Presentación en sociedad.
En una serie que tuvo cierto éxito, hace ya unos años, un actor en su línea de diálogo decía: “Lo primero que ves cuando te despiertas en la cárcel, es a tu compañero de celda cagando a un metro de ti”. Aquel actor era el padre de Angelina Jolie, no recuerdo su nombre, y la serie era … ¡Ray Donovan! Ahora me ha venido a la mente. Es curioso como funcionan los recuerdos.
Obviamente, el hecho de tener a mi compañero de celda vaciando sus intestinos ruidosamente frente a mis narices, me ha facilitado enlazar una cosa con la otra.
Al hombre se le ve suelto, sin necesidad de mayor intimidad. Se nota que ya ha pasado por este trance. Debe ser uno de esos, ¿cómo les llaman? … ¡Reincidentes! Eso es ¡Jodidos fallos de memoria! Este dolor de cabeza me está matando y no me deja pensar con claridad. Desde hace dos días me cuesta elegir y organizar las palabras en mi mente.
El tipo está cagando como si estuviera en su casa. Solo le falta silbar. Yo en cambio llevó dos días sin atreverme a ir al retrete, desde horas antes que ocurriese aquello que la policía asegura no fue un accidente.
- Primo ¿Estás despierto?
- Si
- Échame uno de tus rollos de papel higiénico - me pide tendiendo su mano en la oscuridad para alcanzarlo.
- ¿A ti no te han dado un lote de higiene?
- Si, pero ya he gastado parte del mío tapando la piscina del tigre. No quería que esto se me fuese por el sumidero - dijo acerca de algo que guardaba en la mano -. Así que dame el tuyo. El papel del culo escasea en estas casas y es un bien preciado.
Con dificultad me incorporo en la cama y a tientas encuentro, en la vacía parte de mi estantería de obra, uno de los dos rollos que me dieron anoche. Se lo alcanzo con un pequeño impulso, y en las umbrías luces del interior de la celda veo que en su mano tendida tiene unos objetos manchados de su propia mierda, los cuales limpia apresuradamente con “mi bien preciado”. Vienen recubiertos por un plástico - ¡Unos preservativos! -, los saca de su envoltorio, con las manos aún sucias de excrementos, y así obtiene un pequeño objeto azul y dos óvalos marrones. La peste de su mierda me revuelve aún más si cabe el estómago, se mete en mi garganta, reseca por falta de hidratación, y se adhiere al paladar.
- Estas son las ventajas de ingresar voluntariamente a la hora de la cena - me aclara observando con codicia esos objetos, como si fueran el anillo de Gollum -. Los “boquis” están a dos cosas, y se relajan cuando al talego no te traen los civiles. Además esta guardia en concreto, no es muy meticulosa.
Apenas se limpia de una pasada el culo antes de golpear con el puño el ruidoso pulsador de la cisterna, y sin lavarse las manos, deposita su enorme cuerpo en el colchón, haciendo que se tambalee toda la litera. Pienso en la suerte que he tenido por que me haya tocado la cama de arriba, de haber sido al revés, con fallar un solo anclaje de estas viejas camas, podría morir aplastado por este repulsivo gordo que despide un agrio olor a sudor y humedad ¿Cuánto tiempo hará que no se ducha? ¿Y cuánto pesará? Es enorme. Apuesto que de los ciento cincuenta kilos no baja. Estoy tentado de preguntarle pero me aguanto la curiosidad. No creo que esa sea una pregunta prudente: “nunca se sabe cómo pueden reaccionar estos tipos” - me recomendó ayer un chaval en los calabozos del juzgado -. Tenía pinta aquel chico de haber abusado de las pastillas: “Otra mala noche” - se justificó -. Le habían curado una brecha de la cabeza dándole varios puntos de sutura y tenía un ojo hinchado. ¡Qué lástima de juventud! - pensé tal y como habría hecho mi abuela -. Pero de algo habrá que hablar, ¿no? Resulta violento estar encerrado entre cuatro paredes y permanecer horas y horas en silencio. Fuera aún es de noche y los focos del patio iluminan con un tono amarillo el muro que divide la prisión en sus distintos departamentos. Me levantaría a beber agua para aliviar esta maldita resaca que aún persiste, pero el lavabo está al lado del inodoro y ese olor a mierda es nauseabundo. Si lo hago vomitaré ¿Qué hora será? ¿Cuánto tiempo llevo encerrado en una celda? La primera imagen que mi mente retiene es la de despertarme en los calabozos junto a aquel chaval herido y empastillado, al que la policia, por prevención de suicidio, le había quitado los cordones de las zapatillas y el cinturón. Recuerdo también aquel otro detenido que gritaba y golpeaba repetidamente la puerta de una celda cercana, empeorando con ello esta migraña que lleva dos días taladrandome el cerebro. Sé que está mal decirlo, pero deseaba con todas mis fuerzas que la policía entrase de una bendita vez a aquella celda y le diesen una buena tunda para que así dejase descansar al resto. Al final supongo que el infeliz se cansó y acabó durmiéndose.
De las horas anteriores a aquello mi memoria no quiere desvelar ningún recuerdo. De lo último que me acuerdo es que estábamos en aquel bar de copas al que habíamos ido a tomar algo después de cenar en un restaurante con muchas reseñas positivas. Supongo que ahí debería haberlo dejado, pero ese es mi gran defecto, nunca sé cuando parar.
- Si. Estoy dentro - susurraba el pestilente gordo desde su cama - He tardado más en desempetármelo y llamarte porque no me fiaba del primer compi que me habían puesto. Con este no habrá problema ¿Estás seguro que está allí? … Bien. Y dices que ha comunicado este fin de semana con ese módulo… No, no creo que haya inconveniente para que me manden allí. Mañana se lo pondré feo al educador y me mandará a ese módulo de mierda … Si, aquí soy bien conocido, ¡ja, ja, ja! Tengo un NIS de los noventa… No, no me verá venir ¡A ese cabrón le queda un solo día de vida y no lo sabe! Ya te enterarás mañana.
