Gapos de chino.
La primera vez que entré a comer a un chino fue en el verano de 1986. La comida oriental llegaba a nuestros barrios gracias a este tipo de restaurantes, para que pudiéramos por fin degustar sus deliciosos platos. Por entonces yo tenía 17 años y mi capacidad económica era comparable a la de Carpanta, de modo que el mérito de tan exótica experiencia recayó en las finanzas de un amigo, al que sus padres, como castigo a su reiterada y pertinaz incomparecencia a las clases del instituto, ya le habían conseguido un trabajo forzoso en los servicios de mantenimiento municipales. Con su habitual generosidad y desprendimiento, al cobrar su primera nómina me invitó, con gran alborozo por mi parte, a ese lujo asiático que suponía probar los rollitos de primavera, el arroz tres delicias y el cerdo agridulce. Para ello nos encaminamos a un viejo mesón, en otro tiempo tahona, decorado en plan pagoda y reconvertido así en El Dragón Dorado; el cual no tardaría en ser bautizado popularmente como “E...