellos muñequitos mangas y cabezones que habían dejado su maldita influencia impresa en su hipocorístico nuevo nombre, pero seguía ensimismado en su mundo y se pasaba los días mirando el móvil: absorto en ver scrolls de vídeos cortos de las redes sociales y también algunos porno, pues según Amparo, el nuevo Lolo ya se pelaba el nabo y además lo hacía con asiduidad.
- Este niño me deja todos los días los calzoncillos acartonados por la bragueta - se quejaba mientras organizaba la colada -. Y también algún calcetín en invierno ¡Ay Paco! Lolo me tiene muy preocupada. Está aniquilando a sus espermatozoides y cuando quiera tener hijos no podrá concebirlos por escasez de los mismos. Está practicando una masacre con ellos y se le van a agotar las erecciones. Según me dijo Don Celerino, ayer tarde en el confesionario, lo que hace es además pecado.
- ¡Y tú por qué le cuentas esas cosas al cura!
Don Celerino era un hosco clérigo, de escasa higiene y aires inquisitoriales, que sentía una afectada repugnancia hacia todo lo sexual, y claro, el semen seco de Lolo no iba a escapar de sus severas amonestaciones.
Además de no lavarse él mismo la ropa, Lolo no tenía novia con la que tener hijos. Cuando su madre le propuso apuntarse a la autoescuela “El Bordillazo” para sacarse el carnet de conducir, y así tener un íntimo habitáculo donde dar rienda suelta de un modo más práctico a sus pasiones que esa convulsión espasmódica de hacerse pajas, al chaval casi le entró un mal.
- Nuestro Lolo aún sigue traumatizado con las ruedas - le dijo Amparo a Paco una noche - ¡Ay Paco! Qué mal le hemos educado mal en materia vial.
Y Paco volvió a llevarse otro jarro de agua fría, pues había planeado que cuando su hijo se sacase el carnet, le regalaría el viejo Mercedes Benz contra el que aquella mañana se estrelló con “la motillo”. Y es que el negocio seguía floreciendo gracias a la mierda caballar y “Viveros Francisco” ampliaba terrenos, camiones nuevos y furgonetas aun más modernas de reparto, por lo que había decidido comprarse un nuevo Mercedes, último modelo, de esos a los que no les faltaba detalle y por asistencia virtual te hablan.
- Hola Mercedes - saludaba Paco cada mañana al sentarse al volante.
- Buenos días, Francisco - respondía la inteligencia artificial.
- Mercedes, hoy hace un día fantástico.
- Efectivamente, Francisco. Veinticinco grados y una fresca brisa.
- Mercedes, abre el techo solar y ponme los grandes éxitos de Rafael Farina.
- Buena elección, Francisco.
- Mercedes, vamos a ampliar dos hectáreas más la plantación de palmeras. El pueblo va a parecer Elche.
- Buena idea, Francisco. Las palmeras destacan por su bajo mantenimiento y darán a la localidad un toque elegante y tropical.
- Mercedes, nuestro pueblo va a ser el más bonito de España. Hoy me reuno con el cabrón del alcalde. En el vivero hace falta más agua y voy a solicitar al ayuntamiento una nueva canalización. Mis petunias, coleos y begonias necesitan riego constante. Se venden como churros
- Seguro que lo consigues, Francisco. Venderás muchos churros.
El cabrón del alcalde llevaba siéndolo desde hacía cuatro legislaturas. Hijo del pueblo, había ido a la escuela con Francisco. Jaranero y muy hábil en las relaciones sociales, rápidamente fue abriéndose camino en la política. Sin atisbos de probidad, tanto él como el consistorio se habían forrado con la práctica habitual de especular convirtiéndo suelo rústico en urbanizable. Bajo su mandato, una tierra baldía de barro y pedruscos se había convertido en una pedanía de anodinos chalets adosados y pequeños jardines. El pueblo, justificaba el prócer, iba a convertirse en la ciudad dormitorio de la provincia, aunque esta durmiese a más de cien kilómetros de la capital.