Mi “primo” gordo estaba hablando con alguien ¡De modo que era eso! El objeto azul que se había sacado del culo era un pequeño teléfono móvil. Seguro que los dos óvalos eran droga.
- La batería no va a durar mucho … No, no me he arriesgado a meter un cargador. Ya pillaré uno en el módulo… Cuelgo.
Y colgó, para de inmediato golpear con las palmas de sus enmierdadas manos la parte inferior del somier metálico de mi cama.
- ¿Me escuchas, primo?
- Si.
- Pon atención a lo que te digo. Si por casualidad los guardias hoy me cachean o registrasen el chabolo, sabré que ha sido porque te has chivado que tengo un móvil. Verás, conozco bien cómo piensan los primos como tú. Puede que creas que podrías escaparte de mí por el hecho de ser la primera vez que entras preso. Apestas a primario, con tu ropa de marca y ese peinado de peluquería, y como eres un tipo espabilado puede que ya hayas deducido que van a mandarte a un módulo distinto al mío: seguramente a uno de respeto, de esos a dónde nunca van los que son como yo. Es posible que así imagines que te librarás de mí. Pero créeme, primo, no es buena idea ir de listo conmigo. Aquí nadie se escapa y no habrá lugar en el talego donde puedas esconderte. Así que mantén la boca cerrada o te cazaré como a esa “perra” que mañana voy a pinchar en los tigres hasta desangrarlo. Abreviando: si le dices algo a los guardias te saco las tripas. Y si no puedo hacerlo yo, alguien lo hará por mí ¿Lo has entendido?
- Si.
- Ya sabía que eras un tipo inteligente. Tantos años pagando cárcel me han hecho todo un fisonomista.
“¡Uuuuh, Uuuuh, Uuuuuuh …..!” - sonó repetida y prolongadamente una sirena.
- Ahora levántate, primo - otros dos fuertes golpes a la base de mi cama - Es el recuento.
Salté al suelo y mareado por la súbita reacción casi me asalta la náusea. La tenaz resaca ya duraba tres días y el aire era irrespirable debido a la peste que no se iba de aquel espacio cerrado. “De aquí nadie se escapa”, recordé, ni siquiera ese fétido olor a mierda.
- Pulsa ese botón negro que hay sobre el espejo para encender la luz. Después échate a un lado para que así el guardia pueda verme. No primo, no me mires a mí, mira a la puerta.
Al otro lado de la misma, en el pasillo, ya se oían pasos subiendo la escalera. Al instante escuché como dos puertas se abrían.
- Buenos días - “¡Clack, Clack, Clack, Clack!”, se escucharon unos secos golpes metálicos - ¡A ver, señores! ¡Recuento! ¡Levántense, que no tengo todo el día!
Dos sonoros portazos para cerrar otra vez las puertas, nuevos pasos y otros dos cerrojos se abren de un golpe.
- Buenos días. Señores ¡Recuento! - se escuchaba la voz del funcionario a través de la puerta metálica.
- Ya va por la celda 4 - dijo mi compañero de celda, el cual no se había levantado aún de la cama - Le queda un minuto para llegar a la nuestra. Tú sigue de pie y ni se te ocurra moverte.
Mi cuerpo se balanceaba hacía delante y atrás. Las rodillas parecía que no pudieran mantenerme en pie durante esos sesenta segundos que se me hacían eternos, y aquel tipo seguía tumbado en la cama impasible, tan tranquilo ¡Repugnante gordo cabrón! ¡De dónde habrá salido semejante espécimen! Me metieron en su celda una vez finalizado los trámites de mi ingreso, sacando de allí a otro interno que estaba acompañándolo, el cual se marchó aliviado. No se le reprocho.
- ¡Al loro, primo! Ya llega el guardia.
- Buenos días.
- Buenos días - le digo con la dificultad de tener la boca seca.
- A ver. El que está en la cama. Incorpórese para el recuento.
- Mire usted, funcionario - dice levantando la mano -. Es que he pasado una mala noche y me siento fatal ¿Me verá hoy el médico, don?
Como única respuesta la puerta se cerró con un fuerte portazo.
- Ya puedes volver a la cama, primo. Si no se equivoca contando tenemos media hora larga hasta el desayuno ¿Te han cargado la tarjeta de peculio al entrar? ¿Cuánto traías de efectivo?
- Poco.
- Pues con ese poco, en el economato me vas a sacar tres “paquetas” de Pueblo.
- ¿Qué es eso?
- Tabaco de liar. Dinero de curso ilegal del talego.
- Yo no fumo.
- Desde hoy sí. Y no me hagas abusar. Podría cobrar por protegerte. De ti depende.
- ¿Protegerme de quién? Es la primera vez que entro preso, aquí no conozco a nadie y no tengo enemigos.
- Protegerte de mí - me dijo con un brillo homicida en los ojos -. Puedo ser tu peor enemigo y joderte la vida a ti y a tu familia ¿Lo entiendes? ¿Tienes hijos?
- Si.
- Eso me interesa.
- ¿Por qué?
- Porque me preocupo por ti. No hay nada más sano que la vida familiar. Si todo va bien sobrevivirás hasta la tarde y a las cinco te mandarán a ese bonito y limpio módulo de respeto. Si va mal, te mandaré a la enfermería y con un poco de suerte llegarás vivo al hospital. Pronto tu familia vendrá a verte los fines de semana, y allá donde yo esté no me costará pedir un vis a vis coincidiendo con las comunicaciones de tu módulo. Yo no veré a tu mujer y tus hijos, pero alguno de los auxiliares que trabajan allí se los señalará a los míos y ellos se ocuparan de hacerles la vida un poco más difícil. De modo que haz lo que te digo. Podría abusar y cobrarte algo más que esa miseria de “paquetas” de tabaco. Supongo que tu vida y la de tu familia valen más que eso, ¿no?
