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Gapos de chino.

La primera vez que entré a comer a un chino fue en el verano de 1986. La comida oriental llegaba a nuestros barrios gracias a este tipo de restaurantes, para que pudiéramos por fin degustar sus deliciosos platos.  Por entonces yo tenía 17 años y mi capacidad económica era comparable a la de Carpanta, de modo que el mérito de tan exótica experiencia recayó en las finanzas de un amigo, al que sus padres, como castigo a su reiterada y pertinaz incomparecencia a las clases del instituto, ya le habían conseguido un trabajo forzoso en los servicios de mantenimiento municipales. Con su habitual generosidad y desprendimiento, al cobrar su primera nómina me invitó, con gran alborozo por mi parte, a ese lujo asiático que suponía probar los rollitos de primavera, el arroz tres delicias y el cerdo agridulce. Para ello nos encaminamos a un viejo mesón, en otro tiempo tahona, decorado en plan pagoda y reconvertido así en El Dragón Dorado; el cual no tardaría en ser bautizado popularmente como “E...

Calle Bocarana.

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Cuando era niño, llegado el buen tiempo, me gustaba sentarme en el suelo de la terraza, al fresco, y meter las piernas desnudas entre los barrotes de la barandilla, colgando mis pies descalzos en el vacío, asiendo con cada mano aquellos delgados hierros, verticales y descascarillados por la falta de pintura, mirando la calle a través de ellos, como un preso mira al exterior de su celda, hasta que los pómulos de mi cara quedaban marcados por la presión de su contacto.  Una tarde vi como dos operarios, vestidos con mono azul, se subían a una larga escalera para cambiar la placa de la calle, a la que el ayuntamiento, por algún motivo desconocido, había decidido darle un nuevo nombre. La tarea les llevó su tiempo, pues recuerdo que mi padre, quién también se asomó a la terraza para ser testigo del acontecimiento, exclamó que le parecían unos verdaderos inútiles. - Señor bendito: ¡Si son cuatro tornillos! - dijo, para después apagar la colilla del cigarro en la maceta de geranios sin ge...

El día que dejé de fumar.

Ya han pasado treinta años desde el día en que dejé de fumar. Aquella noche del 13 de abril de 1995, Pep Cargol machacaba eufórico el aro del Olympiakos en la pantalla de una vieja televisión de catorce pulgadas, y yo lo celebraba estando de visita en un piso de alquiler de un pueblo perdido del Aljarafe sevillano, litrona en mano, encendiendo un cigarrillo tras otro por la incertidumbre del resultado, dando saltos de felicidad a riesgo de romper con la cabeza la única bombilla que alumbraba el salón, sin que el resto de los presentes secundara mi alegría ni entendiese aquella emoción que me corría por dentro. Y es que ninguno comprendía la razón de tanto júbilo. Se la traía floja lo que estaban echando por la tele y que Ramón Trecet, emocionado, perdiese la voz con el acontecimiento, o que el gran Arvidas Sabonis levantase aquella estúpida figura de metacrilato que parecía salida de un bazar y por aquellos años servía de trofeo.  ¡El Real Madrid volvía a ganar la Copa de Europa de...

La vigilia

  A altas horas de la madrugada, la televisión entontece aún más si cabe, por increíble que parezca. Uno de los momentos álgidos del bodrio nocturno es ese espacio que algunas cadenas privadas rellenan con lo que antiguamente se llamaba Minutos Musicales. En tan intempestivo momento de la noche, previo a que cante el gallo, los artistas punteros del pasado, y otros que no lo fueron tanto pero comparten cronología, regresan a antena saliendo de sus ataúdes con la frente marchita y las sienes plateadas, entre tinieblas, como vampiros catódicos, aunque sin la gracia de Jay Hawkins, presentando sus nuevas y viejas canciones en un pequeño concierto desolado y fúnebre. Lo primero que piensas es: ¡Joder, cómo se ha estropeado este tipo!, lo cual por norma general fulmina de un gancho al hígado la púrpura de la nostalgia: algo así como cuando tienes una reunión con amigos de la infancia a los que hace décadas que no ves, un reencuentro casual con una antigua novia o paseas por el idealizad...

Rattle and Hum

- ¿Estás segura qué sabrás conducir este trasto? - Of course – asintió Gwen – En Indiana we drive todo lo que tenga motor and wheels – prosiguió en un espanglis pasable – I will only have to conducir … ¿Cómo vosotros decís, barefoot? - Descalza. - It’s ok. Do you know if conducir barefoot ser prohibido in Spain? I cant do it by myself, I mean, I don’t … ¿apaño? ¿Se dice apaño, a pisar the car pedals con …?, ¿cómo vosotros decís, zapatos high heels? – preguntó al tiempo que me lanzaba hacía atrás sus zapatos de tacón. Aún no me creía que ella conociese a una americana salida de la nada. Me contó que había viajado a Madrid para aprender flamenco, y ahí seguía, perseverando en el taconeo. Coincidieron en la misma academia de baile y de ahí surgió esta extraña amistad. Una chica de Indiana, que vivía en Nueva York y que ahora residía en nuestro barrio, enamorada de las bulerías y los fandangos. En este afán tan español de agradar al visitante extranjero, habían planeado pasar la noche en e...

El reino del alcornoque

Sabía que no era buena idea ¡Mira que lo sabía! Desde el día anterior me había negado en rotundo a aceptar su invitación, pero él llevaba toda la mañana insistiendo. - Veniros ¿Qué tenéis que hacer? Así veis el nuevo salón que hemos construido y lo bien que ha quedado. Saben que estáis aquí de visita y están deseando conoceros ¿Qué os cuesta? - Ya sabes que no somos religiosos y particularmente me considero ateo. Allí no pintamos nada. - ¿Pero qué tendrá que ver? Es una reunión de familia. Nada más que eso. Y la fiesta de nuestra patrona: La Virgen de La Peana ¡El día grande! - Razón de más. - ¡Venga hombre! Haremos una cosa. Para que os sintáis más cómodos nos saltaremos la misa con alguna excusa y solo iremos a la comida, que será laica. - ¿Cómo aquella perra que mandaron al espacio? - No tendrá nada que ver con la religión. Va a haber muchos invitados y vendrá gente importante de Sudamérica, con lo que tampoco seréis el centro de atención ¿Os parece bien? - No me convence. Id vosotr...

La Tigresa de Siberia.

En los primeros años de la década de los ochenta, si querías ver una película tenías que ir al cine. También existía la posibilidad más casera de ver la que echaban por la tele, gracias a su magia en trescientas sesenta y cinco líneas, mayoritariamente en blanco y negro: los viejos ciclos de Western del envejecido Randolph Scott, alguna entrañable españolada de López Vázquez o Martínez Soria, o la típica de romanos de Victor Mature en fechas cercanas a la Semana Santa. En el cine, en cambio, volaba la imaginación como el Superman de Christopher Reeve a la velocidad hiperespacial del Halcón Milenario, y ya de vuelta estirabas el dedo índice como E.T. diciendo “Mi caaaaasa”, preparado para hacer la patada de la grulla al menor indicio de problemas. Llegadas las vacaciones de verano el cine tenía su propio género. Al aire libre, entre nubes de mosquitos y croares de rana, Bud Spencer era el rey de la pantalla con aquellos pavorosos guantazos a mano abierta que vestían al otro de torero. V...