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El reino del alcornoque

Sabía que no era buena idea ¡Mira que lo sabía! Desde el día anterior me había negado en rotundo a aceptar su invitación, pero él llevaba toda la mañana insistiendo. - Veniros ¿Qué tenéis que hacer? Así veis el nuevo salón que hemos construido y lo bien que ha quedado. Saben que estáis aquí de visita y están deseando conoceros ¿Qué os cuesta? - Ya sabes que no somos religiosos y particularmente me considero ateo. Allí no pintamos nada. - ¿Pero qué tendrá que ver? Es una reunión de familia. Nada más que eso. Y la fiesta de nuestra patrona: La Virgen de La Peana ¡El día grande! - Razón de más. - ¡Venga hombre! Haremos una cosa. Para que os sintáis más cómodos nos saltaremos la misa con alguna excusa y solo iremos a la comida, que será laica. - ¿Cómo aquella perra que mandaron al espacio? - No tendrá nada que ver con la religión. Va a haber muchos invitados y vendrá gente importante de Sudamérica, con lo que tampoco seréis el centro de atención ¿Os parece bien? - No me convence. Id vosotr...

La Tigresa de Siberia.

En los primeros años de la década de los ochenta, si querías ver una película tenías que ir al cine. También existía la posibilidad más casera de ver la que echaban por la tele, gracias a su magia en trescientas sesenta y cinco líneas, mayoritariamente en blanco y negro: los viejos ciclos de Western del envejecido Randolph Scott, alguna entrañable españolada de López Vázquez o Martínez Soria, o la típica de romanos de Victor Mature en fechas cercanas a la Semana Santa. En el cine, en cambio, volaba la imaginación como el Superman de Christopher Reeve a la velocidad hiperespacial del Halcón Milenario, y ya de vuelta estirabas el dedo índice como E.T. diciendo “Mi caaaaasa”, preparado para hacer la patada de la grulla al menor indicio de problemas. Llegadas las vacaciones de verano el cine tenía su propio género. Al aire libre, entre nubes de mosquitos y croares de rana, Bud Spencer era el rey de la pantalla con aquellos pavorosos guantazos a mano abierta que vestían al otro de torero. V...

Contigo y sin ti.

Contigo. Contigo el amor cuando no muere mata, aunque amores que matan nunca mueren. Eso cantaba Sabina, negándose a tener amores civilizados con catorces de febrero en los que tuviera que cortarse la coleta, columpiarse en el jardín y tener escenas de sofá los domingos por la tarde. Y es que lo que Joaquín quería era que muriesen por él. Como todos. De eso tratan las canciones de amor: de un canibalismo naranjístico rico en dopamina. Una tragedia shakesperiana sin lunas plateadas ni rastros de sol. Qué habría sido de Julieta si no hubiese podido cantarle a Romeo aquello de te estoy amando locamente, con el siempre inconveniente del pero no sé cuando te lo voy a decir. Mujer fatal, siempre con problemas, exclamaría el señor Montesco, y adiós a las noches de bohemia y de ilusión. Es la puñetera dependencia de estar tan faltos de aire y tan llenos de nada. Cuando eras single respirabas que daba gusto verte, pero desde que haces burbujas de amor te asfixias. Y de conciliar el sueño ni hab...

Piedras, pobres y moscas.

¿Habrá algo más molesto que una mosca? Sobre todo en otoño, cuando se vuelven más insoportables que un solo de piano de Richard Clayderman. En el mercado, esperando a ser atendidas por el pescadero, las señoras dicen que es porque se van a morir - las moscas- y que por eso se vuelven tan pesadas. Parece que hasta ellas tienen fecha de caducidad – nuevamente las moscas. Investigando he descubierto que en verano llegan a vivir varias generaciones de moscas, y que con la llegada del frio hibernan, como los osos o las canciones de Enrique Iglesias.   Un día escuché a un filósofo decir que Dios ama a las piedras, a los pobres y a las moscas, y que por eso hizo tantas de estas cosas. En los afectos del Señor una creación acaba irremediablemente apegada a la otra, de ahí esas fotos de pobreza extrema con niños hambrientos sentados en una piedra, con los ojos abiertos, como platos vacíos por donde siempre ronda una mosca - sin sopa. A pobre flaco todo se vuelven moscas gordas, y por mucho ...

Still Loving You

El erótico logotipo de la discoteca bailaba serigrafiado en la superficie de la mesa. En aquella sugerente postura se había quedado petrificada, eternamente joven y fotogénica, apenas visible en la penumbra por las continuas vaharadas de humo de decenas de cigarrillos, en esta atmósfera escasa de oxígeno y cargada de empalagosos efluvios de perfumería que se pegaban al paladar. Por encima de aquel espectáculo de danza estática, sobre aquella mesa tan baja que parecía estar hundiéndose devorada por las fauces de la desgastada moqueta, descollaban dos escuálidas rodillas, huesudas y delgadas, comprimidas por medias de licra. Sus rótulas estaban unidas en un abrazo protector, en una desconfiada e insegura postura defensiva, cerradas las piernas con la fuerte unión de sus manos cuyos dedos se entrelazaban como grilletes, dejando señalados sus nudillos con la presión de unas uñas a medio comer, pintadas con pericia infantil. Como la mesa, el resto de su cuerpo también se hundía a cada minut...

Corto, por favor.

  - Buenos días. - Buenos días. Pase, pase … no se quede ahí. Allí tiene un asiento que acaba de quedarse libre. Eché un vistazo a la sala. Nada había cambiado desde que siendo un niño me trajeron por primera vez mis padres - ¿Seguro que no duele? No, no te dolerá nada - Las mismas sillas desparejadas, el mismo perchero, el suelo ajedrezado, las revistas y periódicos dispersos por aquella pequeña mesa que nació coja, la radio de fondo y a la entrada, la vieja espiral tricolor que ascendía o descendía (nunca tuve la certeza) en un movimiento sin fin, eterno, como aquella espera en la que jugaba a calcular cuando llegaría mi turno, solo por entretenerme. Recuerdo que siempre me quedaba corto, llevando la cuenta tirando por lo bajo, fruto de mi ansiedad por que pasara ese tiempo tan aburrido que se me antojaba interminable, y cuando ya creía que por fin me iba a tocar, aparecía en el último instante ese señor al que otro cliente le había reservado la vez, confiándosela como un valioso...

El viaje a la luna

Sentados en un banco, observábamos como frente a nosotros, en el estacionamiento reservado a los vecinos, un abollado Simca 1000, de color lechoso, aparcaba con el esfuerzo y las dificultades propias del reducido espacio existente entre dos coches, en el único hueco disponible, expectorando hollín por su herrumbroso tubo de escape. Concluida la maniobra, el conductor esperó unos minutos en el interior del vehículo, hasta que del habitáculo salió un hombre envuelto en humo de tabaco, muy despacio, con aspecto cansado y aire de bancarrota; primero sacó una pierna que concluía en una sucia bota blanca de goma, después el resto del cuerpo, girando hasta quedar de cara a la puerta. Vestía de blanco, con un mono de pintor acribillado por ráfagas de gotelé, y de un portazo cerró el coche, encaminándose con paso extenuado allá donde fuese, con tremenda decepción vital. De haber llevado un casco habría parecido un astronauta recién salido de la capsula de su nave, flotando en la ingrávida negru...