- Queridos vecinos. El precio de la vivienda manda - proclamaba en sus mítines - Aquí podrán comprar vivienda los jóvenes y viajar en BlaBlaCar hasta su trabajo. Sé que las carreteras están llenas de baches y peligrosas curvas, pero el progreso es imparable. Conciudadanos y vecinos ¡Progresemos!
¡Y vaya si progresaban! Eleuterio, “El lagarto”, llamado así por su cuerpo alargado y su cara cubierta de escamas de dermatitis, vendió al ayuntamiento una parcela de varias hectáreas de fango por miles de euros. Por algo menos dinero, Nicanor, “El tuerto”, pues le habían practicado hacía unos años una ostomía dejándole inutil el ano, hizo lo propio con aquel terreno de barbecho que se inundaba cada vez que llovían cuatro gotas. Fuensanta, “Flota”, quién llevaba toda la vida lavando su ropa a mano, cumplió el sueño de su vida cuando el concejal de Bienestar Social le regaló una lavadora que al finalizar el programa de lavado entonaba la trucha de Schubert. Y a Eufemia Rebolleda, le tocó la lotería cuando le dieron varios viajes organizados por el consistorio a cambio de aquel camino de servidumbre donde las cabras lo dejaban todo perdido en su pastoreo diario. Eufemia viajó por vez primera en avión, se lo pasó bomba bailando “Los Pajaritos” en Benidorm, y como era la cotilla del pueblo, se lo contó a todo el mundo.
- La mejor propaganda de nuestras políticas es el boca a boca - aseguraba esa misma tarde el alcalde en una habitación de la casa de lenocinio que existía en un desvío de aquella carretera llena de baches y peligrosas curvas, con el pantalón bajado hasta los tobillos, sujetando con la mano su pene erecto frente a dos jovencísimas prostitutas rumanas que con sus caras juntitas, permanecían boquiabiertas, desnudas y arrodilladas ante él.
Aquel regidor municipal que tanto estaba haciendo por el pueblo y sus vecinos, había conseguido por fin que la vida de sus conciudadanos progresará adecuadamente. Y como ellos hubo decenas de vecinos con casos parecidos beneficiados por sus generosas políticas. Solo faltaban los Sen. Por eso aquella reunión era tan importante para Francisco. Ellos tenían dinero más que suficiente y no necesitaban pedir lavadoras ni viajes. Habían progresado por su cuenta trabajando duramente. Para el vivero, que daba muchos trabajos en el pueblo retribuidos con salarios más que justos, lo más importante era esa nueva canalización con la que tener un mayor surtido de agua. No pedía nada más, y no dudaba que el alcalde le trataría de una forma honesta. A cambio de ese poco, que beneficiaría a todos, tendría más flores, contrataría a más gente y el ayuntamiento podría engalanar el progreso de la villa decorando con ellas las calles. En agradecimiento, les haría un precio tan económico que prácticamente podrían considerarlo un regalo.
- ¡Hombre, Paco! Buenos días - le recibió el alcalde en su despacho, levantándose de su cómodo sillón orejero de piel, a fin de darle un fuerte apretón de manos - Ya tenía yo ganas de tratar contigo.
- Pues aquí estoy. Para lo que usted disponga.
Y lo primero que dispuso el alcalde fue prenderse un Faria. Arrellanándose en su sillón de piel, tras inhalar con deleite una calada, expulsó el humo en dirección al rostro de su interlocutor y le dijo:
- Ante todo quiero felicitarte, querido Paco. Con tu esfuerzo emprendedor has creado un verdadero imperio de la nada. Eres un burgués, y tu familia ya pertenece a la clase acomodada. Precisamente el otro día hablaba con el director de La Caja y me aseguraba que te has convertido en el más rico del pueblo ¡Coño Paco, si hasta tienes un coche mejor que el mío! ¡Qué cabronazo! Y todo cuanto tienes lo has conseguido sin ayuda de nadie. Quién iba a decir que las boñigas diesen para tanto. Si llego a saberlo te habría contratado para que las recogieses para mí.