- Si.
- Pues venga. Haz las camas y limpia bien el tigre. Esto apesta y en ingresos hay que dar buena imagen.
El funcionario no se equivocó contando y salió el recuento. Media hora larga después, tal y como me había dicho mi ominoso compañero de celda, abrieron las puertas de las celdas para el reparto del desayuno. En cola fuimos recogiendo un café con leche, un bollo de pan, una porción de mantequilla y otra de mermelada, que por falta de comedor en ese departamento tuvimos que comer en el interior de la celda. Cuando la funcionaria cerró nuevamente la puerta, mi “primo” me quitó el desayuno dejándome únicamente el café. Partió el pan por la mitad con las manos y me dijo:
- Necesito tu bollo de pan para esconder el móvil y las bellotas. No querrás que me pillen con esto al salir al patio, ¿verdad? Los funcionarios suelen respetar las cosas de comer y no toquetean la comida - dijo concentrado en introducir esos objetos en el interior del pan, ocultándolos entre la miga, para después untar ambos trozos con mantequilla y la mermelada -. Mira que suerte: ha sobrado mantequilla ¿Te sugiere alguna idea sobre qué podríamos hacer con ella? ¡Ja, ja, ja …! Tranquilo primo, no soy maricón. Antes de ingresar me desahogue en un polígono echando un buen polvo. La muy zorra quiso cobrarme ¿puedes creerlo? Ni de las putas te puedes fiar. Quizá si nos hubiésemos conocido dentro de un par de semanas no habrías tenido tanta suerte ¿O quizá si? ¿Te gustan los tíos, primo?
- No.
- Puede que aquí cambies de idea. En estas casas hay mucho chapero y en un espacio tan pequeño se intima. Ya sabes eso que dicen de que el roce hace el cariño. Hablando de intimar, ¿cómo te llamas, primo? - me preguntó masticando su desayuno y bebiendo un trago de café. Ambas cosas se le derramaban por la boca abierta, por efecto de hablar y tragar al mismo tiempo.
- Luis. Me llamo Luis.
<<Luiski ¿Otra ronda? - me preguntó mi amigo, sabiendo que mi respuesta siempre era afirmativa
¿Luiski? ¿Qué nombre tan extraño? - preguntó ella.
Luiski solo, Luiski con hielo, Luiski con seven up ... Es una palabra compuesta, Luis y Whisky ¡Luiski! ¿No es gracioso? - dijo él riéndose.
Luis. Me llamo Luis - respondí como un eco a aquella mujer a la que ya veía doble>>
- Bueno, primo Luis ¿Dime quien eres y qué haces aquí? No tienes pinta de atracador de bancos ni pareces un narcotraficante, y no veo que tengas los cojones necesarios, ni estés tan loco, como para haber matado a alguien. Tampoco creo que estés acostumbrado a recibir golpes en la calle, no eres un perro callejero. Entonces ¿por qué estás preso? - me preguntó mirándome fijamente a los ojos, dando otro mordisco al pan y otro trago al café - ¿Acaso no has hecho bien las cuentas en la empresa y te ha pillado Hacienda? ¿Le diste una paliza a tu mujer? ¿Toqueteas a los niños a los que das clase en un colegio? ¿Es eso? ¿Eres un pedofilo que se hace pajas con videos porno de menores? Si es así estás jodido, amigo mío. En este agujero eso está muy mal visto.
- Tuve un accidente de coche.
- ¿De verás? No veo que tengas heridas ni ningún hueso roto.
- Atropelle a una persona.
- ¿Te la cargaste?
- No sé - <<¡Luiski otra ronda, la poli en la rotonda!>> - No quiero pensar en ello. Desde que ocurrió tengo problemas de memoria.
- Mal descarte, primo. Ningún juez se traga eso del “no me acuerdo” ¿Ibas borracho?
- Si.
- Entonces no fue un accidente.
- Eso mismo dijo la policía.
- ¿Eres un puto alcohólico o algo parecido? - <<Luiski solo, Luiski con hielo …>> - ¿Escurres las botellas? Si te va la fiesta seguro que te metes coca ¿verdad, primo Luis? La noche es larga y hay que seguir el ritmo ¿Meterás coca en los vis a vis para tu compi de chabolo? Claro que sí. Conoceremos a tu mujer y nos traerá lo que le pidamos. Seguro que ella es una señora respetable ¿Está buena tu mujer, primo? Como ya ha dado a luz a tus hijos, seguro que tiene un dilatado agujero en el coño donde le caben muchas cosas. Los que son como tu teneis suerte en la vida. Las mujeres guapas se enamoran de los tipos listos. Ahora que somos colegas tenemos que compartir esa suerte, aprovechando que los de tu clase nunca sois sospechosos; que a vuestros familiares los guardias nunca les acercan el perro para que les huela si traen o no droga. Eso se lo reservan a los nuestros. Primo Luis, tú y yo vamos a ser grandes amigos, ya lo verás.
- ¡No quiero que hables así de mi mujer! Ni siquiera la menciones.
- ¡Vaya sorpresa! ¡Tienes carácter! Eso es bueno. Te hará falta en los próximos años. Pero, primo, voy a explicarte una cosa: en una cárcel, lo que tu quieras o no es irrelevante. Has perdido tu libertad, y cuando ya no eres libre no dependes de ti. A nadie de aquí le importa tu parecer. Así que pensándolo mejor, he cambiado de idea: tendré que protegerte. Corres el riesgo de pensar libremente y eso es tan peligroso que no puedo permitirlo. Eres un activo importante para mi negocio.
- No tienes que protegerme. Ya te he dicho que no tengo enemigos ni te debo nada.
