El hombre del tiempo.
En los años setenta, en la televisión aparecía un señor con aspecto de profesor de colegio de curas, quién con un puntero de madera, daba la espalda a la audiencia para señalar las líneas curvas dibujadas por el Instituto Nacional de Meteorología, en un mapa de la península ibérica. Su misión era anunciar, a los pocos españoles que tenían tele, el tiempo que iba a hacer al día siguiente. Mariano Medina se llamaba, y era el heraldo de algo tan caprichoso como el clima. Aquel meteorólogo, apoyándose en los limitados medios de la época, hablaba de borrascas y anticiclones, isobaras y presiones, y como al buen hombre debido a estos tecnicismos no se le entendía la mitad, sufría el peso de la infundada fama de atinar únicamente por las razones, también volubles, por las que el horóscopo acertaba en la sección de astrología que la prensa de la época dedicaba al zodiaco. Esas habladurías daban a su espacio una dudosa credibilidad, y a sus predicciones un suspense psicológico acerca de lo que ...