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El viaje a la luna

Sentados en un banco, observábamos como frente a nosotros, en el estacionamiento reservado a los vecinos, un abollado Simca 1000, de color lechoso, aparcaba con el esfuerzo y las dificultades propias del reducido espacio existente entre dos coches, en el único hueco disponible, expectorando hollín por su herrumbroso tubo de escape. Concluida la maniobra, el conductor esperó unos minutos en el interior del vehículo, hasta que del habitáculo salió un hombre envuelto en humo de tabaco, muy despacio, con aspecto cansado y aire de bancarrota; primero sacó una pierna que concluía en una sucia bota blanca de goma, después el resto del cuerpo, girando hasta quedar de cara a la puerta. Vestía de blanco, con un mono de pintor acribillado por ráfagas de gotelé, y de un portazo cerró el coche, encaminándose con paso extenuado allá donde fuese, con tremenda decepción vital. De haber llevado un casco habría parecido un astronauta recién salido de la capsula de su nave, flotando en la ingrávida negru...

El Calayonga

Aquella tarde de principios de verano, disfrutábamos en plenitud de las recién estrenadas vacaciones escolares, con su agenda aun por construir, repleta de puertas abiertas y páginas en blanco. Apurábamos las horas hasta bien entrada la noche. Eran días en los que el tiempo se aceleraba con rapidez, desligándose de la ordenada rutina del último invierno, convirtiendo al presente en un momento fugaz. Con la llegada del atardecer, aunque ya hubiese dejado de picar el sol, aún quemaba el recalentado asfalto. Los transeúntes deambulaban por las calles movidos como fichas de parchís, renunciando, por fin, a la protección de los edificios cuyas fachadas les habían servido de barrera contra los rayos solares, escapando así de la persecución de su propia sombra. Aún faltaban un par de horas para que el sol enrojeciese dorando con su fulgor la cúpula celeste, antes de esconderse al poniente de las calles. El cielo, aborregado de quietas nubes planeando en vuelo raso, era el croma azul por el qu...

El día de los enamorados

  Reconozco que soy un pésimo invitado en los días especiales. Esos que vienen marcados en rojo en el calendario por festivos, patronales, o acontecimientos propios o familiares. Me llevo mal con la navidad. Más allá del equipamiento de serie nunca me he disfrazado en carnaval. Pese a que vivo en una ciudad con gran tradición por la idolatría jamás he ejercido en Semana Santa. Trato de pasar inadvertido en mi cumpleaños y huyó como de la peste de las fiestas populares. Pero si hay algún día que me irrita, de entre todos ellos, este es el día de los enamorados. Su historia es la siguiente: Había un clérigo en la Roma imperial llamado Valentín, el cual se dedicaba a fastidiar al emperador casando clandestinamente a los soldados bajo el rito cristiano el día previo al de la fertilidad romana, el 15 de febrero. Al emperador aquella costumbre le irritaba, pues tenía la opinión que los soldados casados, por tener la cabeza en otras cosas, rendían en combate menos que los solteros. Eso po...

Los expresidentes hacen surf

  Desde hace tiempo tengo la corazonada de que llego tarde a los acontecimientos que ocurren en mi vida. Es una recurrente sensación.  C omo si, desde una perspectiva externa, pudiese observarme a mí misma asistiendo a una representación ya empezada, en cuya función, por mi impuntualidad, los papeles ya se hubiesen repartido.  Desde entonces discrepo en secreto con el mío.  En apariencia me ha tocado el papel perfecto, probablemente aquel que todas querrían; una bonita interpretación en la que solo yo sé que algo no encaja.  Tal vez sean los escasos diálogos de esta obra, de enflaquecido registro, quizá mi posición en el escenario. C omo si de ser otra mi ubicación, al izarse el telón, mi actuación hubiese podido recitarla de corrido. Quizá me libre de esta alterada experiencia sensorial cambiándome de sitio; alejándome del calor del foco y del cariño complaciente, escondiéndome entre las siluetas de un reparto más íntimo. Otras lo han hecho y dicen que les func...

La chica de Los Hombres G

  “Si un tren sale de A hacia B, a la velocidad de … y otro tren hace lo propio de B hacia A …”. He de reconocerlo: las matemáticas nunca fueron lo mío. Siempre me faltó la perspectiva necesaria para visualizar los problemas. Mordisqueando el bolígrafo y mirando a las musarañas, soy capaz de imaginar, con grandes dosis de detalle, al tren partiendo de la estación B, con su andén repleto de seres queridos, agitando el pañuelo, despidiéndose. Sentir el olor del gasoil esparcido en la grava que fija al suelo las traviesas de los raíles, e incluso ver, como en las noches de invierno, el viento mece de un lado a otro el cartel “Estación A” sobre el despacho del factor. Escuchar el crepitar eléctrico de la catenaria las tardes de verano, acompañando al canto de las cigarras que se esconden de la canícula en la vegetación de ambos lados de la vía. Oír como chirrían los goznes del acceso al vestíbulo, cuando los pasajeros abren sus puertas batientes, con la vieja madera cuarteada por el ti...

Horror en el Decathlon

Hay en mi barrio una tienda de deportes especializada en primeras marcas, muy mona, propiedad de una joven emprendedora. La chica lleva todos estos años ajustando los precios al momento actual, sorteando con ellos las sucesivas crisis, aunque sea a costa de disminuir sus pequeños beneficios. Siempre que paso por allí la veo limpiando el polvo al eco, detrás del mostrador, mirando con esperanza la puerta, entretenida en no hacer nada, y recuerdo aquella frase de Camilo José Cela que dice: “El que resiste, gana”. La semana pasada se cansó de resistir y cerró su negocio. Al pasar la vi apilando la mercancía sin vender, la cual acabará en manos de especuladores de saldos, como su esfuerzo por salir adelante. Y es que nadie en esta parte de la ciudad parece hacer deporte. Es como si todos coincidiesen con mi forma de pensar acerca de que el deporte es un entretenimiento solo apto para verlo en la tele, sentado en el sofá comiendo palomitas. Su práctica es, al menos para mí, una terrible con...

El baile cebolletero

  A mí que no me digan, pero los chavales de entonces estábamos más faltos de glucosa que los jóvenes de ahora. Fue como si hubiésemos sufrido un trastorno más agudo en esa intrincada red de biológicas emociones que es la adolescencia, lo cual nos volvió más influenciables en la necesidad de encajar en el mundo. Recuerdo que a mitad de los ochenta, en pleno apogeo de aquella sociedad posfranquista que había alumbrado La Movida, las modas vigentes inscribían a la juventud en las filas de las llamadas tribus urbanas. Estas eran un ingrediente principal de la santificada cultura underground, y por este potaje campaban a sus anchas, como casas nobiliarias de Juego de Tronos, los jevis, los chungos navajeros a lo Torete y Vaquilla bendecidos por el cine quinqui, algún tecno con escaso fondo de armario, rockers en eterno conflicto con los mods (como Capuletos y Montescos), algún que otro siniestro y gótico, pero sobre todo pocos pijos, pues el extrarradio no daba para polos con cocodrilo...