- Claro que sí, primo Luis. Me lo debes todo. Piensa esto: imagina por un momento que cuando salgamos al patio les digo a los compis, que allí nos encontremos, que el compañero de chabolo que me ha tocado es un asqueroso agresor sexual de menores, de esos que se corren metiéndole mano a los niños.
- ¡Ya te he dicho que estoy preso por un accidente de tráfico! ¡No soy un pederasta!
- Lo sé, lo sé … pero ellos no. Y esa es la cuestión ¿A quién van a creer? ¿A ti o a mí? Estás noticias vuelan muy rápido por el talego. Es algo muy feo ser un pervertido que abusa de los chiquillos. Sea cual sea el módulo al que vayas no te recibirán bien. De modo que ya ves que si, me veo en la obligación de protegerte, no vaya a ser que cuando vayas a mear te echen una manta por encima y te muelan a palos en los tigres. Vamos primo, no pongas esa cara tan triste. Haremos una cosa. Como me pareces un tío legal te haré una oferta que no podrás rechazar. Por el mismo precio también la protegeré a ella y así nada le pasará a tu mujer si cumples con nuestro trato.
- Yo no he hecho ningún trato contigo.
- Oh, si que lo has hecho. Ya te digo que sí, primo Luis. Puedes creerlo.
Y dicho esto tiró al suelo el vaso ya vacío de café y volvió a tumbarse en la cama, hundiendo su enorme peso en el mugriento colchón para acto seguido cerrar los ojos. Pareciera querer relajarse con la intención de dar una cabezada, aunque yo sabía que estaba fingiendo, simulando, para probar hasta donde llegaba “ese sorprendente carácter que tengo”. Y a mí me faltaba el aire. Sentía fuertes palpitaciones en el corazón, seguramente porque mi cuerpo estaba segregando la adrenalina necesaria para activar un inútil mecanismo de huida, pues de allí no había forma de salir: “De aquí nadie escapa”.
Esto tenía que ser una pesadilla. No podía estar ocurriendo en realidad.
¿Cómo me había metido en este lío? Hace solo dos días tenía una vida acomodada, con mi trabajo, mis amigos, el amor de mi familia… En la vida nunca hice nada malo, jamás cometí un delito y a nadie hice daño. Únicamente había salido a cenar con unos amigos, simplemente fue eso, una cena y unas copas. Tenía grandes planes para el futuro y de repente estoy encerrado con este grandísimo hijo de puta cuyo plan es aprovecharse de mí y joderme más la vida. Aquellos planes, mis planes, ya no me pertenecían. Eran suyos. En unos pocos minutos me había coercionado y convertido en algo de su propiedad.
Tenía que encontrar una forma de defenderme, de retomar la iniciativa, de inutilizar el miedo que sentía. Pero nunca he sido una persona valiente ni he tenido la necesaria autoestima para imponerme a la gente que me hace sentir vulnerable. De nada me serviría interpretar aquí esa falsa seguridad con la que tan bien he disimulado mis temores en mi vida en libertad.
¿Tendría alguna oportunidad de librarme de él si intentase matarlo en caso de que se durmiese? ¿Podría estrangular con las manos a alguien que me doblaba en peso y fuerza? ¿Quizá tendría más oportunidades cortándole el cuello con las cuchillas de afeitar que vienen en el lote de higiene?
¿A quién quiero engañar? ¡Solo de pensarlo me tiemblan aún más las piernas! Acabaría conmigo rápidamente. Seguro que no sería la primera vez que lo hace. Este es su mundo de violencia, no el mío. Aunque si reuniera ese mínimo valor necesario, si me decidiese siquiera a intentarlo, terminaría de un modo u otro con este infierno que me tiene reservado. Salvaría además la vida de ese otro infeliz al que mañana va a “pinchar hasta desangrar” en a saber qué rincón de esta cárcel, y me iría de este mundo con la satisfacción de arruinar sus planes. De esta forma, también redimiría esa otra vida que quite: la de aquella chica inocente a quien atropellé conduciendo completamente borracho. La mujer a la que destrocé, piernas y caderas y que por fuerza del impacto, estrelló su cabeza contra el parabrisas del coche. La adolescente que mirándome fijamente a los ojos, con terribles muecas de dolor, me acusó de haber cercenado sus planes de futuro aquella noche lluviosa, culpándome del agudo dolor que causaría a sus seres queridos. Fue así como se apagó ante mí, parpadeando una última vez con una expresión de incredulidad, como si no se creyese lo que yo le había hecho. Su cara ensangrentada se deshacía como una acuarela empapada en agua, al otro lado del cristal, frente a la bolsa del airbag bañado en mi propio vómito.
Con estos terribles pensamientos se torturó mi mente durante un tiempo que ya no tenía medida. Sentado en una vieja silla de plástico, ausente de este plano de la realidad, observaba con la mirada vacía las sucias paredes, leyendo mensajes escritos en ellas por otros presos que allí habían pasado sus días encerrados,
Me sacó de mi ensoñación otro repetido y prolongado toque de sirena, y momentos después volvió a abrirse la puerta.
- Señores ¡Bajen al patio! - ordenó la funcionaria.
- Como usted diga - respondió él.
Ella, ajena al drama que se estaba produciendo en el interior de aquella celda, continuó la apertura de otras celdas y varios presos empezaron a salir de ellas.
- Vamos, primo Luis. Esta es tu presentación en sociedad. Nuestros nuevos amigos nos esperan. Seguro que conozco a algunos de otras campañas y te los presento. Acostúmbrate a ellos, va a ser una relación duradera ¡Anímate, hombre! Un soplo de aire fresco del patio te vendrá bien.
Obviamente, el hecho de tener a mi compañero de celda vaciando sus intestinos ruidosamente frente a mis narices, me ha facilitado enlazar una cosa con la otra.
Al hombre se le ve suelto, sin necesidad de mayor intimidad. Se nota que ya ha pasado por este trance. Debe ser uno de esos, ¿cómo les llaman? … ¡Reincidentes! Eso es ¡Jodidos fallos de memoria! Este dolor de cabeza me está matando y no me deja pensar con claridad. Desde hace dos días me cuesta elegir y organizar las palabras en mi mente.
