La noche del seísmo.
Por extraño que parezca, lo que me despertó aquella desdichada noche fue el penetrante olor a vino.
Con esa sensación de mareo, nada extraña por otro lado, que no acostumbrada debido al vicio, he de precisar, abrí los ojos expulsado violentamente, muy a mi pesar, de un sueño en el que bailaba tangos con Sarah Young en la habitación de una solariega villa de Mallorca. El dormitorio era del modelo casa de muñecas. Tenía el techo recubierto con un gran espejo y de las paredes colgaban ilustraciones de Milo Manara. La naturaleza estaba representada por unos jarrones con grandes flores artificiales, incompatibles con el arte del Ikebana, el suelo cubierto por unas esponjosas alfombras bereberes, y en el centro había una enorme cama de matrimonio, con un dorado dosel, vestida por un edredón con volantes estampados con el gusto británico de casa de campo, mullida por cojines de color rosa chicle.
Entre dormido y despierto, entontecido a causa de la inercia del sueño, bajo la luz encendida de la anticuada lámpara de bronce que pendía del techo, me fije que esta titilaba como alterada por el campo electromagnético de alguna entidad espiritual. También me di cuenta que era tenuemente zarandeada, unos centímetros a un lado y otros al otro, como si fuese sometida a la posesión de un fenómeno tenebroso. Fue de esta forma como acabó desvaneciéndose aquella narcosis de exuberantes senos y redondeadas caderas, que se movían acompasadas por el delicado ritmo del porno groove.
Desorientado, sin rastro ya de Sarah y sus efluvios, me pregunté quién compondría esa musiquilla que por costumbre ameniza esas tórridas escenas en VHS: tutoriales de la práctica en pelotas del fitnes de riñones y fortalecimiento del suelo pélvico: del deep throat previo a posturas dignas de la fase final de una partida de Twister ¿En qué profundos sentimientos poéticos se inspiraría aquel quimérico compositor? ¿Tocaría aquel vate el sintetizador con la punta del …?
Pero por encima de cualquier retórica vacía, mis reflexiones se encaminaban hacia aquello que me había expulsado de ese onírico mundo color rosa pastel, rico en tumescencias peneales y poluciones nocturnas, para a cambio presenciar el cutre espectáculo de mi habitación de alquiler en este barrio urbano de alta densidad.
Usando la depurada técnica del brainstorming, este pensamiento me llevó al mayor misterio de todos. Quién había encendido la luz de mi dormitorio, durmiendo yo como dormía esa noche solo, pues aunque acompañado en sueños por Sarah, los sueños no encienden luces, ni a ella, que lo mismo le daba arre que so, la imaginaba practicando esas costumbres.
Además, estaba casi seguro de haberla apagado yo, pues es algo que hago todas las noches al acostarme. Pero la duda ya se había instalado en mi mente, como una poderosa idea, al recordar como mi abuela me aseguraba que “Seguro en esta vida - hijo de mis entretelas - no hay nada más que la muerte”
¿Sería yo acaso la víctima de un episodio paranormal? ¿Tendría razón mi madre, cuando harta de mis ideas de bombero, ya me señalaba el camino por el que siempre marcha torcido todo ser anormal?
No sin cierto pavor continué mis meditaciones, pues aquel apartamento alquilado del décimo piso estaba enfrente de un cementerio, y en lo referente a hechos misteriosos no era la primera vez que ocurrían sucesos inexplicables. Los llamados Poltergeist.
Por poner algunos ejemplos, más de una vez, volviendo de fiesta a las tantas de la madrugada, ya presenciamos algún que otro episodio raro, como que pequeños muebles se moviesen por voluntad propia a fin de hacerte tropezar y golpearte en las espinillas, allí donde más duele porque la tibia carece de músculo protector. Esquinas que disimuladamente se desplazaban unos centímetros, a fin de estrechar a tu paso los pasillos de aquella angosta vivienda, dificultando así la misión imposible de llegar como fuere a la cama. Campos visuales desalineados, borrosos, sin exactitud periférica y tendentes a la diplopía. O cómo de repente, surgían de dentro del envoltorio de nuestra dimensión física, vomitonas dignas de Regan MacNeil, la niña del exorcista.