Y expectorando más humo, estalló en una sonora carcajada que amenazaba con producirle un golpe de tos. Después, prosiguió.
- Aunque nunca hayamos sido amigos, nos conocemos de toda la vida ¡Joder, si hasta hemos compartido escuela! Al igual que han hecho nuestros hijos ¿Conoces a mi hijo, Álvaro? Seguro que sí. Tiene mucho éxito entre las chicas. El pueblo se le ha quedado pequeño y ya se ha follado a todas las muchachas: a todas las guapas, claro, que en eso ha salido al padre. Incluso me consta que se ha cepillado a la madre de alguna de ellas. Puro morbo. Pues como te digo, querido Paco, Álvaro lleva años hablándome de tu hijo. Dice que es un gilipollas merecedor del Balón de Oro ¡Cuidado! No lo tomes a mal. Es algo que sabe todo el pueblo. Asegura mi hijo que tu chaval es tan meapilas que no se ha cepillado ni a “La Cubista”, que de largo es la más fea y más salida del pueblo - otra sonora risotada y una nueva nube de habano - Debe cascársela mucho el chiquillo. Eso dice don Celerino que le ha contado tu Amparo: qué tu hijo se mata a pajas ¡No te sorprendas, hombre! Entre el cura y yo no hay secretos de confesión. La iglesia siempre está cercana al poder y únicamente atiende a las cuestiones importantes, como esa subvención que necesitan para restaurar el retablo mayor de San Afrodisio porque al cura no le llega con la limosna del cepillo ¡Ay, Paco, qué mala educación sexual le has dado al chaval! Aunque doy por seguro que, al igual que tú, de cagarrutas de bichos entiende un rato. Y es que la juventud, querido Paco, ya no es tan avispada como cuando nosotros teníamos su edad. Nuestros hijos necesitan de nuestra guía espiritual y experiencia, no saben buscarse la vida solos y son unos señoritos ociosos que no sienten la menor apetencia por trabajar. Padecen de molicie, amigo Paco; el mal de su generación. Al mío ya lo tengo encaminado, y para solucionar el problema que tienes con el tuyo voy a hacerte una propuesta. Estoy pensando remodelar la corporación municipal y he pensado en Manolito.
- Lolo. Ahora se llama Lolo - aclaró Paco con un hilo de voz.
- Lolo, sea pues. Y es que los gilipollas siempre son bien recibidos en política. Son una especie muy apreciada en los partidos. Les das un carguillo y ya piensan que son una pieza necesaria. Incluso hay algunos que se lo creen hasta el punto de atreverse a hacer propuestas ¿Te imaginas a tu hijo haciendo una sola sugerencia para mejorar la vida de los vecinos? ¡Qué descojone sería eso Paco! Sin embargo, es algo que no debe ocurrir. No podemos permitirnos arbitrariedades. Sería descubrir el trampantojo que es la política. Y me encanta esa palabra - sentenció levantando el dedo índice -, porque una cosa es que los ciudadanos duden, y con razón, de nuestras capacidades, y otra muy distinta es hacerlo patente. Los gilipollas, querido Paco, no están para pensar, sino para hacer bulto, aceptar la jerarquía del voto, firmar los papeles que les pongan por delante y aplaudir de forma convincente en los plenos ¿Crees que “Lolo” - pronunció haciendo con sorna el signo de comillas con los dedos - estaría capacitado para estas cuestiones técnicas? Yo pienso que sí. Aunque sea un