El tipo está cagando como si estuviera en su casa. Solo le falta silbar. Yo en cambio llevó dos días sin atreverme a ir al retrete, desde horas antes que ocurriese aquello que la policía asegura no fue un accidente.
- Primo ¿Estás despierto?
- Si
- Échame uno de tus rollos de papel higiénico - me pide tendiendo su mano en la oscuridad para alcanzarlo.
- ¿A ti no te han dado un lote de higiene?
- Si, pero ya he gastado parte del mío tapando la piscina del tigre. No quería que esto se me fuese por el sumidero - dijo acerca de algo que guardaba en la mano -. Así que dame el tuyo. El papel del culo escasea en estas casas y es un bien preciado.
Con dificultad me incorporo en la cama y a tientas encuentro, en la vacía parte de mi estantería de obra, uno de los dos rollos que me dieron anoche. Se lo alcanzo con un pequeño impulso, y en las umbrías luces del interior de la celda veo que en su mano tendida tiene unos objetos manchados de su propia mierda, los cuales limpia apresuradamente con “mi bien preciado”. Vienen recubiertos por un plástico - ¡Unos preservativos! -, los saca de su envoltorio, con las manos aún sucias de excrementos, y así obtiene un pequeño objeto azul y dos óvalos marrones. La peste de su mierda me revuelve aún más si cabe el estómago, se mete en mi garganta, reseca por falta de hidratación, y se adhiere al paladar.
- Estas son las ventajas de ingresar voluntariamente a la hora de la cena - me aclara observando con codicia esos objetos, como si fueran el anillo de Gollum -. Los “boquis” están a dos cosas, y se relajan cuando al talego no te traen los civiles. Además esta guardia en concreto, no es muy meticulosa.
Apenas se limpia de una pasada el culo antes de golpear con el puño el ruidoso pulsador de la cisterna, y sin lavarse las manos, deposita su enorme cuerpo en el colchón, haciendo que se tambalee toda la litera. Pienso en la suerte que he tenido por que me haya tocado la cama de arriba, de haber sido al revés, con fallar un solo anclaje de estas viejas camas, podría morir aplastado por este repulsivo gordo que despide un agrio olor a sudor y humedad ¿Cuánto tiempo hará que no se ducha? ¿Y cuánto pesará? Es enorme. Apuesto que de los ciento cincuenta kilos no baja. Estoy tentado de preguntarle pero me aguanto la curiosidad. No creo que esa sea una pregunta prudente: “nunca se sabe cómo pueden reaccionar estos tipos” - me recomendó ayer un chaval en los calabozos del juzgado -. Tenía pinta aquel chico de haber abusado de las pastillas: “Otra mala noche” - se justificó -. Le habían curado una brecha de la cabeza dándole varios puntos de sutura y tenía un ojo hinchado. ¡Qué lástima de juventud! - pensé tal y como habría hecho mi abuela -. Pero de algo habrá que hablar, ¿no? Resulta violento estar encerrado entre cuatro paredes y permanecer horas y horas en silencio. Fuera aún es de noche y los focos del patio iluminan con un tono amarillo el muro que divide la prisión en sus distintos departamentos. Me levantaría a beber agua para aliviar esta maldita resaca que aún persiste, pero el lavabo está al lado del inodoro y ese olor a mierda es nauseabundo. Si lo hago vomitaré ¿Qué hora será? ¿Cuánto tiempo llevo encerrado en una celda? La primera imagen que mi mente retiene es la de despertarme en los calabozos junto a aquel chaval herido y empastillado, al que la policia, por prevención de suicidio, le había quitado los cordones de las zapatillas y el cinturón. Recuerdo también aquel otro detenido que gritaba y golpeaba repetidamente la puerta de una celda cercana, empeorando con ello esta migraña que lleva dos días taladrandome el cerebro. Sé que está mal decirlo, pero deseaba con todas mis fuerzas que la policía entrase de una bendita vez a aquella celda y le diesen una buena tunda para que así dejase descansar al resto. Al final supongo que el infeliz se cansó y acabó durmiéndose.
De las horas anteriores a aquello mi memoria no quiere desvelar ningún recuerdo. De lo último que me acuerdo es que estábamos en aquel bar de copas al que habíamos ido a tomar algo después de cenar en un restaurante con muchas reseñas positivas. Supongo que ahí debería haberlo dejado, pero ese es mi gran defecto, nunca sé cuando parar.
- Si. Estoy dentro - susurraba el pestilente gordo desde su cama - He tardado más en desempetármelo y llamarte porque no me fiaba del primer compi que me habían puesto. Con este no habrá problema ¿Estás seguro que está allí? … Bien. Y dices que ha comunicado este fin de semana con ese módulo… No, no creo que haya inconveniente para que me manden allí. Mañana se lo pondré feo al educador y me mandará a ese módulo de mierda … Si, aquí soy bien conocido, ¡ja, ja, ja! Tengo un NIS de los noventa… No, no me verá venir ¡A ese cabrón le queda un solo día de vida y no lo sabe! Ya te enterarás mañana.
Mi “primo” gordo estaba hablando con alguien ¡De modo que era eso! El objeto azul que se había sacado del culo era un pequeño teléfono móvil. Seguro que los dos óvalos eran droga.
- La batería no va a durar mucho … No, no me he arriesgado a meter un cargador. Ya pillaré uno en el módulo… Cuelgo.
Y colgó, para de inmediato golpear con las palmas de sus enmierdadas manos la parte inferior del somier metálico de mi cama.
- ¿Me escuchas, primo?
- Si.