Haciendo acopio de coraje, decidí finalmente echarle valor a la cosa y levantarme de un salto para apagar el viejo interruptor, para después volverme a sumergir en la oscuridad de la noche, rebujado entre aquellas desgastadas mantas con incontables inviernos a cuestas que, a buen seguro, habrían calentado antes que al mío a decenas de cuerpos como cobertor previo a la mortaja. Y así esperé a que aquel terrorífico escenario pasase, pero cómo la mente se recrea agigantando los temores, a los míos solo les faltaba que los adornasen unos escalofriantes relámpagos y estruendosos truenos que por ausencia de flatulencias nunca llegaron, aguardando en vano a que la lluvia bautismal y purificadora fuese limpiando, con sus afiladas gotas racheadas, aquel olor a taberna que con tan pocos miramientos me había separado de la diva, y ya de paso asease la persiana renegrida de contaminación por estar a la intemperie en aquella calle que tanto sufría los rigores del tráfico.
Sin embargo, en ausencia de precipitaciones y por estas ventajas de tener tejado, aquel olor a vino persistía, sin disiparse con la vigilia, hasta que la costumbre olfativa acabó por acostumbrarse al tufo; que es como cuando entras en un retrete donde alguien se ha vaciado las tripas con mala saña, que al principio repugna y un minuto después entra a formar parte del mundo insensible.
Desperté pasadas las diez, pensando en aquel sueño tan raro que me había producido algún que otro sudor frío, y de Sarah Young ya no quedaban ni tangos ni tanga; que es prenda que en estas visitas suele quedarse de recuerdo para el anfitrión, al olvidarse por pequeño, enterrado amorfamente esferificado en el fondo de las sábanas, allí donde moran los pies y los niños entierran calcetines ennegrecidos por usarlos como mopa al andar descalzos.
Reflexionando de nuevo sobre lo descrito, y en cómo se parecía el falso oropel de la lámpara del techo al dorado metal de los ostentosos pendientes de la actriz de mis sueños, como el olor a vino persistía, me acordé de aquella preciada botella que me habían regalado hacía unos días, cuyo viticultor aseguraba ser un reconocido enólogo de un pueblo perdido de la Sierra de las Nieves: un caldo negro con tonos afrutados del bosque, jabuticabas y achiotes, el cual yo guardaba celosamente expuesto en pie como un trofeo sobre el macizo ropero de roble, único mueble de la casa que merecía algo de estima.
Y mirando hacía allí vi que ahí seguía la botella, erguida y engallada, con su impenetrable color verde oscuro y traslúcido; misterioso vidrio protector celoso de su rico contenido, sin dar muestras de haberse estrellado contra el suelo por los oníricos empellones carnales, esperando paciente el propicio momento de su descorche.
Fue después de la ducha, cuando me desayunaba una tostada sin tostar con los exiguos restos de mi parte de la nevera, que quién compartía piso conmigo subió de la calle con el diario As sujeto por la axila y me dijo:
- ¡Joder que susto! ¡Menudo terremoto hubo anoche! En la calle no se habla de otra cosa.
- ¡Sí, hombre! ¿Un terremoto, aquí?
- ¡Digo! Ocurrió de madrugada.Temblaba todo. Mi cama parecía la alfombra de Aladín calándose en una cuesta. Fui a avisarte a tu cuarto por las continuas réplicas, pero dormías plácidamente. ¡A ti se te cae la casa encima y ni te enteras! Ni siquiera con esa peste a vino ¡Qué lástima de botella! Parecía buena. Te dejé encendida la luz para que lo limpiaras, pero ni aun así te levantaste.
- ¿Qué me dices?. Si acabo de ver la botella y allí sigue, intacta.
- No lo creo. Por cómo olía, apuesto que te has quedado con el casco de recuerdo. El movimiento de placas ha debido agrietar el vidrio, algo parecido a lo que ocurre con las paredes, y por allí se habrá escurrido el líquido ¡Tienes que haber puesto bonita la parte trasera del armario! Solo a ti se te ocurre dejarla ahí.
- ¡No me jodas! ¡Me cago en los muertos del seísmo!.
Y haciendo caso omiso a mi juramento, dejó el periódico deportivo sobre la mesa de la cocina para que disfrutara de su lectura. Ojeándolo ocioso, de atrás adelante, tal y como tengo por costumbre, en la contraportada trasera del diario, Sarah, en picantona lencería, con su vivaz estrabismo me guiñaba un ojo. Sonreía desde una foto en blanco y negro, coronando la crónica del partido Logroñes-Ponferradina.
Los vínculos más inusuales suelen inspirar las relaciones más profundas.
Con esa sensación de mareo, nada extraña por otro lado, que no acostumbrada debido al vicio, he de precisar, abrí los ojos expulsado violentamente, muy a mi pesar, de un sueño en el que bailaba tangos con Sarah Young en la habitación de una solariega villa de Mallorca. El dormitorio era del modelo casa de muñecas. Tenía el techo recubierto con un gran espejo y de las paredes colgaban ilustraciones de Milo Manara. La naturaleza estaba representada por unos jarrones con grandes flores artificiales, incompatibles con el arte del Ikebana, el suelo cubierto por unas esponjosas alfombras bereberes, y en el centro había una enorme cama de matrimonio, con un dorado dosel, vestida por un edredón con volantes estampados con el gusto británico de casa de campo, mullida por cojines de color rosa chicle.
