Entradas

Piedras, pobres y moscas.

¿Habrá algo más molesto que una mosca? Sobre todo en otoño, cuando se vuelven más insoportables que un solo de piano de Richard Clayderman. En el mercado, esperando a ser atendidas por el pescadero, las señoras dicen que es porque se van a morir - las moscas- y que por eso se vuelven tan pesadas. Parece que hasta ellas tienen fecha de caducidad – nuevamente las moscas. Investigando he descubierto que en verano llegan a vivir varias generaciones de moscas, y que con la llegada del frio hibernan, como los osos o las canciones de Enrique Iglesias.   Un día escuché a un filósofo decir que Dios ama a las piedras, a los pobres y a las moscas, y que por eso hizo tantas de estas cosas. En los afectos del Señor una creación acaba irremediablemente apegada a la otra, de ahí esas fotos de pobreza extrema con niños hambrientos sentados en una piedra, con los ojos abiertos, como platos vacíos por donde siempre ronda una mosca - sin sopa. A pobre flaco todo se vuelven moscas gordas, y por mucho ...

Still Loving You

El erótico logotipo de la discoteca bailaba serigrafiado en la superficie de la mesa. En aquella sugerente postura se había quedado petrificada, eternamente joven y fotogénica, apenas visible en la penumbra por las continuas vaharadas de humo de decenas de cigarrillos, en esta atmósfera escasa de oxígeno y cargada de empalagosos efluvios de perfumería que se pegaban al paladar. Por encima de aquel espectáculo de danza estática, sobre aquella mesa tan baja que parecía estar hundiéndose devorada por las fauces de la desgastada moqueta, descollaban dos escuálidas rodillas, huesudas y delgadas, comprimidas por medias de licra. Sus rótulas estaban unidas en un abrazo protector, en una desconfiada e insegura postura defensiva, cerradas las piernas con la fuerte unión de sus manos cuyos dedos se entrelazaban como grilletes, dejando señalados sus nudillos con la presión de unas uñas a medio comer, pintadas con pericia infantil. Como la mesa, el resto de su cuerpo también se hundía a cada minut...

Corto, por favor.

  - Buenos días. - Buenos días. Pase, pase … no se quede ahí. Allí tiene un asiento que acaba de quedarse libre. Eché un vistazo a la sala. Nada había cambiado desde que siendo un niño me trajeron por primera vez mis padres - ¿Seguro que no duele? No, no te dolerá nada - Las mismas sillas desparejadas, el mismo perchero, el suelo ajedrezado, las revistas y periódicos dispersos por aquella pequeña mesa que nació coja, la radio de fondo y a la entrada, la vieja espiral tricolor que ascendía o descendía (nunca tuve la certeza) en un movimiento sin fin, eterno, como aquella espera en la que jugaba a calcular cuando llegaría mi turno, solo por entretenerme. Recuerdo que siempre me quedaba corto, llevando la cuenta tirando por lo bajo, fruto de mi ansiedad por que pasara ese tiempo tan aburrido que se me antojaba interminable, y cuando ya creía que por fin me iba a tocar, aparecía en el último instante ese señor al que otro cliente le había reservado la vez, confiándosela como un valioso...

El viaje a la luna

Sentados en un banco, observábamos como frente a nosotros, en el estacionamiento reservado a los vecinos, un abollado Simca 1000, de color lechoso, aparcaba con el esfuerzo y las dificultades propias del reducido espacio existente entre dos coches, en el único hueco disponible, expectorando hollín por su herrumbroso tubo de escape. Concluida la maniobra, el conductor esperó unos minutos en el interior del vehículo, hasta que del habitáculo salió un hombre envuelto en humo de tabaco, muy despacio, con aspecto cansado y aire de bancarrota; primero sacó una pierna que concluía en una sucia bota blanca de goma, después el resto del cuerpo, girando hasta quedar de cara a la puerta. Vestía de blanco, con un mono de pintor acribillado por ráfagas de gotelé, y de un portazo cerró el coche, encaminándose con paso extenuado allá donde fuese, con tremenda decepción vital. De haber llevado un casco habría parecido un astronauta recién salido de la capsula de su nave, flotando en la ingrávida negru...

El Calayonga

Aquella tarde de principios de verano, disfrutábamos en plenitud de las recién estrenadas vacaciones escolares, con su agenda aun por construir, repleta de puertas abiertas y páginas en blanco. Apurábamos las horas hasta bien entrada la noche. Eran días en los que el tiempo se aceleraba con rapidez, desligándose de la ordenada rutina del último invierno, convirtiendo al presente en un momento fugaz. Con la llegada del atardecer, aunque ya hubiese dejado de picar el sol, aún quemaba el recalentado asfalto. Los transeúntes deambulaban por las calles movidos como fichas de parchís, renunciando, por fin, a la protección de los edificios cuyas fachadas les habían servido de barrera contra los rayos solares, escapando así de la persecución de su propia sombra. Aún faltaban un par de horas para que el sol enrojeciese dorando con su fulgor la cúpula celeste, antes de esconderse al poniente de las calles. El cielo, aborregado de quietas nubes planeando en vuelo raso, era el croma azul por el qu...

El día de los enamorados

  Reconozco que soy un pésimo invitado en los días especiales. Esos que vienen marcados en rojo en el calendario por festivos, patronales, o acontecimientos propios o familiares. Me llevo mal con la navidad. Más allá del equipamiento de serie nunca me he disfrazado en carnaval. Pese a que vivo en una ciudad con gran tradición por la idolatría jamás he ejercido en Semana Santa. Trato de pasar inadvertido en mi cumpleaños y huyó como de la peste de las fiestas populares. Pero si hay algún día que me irrita, de entre todos ellos, este es el día de los enamorados. Su historia es la siguiente: Había un clérigo en la Roma imperial llamado Valentín, el cual se dedicaba a fastidiar al emperador casando clandestinamente a los soldados bajo el rito cristiano el día previo al de la fertilidad romana, el 15 de febrero. Al emperador aquella costumbre le irritaba, pues tenía la opinión que los soldados casados, por tener la cabeza en otras cosas, rendían en combate menos que los solteros. Eso po...

Los expresidentes hacen surf

  Desde hace tiempo tengo la corazonada de que llego tarde a los acontecimientos que ocurren en mi vida. Es una recurrente sensación.  C omo si, desde una perspectiva externa, pudiese observarme a mí misma asistiendo a una representación ya empezada, en cuya función, por mi impuntualidad, los papeles ya se hubiesen repartido.  Desde entonces discrepo en secreto con el mío.  En apariencia me ha tocado el papel perfecto, probablemente aquel que todas querrían; una bonita interpretación en la que solo yo sé que algo no encaja.  Tal vez sean los escasos diálogos de esta obra, de enflaquecido registro, quizá mi posición en el escenario. C omo si de ser otra mi ubicación, al izarse el telón, mi actuación hubiese podido recitarla de corrido. Quizá me libre de esta alterada experiencia sensorial cambiándome de sitio; alejándome del calor del foco y del cariño complaciente, escondiéndome entre las siluetas de un reparto más íntimo. Otras lo han hecho y dicen que les func...