papanatas, tengo grandes esperanzas puestas en él. Tu hijo viene de una familia del pueblo que ha demostrado que con trabajo duro y dedicación se puede lograr el éxito. Sois un ejemplo a seguir. “Los boñigas” sois una familia muy querida, por lo que será fácil que el chaval se gane el aprecio del ciudadano medio. Además, el jodido tiene un buen cabezón. Le llaman “El Funko”, ¿lo sabías? Esos puñeteros muñequitos japoneses que se venden por millones. Esto puede parecerte una tontería sin importancia, pero en política todo suma y no puedes dar nada por irrelevante. Cada detalle cuenta. Una cabeza grande es algo muy valorado por el votante, pues en su ignorancia cree que cuanto más grande es el espacio, mayor es el ingenio. Imaginate, amigo Paco, amueblar tanto espacio como tiene la cabeza de tu hijo. Seguro que se aprenderá sin dificultad todas esas puñeteras normativas legales que ninguno de nosotros leemos, y con las que el consistorio tiene la responsabilidad de lidiar. Mi Álvaro confía mucho en sus capacidades, pues dice que “Lolo” - nuevamente la grotesca mueca con los dedos - tiene una memoria tan buena, que aún se acuerda de cada hostia que le dió en el recreo, y conociendo a mi hijo debieron ser muchas. Como otra virtud a su favor, valoro que a tu chaval no le cabe un solo pelo más. Y es que los calvos nunca generan confianza en el electorado. Están tan desprestigiados que ningún calvo ha hecho jamás carrera política. Tienen aspecto de buitres carroñeros y dan mala imagen a este negocio. Tu hijo, en cambio, será la envidia de ese votante alopécico y acomplejado que viaja a Turquía para ponerse pelo. Pero seamos justos, pues hay que poner a cada cual en su sitio, tu chaval no es Churchill, no es algo que vaya a descubrirte yo, y para ser hijo de la Amparo, es feo de cojones, tiene cara de lelo y en conjunto su apariencia es la de el típico paleto evidentemente idiota, pero le pondremos un traje barato, unas gafas de diseño de esa óptica que tiene en el pueblo Angelines, “La bizca” y mejorará mucho su imagen corporativa. Ya le estoy viendo sentado en su despachito del ayuntamiento, auxiliado por una secretaria cargada de trienios y afín al partido que le llamará de usted. Se lo dará todo hecho, para que así el pobre no se lleve el disgusto de meter la pata. Creételo Paco, tu hijo ya no será “Lolo”, sino Don Manuel ¿Lo visualizas? ¿Ves ya su placa en la mesita del despacho? “Don Manuel: Concejal de Gilipolleces y Pajotes”. Un tipo importante. Incluso, si hace falta, le pondremos un coche oficial para que no tenga que gastar suelas, que ya me han dicho que el pobre es tan subnormal que ni siquiera sabe conducir. Estoy convencido de que a tu chico le gustará la política: se vive de cojones. Solo tienes que verme a mí. Pero veo por tu expresión que no te fías de mí y piensas que estás haciendo un trato con el diablo. Crees que aquí hay gato encerrado, ¿a que sí? ¡Joder Paco! eres un tipo listo que ahora mismo se está preguntando: ¿Qué me va a pedir el cabrón del alcalde a cambio? Pues te equivocas.
En ese momento el alcalde se levantó del cómodo sillón y empezó un sosegado paseo por la alfombra, deambulando alrededor de Francisco.