Entre dormido y despierto, entontecido a causa de la inercia del sueño, bajo la luz encendida de la anticuada lámpara de bronce que pendía del techo, me fije que esta titilaba como alterada por el campo electromagnético de alguna entidad espiritual. También me di cuenta que era tenuemente zarandeada, unos centímetros a un lado y otros al otro, como si fuese sometida a la posesión de un fenómeno tenebroso. Fue de esta forma como acabó desvaneciéndose aquella narcosis de exuberantes senos y redondeadas caderas, que se movían acompasadas por el delicado ritmo del porno groove.
Desorientado, sin rastro ya de Sarah y sus efluvios, me pregunté quién compondría esa musiquilla que por costumbre ameniza esas tórridas escenas en VHS: tutoriales de la práctica en pelotas del fitnes de riñones y fortalecimiento del suelo pélvico: del deep throat previo a posturas dignas de la fase final de una partida de Twister ¿En qué profundos sentimientos poéticos se inspiraría aquel quimérico compositor? ¿Tocaría aquel vate el sintetizador con la punta del …?
Pero por encima de cualquier retórica vacía, mis reflexiones se encaminaban hacia aquello que me había expulsado de ese onírico mundo color rosa pastel, rico en tumescencias peneales y poluciones nocturnas, para a cambio presenciar el cutre espectáculo de mi habitación de alquiler en este barrio urbano de alta densidad.
Usando la depurada técnica del brainstorming, este pensamiento me llevó al mayor misterio de todos. Quién había encendido la luz de mi dormitorio, durmiendo yo como dormía esa noche solo, pues aunque acompañado en sueños por Sarah, los sueños no encienden luces, ni a ella, que lo mismo le daba arre que so, la imaginaba practicando esas costumbres.
Además, estaba casi seguro de haberla apagado yo, pues es algo que hago todas las noches al acostarme. Pero la duda ya se había instalado en mi mente, como una poderosa idea, al recordar como mi abuela me aseguraba que “Seguro en esta vida - hijo de mis entretelas - no hay nada más que la muerte”
¿Sería yo acaso la víctima de un episodio paranormal? ¿Tendría razón mi madre, cuando harta de mis ideas de bombero, ya me señalaba el camino por el que siempre marcha torcido todo ser anormal?
No sin cierto pavor continué mis meditaciones, pues aquel apartamento alquilado del décimo piso estaba enfrente de un cementerio, y en lo referente a hechos misteriosos no era la primera vez que ocurrían sucesos inexplicables. Los llamados Poltergeist.
Por poner algunos ejemplos, más de una vez, volviendo de fiesta a las tantas de la madrugada, ya presenciamos algún que otro episodio raro, como que pequeños muebles se moviesen por voluntad propia a fin de hacerte tropezar y golpearte en las espinillas, allí donde más duele porque la tibia carece de músculo protector. Esquinas que disimuladamente se desplazaban unos centímetros, a fin de estrechar a tu paso los pasillos de aquella angosta vivienda, dificultando así la misión imposible de llegar como fuere a la cama. Campos visuales desalineados, borrosos, sin exactitud periférica y tendentes a la diplopía. O cómo de repente, surgían de dentro del envoltorio de nuestra dimensión física, vomitonas dignas de Regan MacNeil, la niña del exorcista.
Haciendo acopio de coraje, decidí finalmente echarle valor a la cosa y levantarme de un salto para apagar el viejo interruptor, para después volverme a sumergir en la oscuridad de la noche, rebujado entre aquellas desgastadas mantas con incontables inviernos a cuestas que, a buen seguro, habrían calentado antes que al mío a decenas de cuerpos como cobertor previo a la mortaja. Y así esperé a que aquel terrorífico escenario pasase, pero cómo la mente se recrea agigantando los temores, a los míos solo les faltaba que los adornasen unos escalofriantes relámpagos y estruendosos truenos que por ausencia de flatulencias nunca llegaron, aguardando en vano a que la lluvia bautismal y purificadora fuese limpiando, con sus afiladas gotas racheadas, aquel olor a taberna que con tan pocos miramientos me había separado de la diva, y ya de paso asease la persiana renegrida de contaminación por estar a la intemperie en aquella calle que tanto sufría los rigores del tráfico.