- Pon atención a lo que te digo. Si por casualidad los guardias hoy me cachean o registrasen el chabolo, sabré que ha sido porque te has chivado que tengo un móvil. Verás, conozco bien cómo piensan los primos como tú. Puede que creas que podrías escaparte de mí por el hecho de ser la primera vez que entras preso. Apestas a primario, con tu ropa de marca y ese peinado de peluquería, y como eres un tipo espabilado puede que ya hayas deducido que van a mandarte a un módulo distinto al mío: seguramente a uno de respeto, de esos a dónde nunca van los que son como yo. Es posible que así imagines que te librarás de mí. Pero créeme, primo, no es buena idea ir de listo conmigo. Aquí nadie se escapa y no habrá lugar en el talego donde puedas esconderte. Así que mantén la boca cerrada o te cazaré como a esa “perra” que mañana voy a pinchar en los tigres hasta desangrarlo. Abreviando: si le dices algo a los guardias te saco las tripas. Y si no puedo hacerlo yo, alguien lo hará por mí ¿Lo has entendido?
- Si.
- Ya sabía que eras un tipo inteligente. Tantos años pagando cárcel me han hecho todo un fisonomista.
“¡Uuuuh, Uuuuh, Uuuuuuh …..!” - sonó repetida y prolongadamente una sirena.
- Ahora levántate, primo - otros dos fuertes golpes a la base de mi cama - Es el recuento.
Salté al suelo y mareado por la súbita reacción casi me asalta la náusea. La tenaz resaca ya duraba tres días y el aire era irrespirable debido a la peste que no se iba de aquel espacio cerrado. “De aquí nadie se escapa”, recordé, ni siquiera ese fétido olor a mierda.
- Pulsa ese botón negro que hay sobre el espejo para encender la luz. Después échate a un lado para que así el guardia pueda verme. No primo, no me mires a mí, mira a la puerta.
Al otro lado de la misma, en el pasillo, ya se oían pasos subiendo la escalera. Al instante escuché como dos puertas se abrían.
- Buenos días - “¡Clack, Clack, Clack, Clack!”, se escucharon unos secos golpes metálicos - ¡A ver, señores! ¡Recuento! ¡Levántense, que no tengo todo el día!
Dos sonoros portazos para cerrar otra vez las puertas, nuevos pasos y otros dos cerrojos se abren de un golpe.
- Buenos días. Señores ¡Recuento! - se escuchaba la voz del funcionario a través de la puerta metálica.
- Ya va por la celda 4 - dijo mi compañero de celda, el cual no se había levantado aún de la cama - Le queda un minuto para llegar a la nuestra. Tú sigue de pie y ni se te ocurra moverte.
Mi cuerpo se balanceaba hacía delante y atrás. Las rodillas parecía que no pudieran mantenerme en pie durante esos sesenta segundos que se me hacían eternos, y aquel tipo seguía tumbado en la cama impasible, tan tranquilo ¡Repugnante gordo cabrón! ¡De dónde habrá salido semejante espécimen! Me metieron en su celda una vez finalizado los trámites de mi ingreso, sacando de allí a otro interno que estaba acompañándolo, el cual se marchó aliviado. No se le reprocho.
- ¡Al loro, primo! Ya llega el guardia.
- Buenos días.
- Buenos días - le digo con la dificultad de tener la boca seca.
- A ver. El que está en la cama. Incorpórese para el recuento.
- Mire usted, funcionario - dice levantando la mano -. Es que he pasado una mala noche y me siento fatal ¿Me verá hoy el médico, don?
Como única respuesta la puerta se cerró con un fuerte portazo.
- Ya puedes volver a la cama, primo. Si no se equivoca contando tenemos media hora larga hasta el desayuno ¿Te han cargado la tarjeta de peculio al entrar? ¿Cuánto traías de efectivo?
- Poco.
- Pues con ese poco, en el economato me vas a sacar tres “paquetas” de Pueblo.
- ¿Qué es eso?
- Tabaco de liar. Dinero de curso ilegal del talego.
- Yo no fumo.
- Desde hoy sí. Y no me hagas abusar. Podría cobrar por protegerte. De ti depende.
- ¿Protegerme de quién? Es la primera vez que entro preso, aquí no conozco a nadie y no tengo enemigos.
- Protegerte de mí - me dijo con un brillo homicida en los ojos -. Puedo ser tu peor enemigo y joderte la vida a ti y a tu familia ¿Lo entiendes? ¿Tienes hijos?
- Si.
- Eso me interesa.
- ¿Por qué?
- Porque me preocupo por ti. No hay nada más sano que la vida familiar. Si todo va bien sobrevivirás hasta la tarde y a las cinco te mandarán a ese bonito y limpio módulo de respeto. Si va mal, te mandaré a la enfermería y con un poco de suerte llegarás vivo al hospital. Pronto tu familia vendrá a verte los fines de semana, y allá donde yo esté no me costará pedir un vis a vis coincidiendo con las comunicaciones de tu módulo. Yo no veré a tu mujer y tus hijos, pero alguno de los auxiliares que trabajan allí se los señalará a los míos y ellos se ocuparan de hacerles la vida un poco más difícil. De modo que haz lo que te digo. Podría abusar y cobrarte algo más que esa miseria de “paquetas” de tabaco. Supongo que tu vida y la de tu familia valen más que eso, ¿no?
- Si.
- Pues venga. Haz las camas y limpia bien el tigre. Esto apesta y en ingresos hay que dar buena imagen.
