Centro de gravedad.

En los dibujos que nos enseñaban en el colegio, la ilustración del sistema solar era una sucesión de círculos planos alrededor del sol. La imagen concéntrica de una diana. Un sol estático flotando en el vacío, con ocho planetas girando alrededor de él, en perfecta sincronía, dando vueltas maravillosamente coreografiadas.
La realidad en cambio es mucho más caótica. 
El sol es un gigantesco orbe de plasma que representa el 99 % de la masa de su sistema y está en continuo movimiento. Una estrella enana que viaja a una velocidad cercana a los 900.000 kilómetros por hora; unos 250 kilómetros por segundo: por hacer una comparación, la velocidad máxima de una bala son 4300 kilómetros por hora, 1200 metros por segundo. Alrededor suyo, persiguiéndole a ese ritmo vertiginoso, los otros ocho planetas del sistema solar van girando en distintas órbitas según la fuerza de gravedad que la estrella ejerza sobre ellos, rotando al mismo tiempo sobre su eje, atrayendo a su vez a aquellas lunas que giran en sus inmediaciones.
Una enorme esfera de hidrógeno y helio moviéndose a toda velocidad, rodeada por un séquito que gira con enorme precisión alrededor de él, en una estela de complejo movimiento espiral, viajando por el brazo de Orión con una inclinación que les hace fluctuar, arriba y abajo, como si estuvieran montados en una montaña rusa. Los astrónomos dicen que Orión es una zona tranquila, sin riesgo de colisión: un brazo espiral de 3.500 años luz de ancho y unos 20.000 años luz de largo, que está ubicado a 26.000 años luz del centro de la Vía Láctea. 
Por la autopista de Orión viajamos solos. Tanto espacio y sin embargo todo está vacío. A esas velocidades, dentro de 250 millones de años terrestres habremos completado una vuelta a nuestra galaxia y volveremos a estar justo donde estamos ahora.
Esta tarde, desde la Tierra, ese sol que se mueve 800 veces más rápido que una bala, está nublado, tapado por pesadas nubes que viajan parsimoniosamente 180 veces más lentas que ese mismo proyectil: curiosa perspectiva relativa a la velocidad de desplazamiento. Cuando las nubes le dejan un resquicio, la luz del sol tiñe la atmósfera de dorado debido a la menor inclinación de este lado del planeta. En tres días se acabará el verano dando comienzo el otoño. No he tardado millones de años en volver, pero sí me ha llevado media vida. Como he dicho, la realidad es siempre mucho más caótica.
Tras varias décadas completando una vuelta a mi galaxia particular, la gravedad ha vuelto a atraerme a este diminuto punto. Como un tiovivo, en el que tras dar vueltas y más vueltas, te subes y bajas en el mismo sitio. 
Con cierto vértigo temporal siento que el tiempo transcurrido se ha reducido a un parpadeo, aunque observando este lugar, parece no haberse transformado. Si es verdad que siempre se produce cierto desfase de escala, pero más allá de ese desajuste de las proporciones, el viejo parque sigue siendo el mismo. Los árboles han crecido, los jardines están más trillados, los setos más estropeados, los parterres han perdido parte de su diseño original y su suelo está colonizado por viejas raíces, pero las farolas siguen siendo las mismas que recuerdo, aunque tengan varias décadas más de antigüedad y algunas capas añadidas de pintura. La melancolía de este espacio ha sufrido el consabido desgaste, pero no ha llegado a convertirse en ruina. Todavía sigue gritando como solían ser las cosas antes. Aún sigo escuchando risas antiguas, su música vieja.
El banco en el que me siento a disfrutar de este emocional paisaje también es el mismo de entonces ¿Cuántos años tendrá ya? ¿Cuarenta? Un viejo banco de madera que en sus tiempos más jóvenes siempre estuvo reservado para nosotros. Me pregunto cuántos bancos habrá en este parque: ¿veinte, quizás treinta? Curiosamente este siempre estuvo disponible: todas y cada una de las veces que vinimos, y fueron muchas. Naturalmente había gente sentada en los otros bancos, pero nunca vimos que nadie se sentase en el nuestro. En las frías noches de invierno esto era una obviedad, pues aparte de nosotros no había nadie tan loco como para pasar horas sentados a oscuras en un parque, pero en aquellas agradables mañanas de primavera, o en tardes de verano como esta, cuando la gente paseaba y se sentaba para echar un rato charlando, a fumar un cigarrillo o comer una bolsa de pipas, nuestro banco nos esperaba vacío, como si fuese la localidad de un palco privado.
Lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que este es un fenómeno extraño. Parecido al que ocurre cuando entras por primera vez en un aula: la silla donde te sientes ese primer día será aquella donde siempre te sentarás. Si algún alumno falta, esa silla no la ocupará ningún otro. Es un fenómeno psicológico que mezcla territorialidad y seguridad. También pienso: ¿qué habría ocurrido si por alguna circunstancia este viejo banco de madera hubiese estado ocupado por otras personas alguno de aquellos días? ¿Nos habríamos sentado en cualquier otro? Total, ¡qué más daba un banco que otro!, y tengo serias dudas sobre esto. Me inclino a creer que no. Que lo más probable hubiese sido que siguiéramos paseando parque arriba, hacia ese horizonte que jamás cruzamos por tener siempre disponible nuestro asiento, caminando hacía aquel lugar donde asesinaron a aquella pobre chica una lluviosa mañana: un cuento de terror que fue noticia durante semanas ¡Una chica violada y asesinada en el sitio de nuestro recreo! Por entonces este era un lugar seguro, incluso en aquellas gélidas tardes donde no había un alma y en las que, por falta de dinero, la pasábamos juntos en la oscuridad y al raso. Nunca sentimos temor alguno, y si pasábamos frío, nos dábamos calor el uno al otro.
Pero volviendo al famoso banco ¿Es casualidad que después de tantos años hoy también esté disponible? Es viernes, y pese a lo nublado del cielo hace una tarde estupenda. Los chavales están jugando en el césped, tal y como hacían entonces, las madres pasean a sus hijos en los carritos e incluso hay parejas sentadas en muchos de los otros asientos. Pero está tarde, como todas aquellas tardes de entonces, nuestro banco está tan vacío como siempre estuvo, esperando nuestra llegada. 
Y no es que el resto de la gente lo desdeñe porque sea un banco distinto, ya que no tiene nada diferente. Un poco escondido, si, pero no oculto a la vista ¿Será entonces casualidad? He leído en algún sitio que Voltaire dijo que la casualidad es la causa ignorada de un efecto desconocido. Una coincidencia que va unida al significado que tiene para la persona que lo experimenta. Es probable que sea eso, una simple y mera casualidad.
Recostándome en él observo como las nubes prosiguen la lenta persecución del sol, y tratando de enderezar la espalda en su torcido respaldo, noto que pese al achaque de los años nuestro banco sigue siendo tan confortable como lo recuerdo: un poco más hundido por el centro, un poco más vencido hacía atrás, pero sigue siendo un sitio cómodo para pasar la tarde. Nuestro particular Le Corbusier de dos plazas ¿Habrá alguna señal escrita de aquellos días? Si mal no recuerdo dejamos mensajes por algún lado grabándolos en la madera con una llave ¿Dónde fue? Lo hicimos con la idea de que perdurara, pero parece que el paso de los años acabaron por borrarlos, convirtiéndolos en cicatrices ilegibles, en otra presencia invisible del pasado, y es que nada es eterno. 
Fue un propósito adolescente, como lanzar un mensaje en una botella a la inmensidad del mar y esperar que volviese a tus manos tras décadas de viaje flotando medio sumergida en el océano. Esa sí que sería la madre de todas las coincidencias. Un gran fallo en la matriz de la simulación de Matrix. Un error del sistema que conectaría variables cercanas en su significado aunque distantes por su física. Sería como si la realidad fuese modificada por nuestra propia interacción: la mente y la materia siendo lo mismo, convirtiéndonos así en los avatares de una simulación. Suena a broma, pero no sería la primera vez que experimento algo parecido.
También suena extraño viajar como un disparo supersónico a 900.000 kilómetros por hora, girando sin parar, arriba y abajo, y que no notemos nada. Y esto es algo que los astrónomos consideran probado. Y así cuando crees que has vuelto a un sitio, ese lugar con el paso de los años ya se ha desplazado a una distancia con muchos ceros a la derecha, en este universo que pese a ser infinito, sigue expandiéndose allá se expanda lo interminable. 
Aquel lugar de entonces se quedó ya en algún punto ilocalizable de ese brazo de Orión, siempre tan vacío y desolado, sin riesgo de colisión, anclado a millones de kilómetros en la construcción mental de un sueño donde, como un simulador virtual, el cerebro examina los deseos más profundos de la lluvia del código verde. Estamos muy lejos de donde estuvimos, de aquella emoción exacta, de aquel momento específico.
Y ahora que las nubes se despejan, cansadas de acosar al sol, se abre el telón y la luz ilumina con su fulgor una parte del camino de grava del parque: un brazo espiral de poco más de tres metros de ancho y cien de largo. Y una bandada de golondrinas regresa inesperadamente de las páginas cerradas de un mes de junio.
Tú caminas indecisa por las curvas del sendero, con paso lento, iluminada por el luminoso haz dorado, acercándote atraída por el centro de gravedad, y una sonrisa involuntaria se curva en tus labios.
Tanto parque y ya no está vacío.
Miro el reloj y son las seis de la tarde. Exactamente igual que entonces.

Comentarios

  1. Somos animales de costumbre sin duda como bien dijo Charles Dickens, mismo banco aparcamiento.., recordatorio a "un cuento de terror", un muy buen relato!!!!

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  2. Gracias, Antonio. Me alegro que te haya gustado. En ocasiones el sentimiento de pertenencia a un lugar, hace que este se convierta en un hogar.

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