Sin embargo, en ausencia de precipitaciones y por estas ventajas de tener tejado, aquel olor a vino persistía, sin disiparse con la vigilia, hasta que la costumbre olfativa acabó por acostumbrarse al tufo; que es como cuando entras en un retrete donde alguien se ha vaciado las tripas con mala saña, que al principio repugna y un minuto después entra a formar parte del mundo insensible.
Desperté pasadas las diez, pensando en aquel sueño tan raro que me había producido algún que otro sudor frío, y de Sarah Young ya no quedaban ni tangos ni tanga; que es prenda que en estas visitas suele quedarse de recuerdo para el anfitrión, al olvidarse por pequeño, enterrado amorfamente esferificado en el fondo de las sábanas, allí donde moran los pies y los niños entierran calcetines ennegrecidos por usarlos como mopa al andar descalzos.
Reflexionando de nuevo sobre lo descrito, y en cómo se parecía el falso oropel de la lámpara del techo al dorado metal de los ostentosos pendientes de la actriz de mis sueños, como el olor a vino persistía, me acordé de aquella preciada botella que me habían regalado hacía unos días, cuyo viticultor aseguraba ser un reconocido enólogo de un pueblo perdido de la Sierra de las Nieves: un caldo negro con tonos afrutados del bosque, jabuticabas y achiotes, el cual yo guardaba celosamente expuesto en pie como un trofeo sobre el macizo ropero de roble, único mueble de la casa que merecía algo de estima.
Y mirando hacía allí vi que ahí seguía la botella, erguida y engallada, con su impenetrable color verde oscuro y traslúcido; misterioso vidrio protector celoso de su rico contenido, sin dar muestras de haberse estrellado contra el suelo por los oníricos empellones carnales, esperando paciente el propicio momento de su descorche.
Fue después de la ducha, cuando me desayunaba una tostada sin tostar con los exiguos restos de mi parte de la nevera, que quién compartía piso conmigo subió de la calle con el diario As sujeto por la axila y me dijo:
- ¡Joder que susto! ¡Menudo terremoto hubo anoche! En la calle no se habla de otra cosa.
- ¡Sí, hombre! ¿Un terremoto, aquí?
- ¡Digo! Ocurrió de madrugada.Temblaba todo. Mi cama parecía la alfombra de Aladín calándose en una cuesta. Fui a avisarte a tu cuarto por las continuas réplicas, pero dormías plácidamente. ¡A ti se te cae la casa encima y ni te enteras! Ni siquiera con esa peste a vino ¡Qué lástima de botella! Parecía buena. Te dejé encendida la luz para que lo limpiaras, pero ni aun así te levantaste.
- ¿Qué me dices?. Si acabo de ver la botella y allí sigue, intacta.
- No lo creo. Por cómo olía, apuesto que te has quedado con el casco de recuerdo. El movimiento de placas ha debido agrietar el vidrio, algo parecido a lo que ocurre con las paredes, y por allí se habrá escurrido el líquido ¡Tienes que haber puesto bonita la parte trasera del armario! Solo a ti se te ocurre dejarla ahí.
- ¡No me jodas! ¡Me cago en los muertos del seísmo!.
Y haciendo caso omiso a mi juramento, dejó el periódico deportivo sobre la mesa de la cocina para que disfrutara de su lectura. Ojeándolo ocioso, de atrás adelante, tal y como tengo por costumbre, en la contraportada trasera del diario, Sarah, en picantona lencería, con su vivaz estrabismo me guiñaba un ojo. Sonreía desde una foto en blanco y negro, coronando la crónica del partido Logroñes-Ponferradina.
Los vínculos más inusuales suelen inspirar las relaciones más profundas.
- Limpia bien tu habitación. La casa huele como una taberna - escuché como me conminaba caminando a toda prisa camino del váter - Ya sabes dónde está el amoniaco.
Qué desperdicio por Dios!!!. Es una lastima que se desperdicie un seis+seis de la bodega de Doña Felisa.
ResponderEliminarPues si. Una auténtica pena. Aquel vino de pedante autor, con aromas de vainilla, garriga, de uva syrah, púrpura y rubí, se perdió en aquel terremoto infausto. Pero no fue en vano, ya que sirvió como líquido reparador del contrachapado que servía de fondo a aquel armario y también decoró el suelo con una mancha color borgoña que a día de hoy aun debe estar en aquel sitio, como una inexplicable cara de Belmez. Otro efecto paranormal más que sumar a aquel piso tan sísmico y columbario. Sarah Young me dijo: "No vuelvo más".
ResponderEliminarJo, pero que verbo mas florido don Alfonso. Te sigues superando campeon
ResponderEliminarMuchas gracias. Sarah Young se merecía un buen encomio.
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