El funcionario no se equivocó contando y salió el recuento. Media hora larga después, tal y como me había dicho mi ominoso compañero de celda, abrieron las puertas de las celdas para el reparto del desayuno. En cola fuimos recogiendo un café con leche, un bollo de pan, una porción de mantequilla y otra de mermelada, que por falta de comedor en ese departamento tuvimos que comer en el interior de la celda. Cuando la funcionaria cerró nuevamente la puerta, mi “primo” me quitó el desayuno dejándome únicamente el café. Partió el pan por la mitad con las manos y me dijo:
- Necesito tu bollo de pan para esconder el móvil y las bellotas. No querrás que me pillen con esto al salir al patio, ¿verdad? Los funcionarios suelen respetar las cosas de comer y no toquetean la comida - dijo concentrado en introducir esos objetos en el interior del pan, ocultándolos entre la miga, para después untar ambos trozos con mantequilla y la mermelada -. Mira que suerte: ha sobrado mantequilla ¿Te sugiere alguna idea sobre qué podríamos hacer con ella? ¡Ja, ja, ja …! Tranquilo primo, no soy maricón. Antes de ingresar me desahogue en un polígono echando un buen polvo. La muy zorra quiso cobrarme ¿puedes creerlo? Ni de las putas te puedes fiar. Quizá si nos hubiésemos conocido dentro de un par de semanas no habrías tenido tanta suerte ¿O quizá si? ¿Te gustan los tíos, primo?
- No.
- Puede que aquí cambies de idea. En estas casas hay mucho chapero y en un espacio tan pequeño se intima. Ya sabes eso que dicen de que el roce hace el cariño. Hablando de intimar, ¿cómo te llamas, primo? - me preguntó masticando su desayuno y bebiendo un trago de café. Ambas cosas se le derramaban por la boca abierta, por efecto de hablar y tragar al mismo tiempo.
- Luis. Me llamo Luis.
<<Luiski ¿Otra ronda? - me preguntó mi amigo, sabiendo que mi respuesta siempre era afirmativa
¿Luiski? ¿Qué nombre tan extraño? - preguntó ella.
Luiski solo, Luiski con hielo, Luiski con seven up ... Es una palabra compuesta, Luis y Whisky ¡Luiski! ¿No es gracioso? - dijo él riéndose.
Luis. Me llamo Luis - respondí como un eco a aquella mujer a la que ya veía doble>>
- Bueno, primo Luis ¿Dime quien eres y qué haces aquí? No tienes pinta de atracador de bancos ni pareces un narcotraficante, y no veo que tengas los cojones necesarios, ni estés tan loco, como para haber matado a alguien. Tampoco creo que estés acostumbrado a recibir golpes en la calle, no eres un perro callejero. Entonces ¿por qué estás preso? - me preguntó mirándome fijamente a los ojos, dando otro mordisco al pan y otro trago al café - ¿Acaso no has hecho bien las cuentas en la empresa y te ha pillado Hacienda? ¿Le diste una paliza a tu mujer? ¿Toqueteas a los niños a los que das clase en un colegio? ¿Es eso? ¿Eres un pedofilo que se hace pajas con videos porno de menores? Si es así estás jodido, amigo mío. En este agujero eso está muy mal visto.
- Tuve un accidente de coche.
- ¿De verás? No veo que tengas heridas ni ningún hueso roto.
- Atropelle a una persona.
- ¿Te la cargaste?
- No sé - <<¡Luiski otra ronda, la poli en la rotonda!>> - No quiero pensar en ello. Desde que ocurrió tengo problemas de memoria.
- Mal descarte, primo. Ningún juez se traga eso del “no me acuerdo” ¿Ibas borracho?
- Si.
- Entonces no fue un accidente.
- Eso mismo dijo la policía.
- ¿Eres un puto alcohólico o algo parecido? - <<Luiski solo, Luiski con hielo …>> - ¿Escurres las botellas? Si te va la fiesta seguro que te metes coca ¿verdad, primo Luis? La noche es larga y hay que seguir el ritmo ¿Meterás coca en los vis a vis para tu compi de chabolo? Claro que sí. Conoceremos a tu mujer y nos traerá lo que le pidamos. Seguro que ella es una señora respetable ¿Está buena tu mujer, primo? Como ya ha dado a luz a tus hijos, seguro que tiene un dilatado agujero en el coño donde le caben muchas cosas. Los que son como tu teneis suerte en la vida. Las mujeres guapas se enamoran de los tipos listos. Ahora que somos colegas tenemos que compartir esa suerte, aprovechando que los de tu clase nunca sois sospechosos; que a vuestros familiares los guardias nunca les acercan el perro para que les huela si traen o no droga. Eso se lo reservan a los nuestros. Primo Luis, tú y yo vamos a ser grandes amigos, ya lo verás.
- ¡No quiero que hables así de mi mujer! Ni siquiera la menciones.
- ¡Vaya sorpresa! ¡Tienes carácter! Eso es bueno. Te hará falta en los próximos años. Pero, primo, voy a explicarte una cosa: en una cárcel, lo que tu quieras o no es irrelevante. Has perdido tu libertad, y cuando ya no eres libre no dependes de ti. A nadie de aquí le importa tu parecer. Así que pensándolo mejor, he cambiado de idea: tendré que protegerte. Corres el riesgo de pensar libremente y eso es tan peligroso que no puedo permitirlo. Eres un activo importante para mi negocio.
- No tienes que protegerme. Ya te he dicho que no tengo enemigos ni te debo nada.
- Claro que sí, primo Luis. Me lo debes todo. Piensa esto: imagina por un momento que cuando salgamos al patio les digo a los compis, que allí nos encontremos, que el compañero de chabolo que me ha tocado es un asqueroso agresor sexual de menores, de esos que se corren metiéndole mano a los niños.
- ¡Ya te he dicho que estoy preso por un accidente de tráfico! ¡No soy un pederasta!
- Lo sé, lo sé … pero ellos no. Y esa es la cuestión ¿A quién van a creer? ¿A ti o a mí? Estás noticias vuelan muy rápido por el talego. Es algo muy feo ser un pervertido que abusa de los chiquillos. Sea cual sea el módulo al que vayas no te recibirán bien. De modo que ya ves que si, me veo en la obligación de protegerte, no vaya a ser que cuando vayas a mear te echen una manta por encima y te muelan a palos en los tigres. Vamos primo, no pongas esa cara tan triste. Haremos una cosa. Como me pareces un tío legal te haré una oferta que no podrás rechazar. Por el mismo precio también la protegeré a ella y así nada le pasará a tu mujer si cumples con nuestro trato.