- En una muestra de buena voluntad a esta amistad que hoy comienza, más que pedir, te voy a conceder. Veras, parte de mis obligaciones como alcalde es estar al corriente de las necesidades de la gente del pueblo, aunque estos no me hayan votado nunca, como me aseguran que es tu caso. Tú tienes un vivero que crece sin parar por el bajo precio de las tierras adyacentes, y un suministro de agua insuficiente. Necesitas más agua, ¿verdad, Paco? Por eso has venido a verme, para conseguir una nueva canalización por parte del ayuntamiento. La cuenta que has hecho es bien simple: más agua, más plantas y más ingresos. Con los años has demostrado un infatigable espíritu emprendedor y he de reconocerte que nadie en la provincia sabe más de mierda que tú, pero en la vida real, las cuentas nunca son tan simples, con lo que debido a ese afán tuyo que tienes de expandir tus terrenos, vas a tener que aprender un poco de contabilidad. Te pondré un ejemplo. Digamos que ahora ganas un millón, que según nuestro amigo del banco es mucho más. Con tu nueva ampliación, y esa necesaria canalización del agua, pronto serán dos millones, tres o quizá hasta cuatro, si va bien la cosa, que irá Paco, irá. Lo que te propongo es que repartas esos beneficios con el pueblo a través de una de las empresas de mi hijo, las cuales trabajan para el ayuntamiento aunque sin el engorroso trámite de tener que compartir administración. De hecho, mi hijo Álvaro, muy profesional y siempre atento a las necesidades de sus clientes, para ceñirse a tus necesidades más concretas aún no ha creado esa offshore, aunque seguro que ya tendrá pensado un nombre rutilante con el que dará caché a tu rústico mundo botánico. Como ves, no te estoy pidiendo nada que ya tengas. Lo tuyo es tuyo y solo tú te lo has ganado. Ya te he felicitado por ello. Lo que voy a pedirte es una humilde contribución de esos beneficios para que así todos progresemos contigo: un pago por esa carísima obra de infraestructura e ingeniería pagada con dinero público con el único fin de llevarte a ti, y solo a ti - acentuó señalando con el dedo -, un inagotable torrente de agua fresca para que riegues tus plantas. En nuestro programa político está incluida la necesidad de ayudar a la burguesía a la que perteneces, para que genere más dinero, lo cual naturalmente conseguís gracias a estos privilegios que os cedemos nosotros, los políticos, como la nueva clase aristocrática de nuestro tiempo. Vosotros oléis la mierda y nosotros la pasta, con lo que nuestra unión siempre ha sido, y será, beneficiosa. Si estás de acuerdo con esta asociación que te propongo, una parte de tu nueva facturación irá a esa nueva empresa de mi Álvaro. Es una propuesta tan generosa que si no la aceptases te vería como un egoísta que solo mira por lo suyo desdeñando los intereses del pueblo.
- ¿Acaso piensas que es un acuerdo abusivo? - prosiguió el alcalde - Bien, no hay problema. Por razón de mi cargo estoy acostumbrado a entender todos los puntos de vista, de forma que te planteo otro escenario. Tú sigues por tu cuenta, con aquello que ya dispones, y aquí no ha pasado nada. Ni siquiera se ha celebrado esta reunión que tú, y solo tú, has solicitado. Te vuelves a casa a recoger más zurullos y a seguir disfrutando del aroma melancólico de la tierra mojada. Pero para evitar que esta se te seque, en grado al cariño que ya te voy cogiendo, me veo en la obligación de advertirte que según los últimos estudios que hemos realizado, las tuberías que actualmente llevan agua a tu vivero son muy antiguas, están en mal estado y no cumplen la actual normativa de la Unión Europea para obras civiles. Por si fuera poco, la concejalía de medio ambiente y ecologismo ya ha hecho un informe detallado que asegura que parte de esa agua de que dispones proviene de aguas subterráneas, y que año tras año tu vivero está secando los humedales de “Mis Cojones”, evaporando el hábitat donde viven las ranas, se pasean los caracoles, sacia su sed el chotacabras y ponen sus huevos las libélulas. De hecho, me han asegurado que ya han convertido alguna de esas asquerosas chinches en especie protegida. Sin más intrigas, querido Paco, es posible que con