El viaje a la luna
Sentados en un banco, observábamos como frente a nosotros, en el estacionamiento reservado a los vecinos, un abollado Simca 1000, de color lechoso, aparcaba con el esfuerzo y las dificultades propias del reducido espacio existente entre dos coches, en el único hueco disponible, expectorando hollín por su herrumbroso tubo de escape. Concluida la maniobra, el conductor esperó unos minutos en el interior del vehículo, hasta que del habitáculo salió un hombre envuelto en humo de tabaco, muy despacio, con aspecto cansado y aire de bancarrota; primero sacó una pierna que concluía en una sucia bota blanca de goma, después el resto del cuerpo, girando hasta quedar de cara a la puerta. Vestía de blanco, con un mono de pintor acribillado por ráfagas de gotelé, y de un portazo cerró el coche, encaminándose con paso extenuado allá donde fuese, con tremenda decepción vital. De haber llevado un casco habría parecido un astronauta recién salido de la capsula de su nave, flotando en la ingrávida negru...