- Yo no he hecho ningún trato contigo.
- Oh, si que lo has hecho. Ya te digo que sí, primo Luis. Puedes creerlo.
Y dicho esto tiró al suelo el vaso ya vacío de café y volvió a tumbarse en la cama, hundiendo su enorme peso en el mugriento colchón para acto seguido cerrar los ojos. Pareciera querer relajarse con la intención de dar una cabezada, aunque yo sabía que estaba fingiendo, simulando, para probar hasta donde llegaba “ese sorprendente carácter que tengo”. Y a mí me faltaba el aire. Sentía fuertes palpitaciones en el corazón, seguramente porque mi cuerpo estaba segregando la adrenalina necesaria para activar un inútil mecanismo de huida, pues de allí no había forma de salir: “De aquí nadie escapa”.
Esto tenía que ser una pesadilla. No podía estar ocurriendo en realidad.
¿Cómo me había metido en este lío? Hace solo dos días tenía una vida acomodada, con mi trabajo, mis amigos, el amor de mi familia… En la vida nunca hice nada malo, jamás cometí un delito y a nadie hice daño. Únicamente había salido a cenar con unos amigos, simplemente fue eso, una cena y unas copas. Tenía grandes planes para el futuro y de repente estoy encerrado con este grandísimo hijo de puta cuyo plan es aprovecharse de mí y joderme más la vida. Aquellos planes, mis planes, ya no me pertenecían. Eran suyos. En unos pocos minutos me había coercionado y convertido en algo de su propiedad.
Tenía que encontrar una forma de defenderme, de retomar la iniciativa, de inutilizar el miedo que sentía. Pero nunca he sido una persona valiente ni he tenido la necesaria autoestima para imponerme a la gente que me hace sentir vulnerable. De nada me serviría interpretar aquí esa falsa seguridad con la que tan bien he disimulado mis temores en mi vida en libertad.
¿Tendría alguna oportunidad de librarme de él si intentase matarlo en caso de que se durmiese? ¿Podría estrangular con las manos a alguien que me doblaba en peso y fuerza? ¿Quizá tendría más oportunidades cortándole el cuello con las cuchillas de afeitar que vienen en el lote de higiene?
¿A quién quiero engañar? ¡Solo de pensarlo me tiemblan aún más las piernas! Acabaría conmigo rápidamente. Seguro que no sería la primera vez que lo hace. Este es su mundo de violencia, no el mío. Aunque si reuniera ese mínimo valor necesario, si me decidiese siquiera a intentarlo, terminaría de un modo u otro con este infierno que me tiene reservado. Salvaría además la vida de ese otro infeliz al que mañana va a “pinchar hasta desangrar” en a saber qué rincón de esta cárcel, y me iría de este mundo con la satisfacción de arruinar sus planes. De esta forma, también redimiría esa otra vida que quite: la de aquella chica inocente a quien atropellé conduciendo completamente borracho. La mujer a la que destrocé, piernas y caderas y que por fuerza del impacto, estrelló su cabeza contra el parabrisas del coche. La adolescente que mirándome fijamente a los ojos, con terribles muecas de dolor, me acusó de haber cercenado sus planes de futuro aquella noche lluviosa, culpándome del agudo dolor que causaría a sus seres queridos. Fue así como se apagó ante mí, parpadeando una última vez con una expresión de incredulidad, como si no se creyese lo que yo le había hecho. Su cara ensangrentada se deshacía como una acuarela empapada en agua, al otro lado del cristal, frente a la bolsa del airbag bañado en mi propio vómito.
Con estos terribles pensamientos se torturó mi mente durante un tiempo que ya no tenía medida. Sentado en una vieja silla de plástico, ausente de este plano de la realidad, observaba con la mirada vacía las sucias paredes, leyendo mensajes escritos en ellas por otros presos que allí habían pasado sus días encerrados,
Me sacó de mi ensoñación otro repetido y prolongado toque de sirena, y momentos después volvió a abrirse la puerta.
- Señores ¡Bajen al patio! - ordenó la funcionaria.
- Como usted diga - respondió él.
Ella, ajena al drama que se estaba produciendo en el interior de aquella celda, continuó la apertura de otras celdas y varios presos empezaron a salir de ellas.
- Vamos, primo Luis. Esta es tu presentación en sociedad. Nuestros nuevos amigos nos esperan. Seguro que conozco a algunos de otras campañas y te los presento. Acostúmbrate a ellos, va a ser una relación duradera ¡Anímate, hombre! Un soplo de aire fresco del patio te vendrá bien.
Pobre,que angustia 👏👏👏👏👏
ResponderEliminarDebe continuar.....
ResponderEliminarOstia tito, que asco de experiencia y aún así no he parao de reírme...
ResponderEliminar👏👏👏
ResponderEliminarGracias a todos por vuestros comentarios. Quizá haya una continuación. Tal vez ...
ResponderEliminarHostia... clavado
ResponderEliminarUn buen comienzo para una continuación. Leer descripción detallada desde la perspectiva de un preso, te mantiene expectante
ResponderEliminarQue grande 👍🏽, ya estoy deseando saber qué sintió al salir al patio
ResponderEliminarSencillamente genial!!! Cuántos Luiskis conocemos, ¿eh?
ResponderEliminarMe ha encantado!!!!!!
Unos cuantos, la verdad. Un instante fatídico y entras preso. Eso se ve mucho con los accidentes de tráfico. Un accidente con trágicas consecuencias, un positivo de alcoholemia y ya estás dentro. Ahora Luiski tendrá que pagar por sus actos. Me alegra que te haya gustado el relato. Muchas gracias por tu comentario.
ResponderEliminarMagnifico y espeluznante. Todo a la vez. Señal de que esta bien escrito
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