gran pesar mío el ayuntamiento tenga que tomar cartas en el asunto y cerrarte el grifo. Los lobbies ecologistas son un duro grupo de presión y mi partido no quiere quebraderos de cabeza con esos piojosos tocapelotas. Así que para ahorrarte disgustos, este es el trato. A partir de la entrega de la obra de canalización, el cincuenta por ciento de los ingresos que obtengas del vivero irán a la empresa de mi hijo. A cambio te daré toda el agua que necesites: te sobrará tanta que incluso podrás plantar arroz y bañarte con tu familia en ella. Te lo pondré tan fácil que ni siquiera tendrás que preocuparte por la mano de obra. Eres un tipo con suerte, Paco. Por estas cosas del puto Pacto de Migración, estamos obligados a acoger una cuota de moros y de negros. En el vivero les daremos ocupación para que trepen a las palmeras y así se sientan como en casa: no quiero ver a esa chusma vagando ociosa por el pueblo. Como te he dicho, es un trato tan ventajoso que incluso te ofrezco un carguito en el ayuntamiento para el soplapollas de tu hijo, y que así tenga una ocupación irrelevante, aunque muy bien pagada, con un abono incluido al puticlub de “La Tetona Letona”, para que se relaje de la dura jornada laboral. Así el pobrecillo dejará de meneársela y tu Amparo de incordiar a don Celerino, que es hombre de escasa paciencia. Y es que - se acercó como para hacerle una confesión-, me han dicho que acaban de traer a una ucraniana, refugiada de guerra, que está ansiosa por demostrar su agradecimiento porque le hayamos sacado de la miseria salvándola de morir en un bombardeo de los rusos. Cuando termine de charlar contigo iré a conocerla. Me dicen que es una dedicada profesional, con exceso de celo en su trabajo. Solo de pensar en ella ya me estoy poniendo cachondo - dijo agarrándose la entrepierna -, de modo que entenderás que no quiera perder más el tiempo contigo, ni que tu desatiendas el tuyo en tu mierda de macetas, semilleros o aquello que hoy tengas que cultivar. Así que cerremos este asunto ahora mismo como los dos caballeros que somos, con un fuerte apretón de manos - le propuso tendiéndole la misma mano con la que un instante antes se agarraba el pene, y mirándole fijamente a los ojos, le preguntó siseando como una serpiente - ¿Hay trato, o no hay trato, Currito?
ostia compadre, he tenido q leerlo en tres veces pq no paraba de descojonarme....
ResponderEliminarNos podría parecer ficción, pero es la realidad, quién no ha visto como salen los hijos gilipollas quizás por las comodidades, o por la tecnología, o simplemente siempre habrán gilipollas, lo único que no te toquen de cerca. Buena descripción, ya conocida de los políticos y sus políticas
ResponderEliminarTrabajamos con el ayuntamuento de mi pueblo desde hace 21 años. Los gas descrito con una fidelidad que asusta. Has sido concejal alguna vez?
ResponderEliminarQuería crear un villano para uno de mis relatos. Un personaje que, inesperadamente, a mitad del mismo se adueñase de él. En los tiempos que corren, obviamente ese villano no podía ser otro que un político: la privilegiada clase aristocrática de nuestros días. En “El trato” hay dos partes perfectamente diferenciadas: la del hombre hecho a sí mismo gracias al duro trabajo, y la del alcalde representante de la corrupción que, como el Sheriff de Nottingham, exige tributos desmedidos a los sufridos ciudadanos. La lucha del bien y el mal con un toque zafio de humor. Y no, nunca he sido concejal ¡Solo faltaría! Mi única relación con los políticos es el profundo desprecio que les tengo.
ResponderEliminarAunque ya lo he hecho por WhatsApp, vuelvo a darte mi enhorabuena por el relato...
EliminarHacía mucho tiempo que no leía algo tan mordaz e ingenioso, ¡Jod**, es buenísimo!
Muchas gracias. Me alegro que te haya gustado.
EliminarEstupendo, Alfonso. Has retratado muy bien a los dirigentes q elegimos entre todos. Dicen q esto es dEMOCRACIA.
ResponderEliminarGracias por tu comentario. Pues sí, así es. Nuestra privilegiada clase dirigente todo lo parasita a fin de consumir cualquier recurso en beneficio propio o de su partido político. El mal de nuestro tiempo.
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