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La chica de Los Hombres G

  “Si un tren sale de A hacia B, a la velocidad de … y otro tren hace lo propio de B hacia A …”. He de reconocerlo: las matemáticas nunca fueron lo mío. Siempre me faltó la perspectiva necesaria para visualizar los problemas. Mordisqueando el bolígrafo y mirando a las musarañas, soy capaz de imaginar, con grandes dosis de detalle, al tren partiendo de la estación B, con su andén repleto de seres queridos, agitando el pañuelo, despidiéndose. Sentir el olor del gasoil esparcido en la grava que fija al suelo las traviesas de los raíles, e incluso ver, como en las noches de invierno, el viento mece de un lado a otro el cartel “Estación A” sobre el despacho del factor. Escuchar el crepitar eléctrico de la catenaria las tardes de verano, acompañando al canto de las cigarras que se esconden de la canícula en la vegetación de ambos lados de la vía. Oír como chirrían los goznes del acceso al vestíbulo, cuando los pasajeros abren sus puertas batientes, con la vieja madera cuarteada por el ti...

Horror en el Decathlon

Hay en mi barrio una tienda de deportes especializada en primeras marcas, muy mona, propiedad de una joven emprendedora. La chica lleva todos estos años ajustando los precios al momento actual, sorteando con ellos las sucesivas crisis, aunque sea a costa de disminuir sus pequeños beneficios. Siempre que paso por allí la veo limpiando el polvo al eco, detrás del mostrador, mirando con esperanza la puerta, entretenida en no hacer nada, y recuerdo aquella frase de Camilo José Cela que dice: “El que resiste, gana”. La semana pasada se cansó de resistir y cerró su negocio. Al pasar la vi apilando la mercancía sin vender, la cual acabará en manos de especuladores de saldos, como su esfuerzo por salir adelante. Y es que nadie en esta parte de la ciudad parece hacer deporte. Es como si todos coincidiesen con mi forma de pensar acerca de que el deporte es un entretenimiento solo apto para verlo en la tele, sentado en el sofá comiendo palomitas. Su práctica es, al menos para mí, una terrible con...

El baile cebolletero

  A mí que no me digan, pero los chavales de entonces estábamos más faltos de glucosa que los jóvenes de ahora. Fue como si hubiésemos sufrido un trastorno más agudo en esa intrincada red de biológicas emociones que es la adolescencia, lo cual nos volvió más influenciables en la necesidad de encajar en el mundo. Recuerdo que a mitad de los ochenta, en pleno apogeo de aquella sociedad posfranquista que había alumbrado La Movida, las modas vigentes inscribían a la juventud en las filas de las llamadas tribus urbanas. Estas eran un ingrediente principal de la santificada cultura underground, y por este potaje campaban a sus anchas, como casas nobiliarias de Juego de Tronos, los jevis, los chungos navajeros a lo Torete y Vaquilla bendecidos por el cine quinqui, algún tecno con escaso fondo de armario, rockers en eterno conflicto con los mods (como Capuletos y Montescos), algún que otro siniestro y gótico, pero sobre todo pocos pijos, pues el extrarradio no daba para polos con cocodrilo...

Oh, San Petersburgo

  Un rectángulo de luz amarillenta iluminaba la acera. Las calles mojadas, deshabitadas; la noche lóbrega. Apenas algún coche que, de cuanto en cuanto, circulaba alumbrando el conocido camino de regreso a casa. Por la mortecina luz de las farolas se revelaba la humedad que, arremolinándose alrededor del foco, ascendía por la avenida que conducía a la playa, como una niebla de sal que arreciaba, brumosa y densa como humo de tabaco. Atraído por aquel resplandeciente espacio, como uno de esos rayos extraterrestres con los que los ovnis abducen a los “estúpidos humanos”, accedí al interior de la taberna; solitaria y desangelada por la ausencia de clientes. Allí aguardaba Paco, como a diario, tras la barra, secando parsimoniosamente los vasos con un paño blanco de ribetes rojos, en esa postura de viñeta tan característica que tienen los camareros, esperando a una parroquia que no llegaba, amedrentada en el refugio de sus casas por lo intempestivo de la noche. - Buenas noches, Paco. Pare...

Entrevista a Oscar Thinsoul

  Durante la espera, bajo una enorme carpa árabe, la responsable de relaciones públicas organizaba a los periodistas allí reunidos. Una exótica mujer negra, con cuerpo de modelo y elevada estatura, soberbia y majestuosa, cuya altura aumentaba unos centímetros más calzando unos Manolo Blahnik de tacones de aguja. Su aspecto era el vivo recuerdo de Grace Jones en los ochenta. Mantenía la cabeza erguida, y con pasos medidos se movía entre los cronistas como una pantera, al sedoso ritmo libertango de “I've Seen That Face Before ”. Hacía un asfixiante y húmedo calor. La canícula de agosto apretaba sobre los costosos amarres de Puerto Banús y las alegres chicas del Event Services de Marbella despachaban con sonrisa cristalina copas de Moet, mientras el equipo de relaciones con la prensa se interesaba por saber hasta dónde conocíamos del nuevo disco y nuestra opinión acerca del vídeo promocional. - ¡Ice cold wáter, one euro! - voceaba un latero malaguita al otro lado del dique. La Vie En ...

Los últimos días.

La noche era cálida y rebosante de estrellas. La luna llena iluminaba la playa, espolvoreando sobre ella una fina capa de plata. Sujeta por un invisible hilo, colgaba en el horizonte infinito dibujado por el mar, en lontananza, sobre el piélago donde cielo y  agua se unían sin juntas. Inspiré profundamente y di otro trago. El fermentado olor de la cerveza se mezcló con el intenso aroma forestal y de madreselva de aquel cortado sobre el que colgaba uno de mis pies, bajo el que, a buen seguro, en ese momento sobrevolaban, aprovechándose de la invisible oscuridad, cientos de enormes mosquitos procedentes de la marisma. Todo cuanto existía resultaba pegajoso: el sudor, la resina y la savia de los pinos suspendida en el aire, el salitre marino que ascendía con cada soplo de brisa, la empalagosa y juvenil agua de colonia que tantas veces anunciaba la tele, las indefinibles bebidas vertidas que, con el transcurrir de la noche, se habían ido derramando sobre el vasto cemento y adherían...

Tripulación de cabina

  "Para aquellos que estén viendo el partido en blanco y negro, los Spurs van de amarillo". John Motson – comentarista de fútbol. Así era el mundo a final de los setenta: confuso e incoherente. En blanco y negro; sepia, si tus padres disponían de una cámara en color. El hombre se enfrentaba a la eterna transición del cambio como lo único inalterable. Por motivos distintos, Elvis y Lennon se bajaron del carro antes de tiempo. Gracias a ello se vendieron millones de posters de sus rostros. Fue la época dorada del papel. Papel pintado como el que cubría las paredes de nuestras casas, con aquellas indeseadas burbujas de aire o engrudo, que con el tiempo se hinchaban como globos. Los abuelos compartían aquel pequeño espacio de aire viciado con el resto de familia, esperando, con aquella vida y muerte bordada en la boca que cantaba Serrat, pues también eran los años dorados de los cantautores. Se comía en la cocina, de cuchara, y como en los bares de menú había segundo plato y post...